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II. No se puede ser católico y liberal
El mal no tiene derechos, y precisamente el liberal se los otorga


Por: Javier Navascués | Fuente: Catholic.net




En esta cuestión de fundamento, ¿Cuál sería la respuesta católica?

La de los Apóstoles San Pedro, en su primera carta, y San Pablo, en su carta a los romanos, es decir, que procedamos como hombres verdaderamente libres obedeciendo a Dios, y que la autoridad gubernativa es un instrumento de Dios para el bien de los hombres, debiendo castigar al que obra mal.

El mal no tiene derechos, y precisamente el liberal se los otorga concibiendo la libertad como una facultad, no para obrar el bien, sino para hacer la apetencia que a uno le dé la gana por muy inmoral que sea, -lo que León XIII llamó licencia para distinguirlo de la verdadera libertad, de la que habló San Pedro-, y concibiendo al gobernante, no como un ministro de Dios, sino como un designado a través de los cauces democráticos que prevé un anterior contrato social cuya misión es ser un autor neutro que permita las mayores capas de derechos a la licencia.

El grito luciferino del “non serviam” personal y social actualizando el pecado original del hombre jamás fue la respuesta católica, ni lo puede ser. El liberalismo es pecado, como apropiadamente se titula la excelente obra del padre Sardá y Salvany.

¿Y el liberalismo económico?



Algunos se declaran antiliberales en todo lo demás a excepción de la economía, pero lo cierto es que debería quedar claro que llevar la licencia a la economía tampoco lo puede apoyar un católico. Culpa de ello la vuelve a tener esa maquinaria de propaganda liberal que presenta al ignorante una falsa dicotomía en cuestiones económicas: o capitalismo o socialismo. Igualmente hacen una errónea asimilación de capitalismo con economía de mercado, siendo así que si uno critica el capitalismo, parece que está a favor de la estatalización del sistema productivo y distributivo.

La postura católica la dejó clara Juan Pablo II en su encíclica de 1987: “La Doctrina Social de la Iglesia asume una actitud crítica tanto ante el capitalismo liberal como ante el colectivismo marxista”. Asimismo, en la de 1991 hizo una acertada y necesaria distinción terminológica dando una respuesta “ciertamente positiva” a realidades naturales como el mercado, la propiedad privada o la empresa, y “absolutamente negativa” al capitalismo, un sistema económico cuyo centro no es “ético ni religioso”.

No hay lugar a dudas: los católicos no podemos aceptar alguno de ambos sistemas, sino mantenernos críticos con sus errores. Los católicos seguidores de Mises o de Marx, por poner un ejemplo, hacen caso omiso del Magisterio de la Iglesia, y no en pocas ocasiones llegan a oponerse al mismo defendiendo doctrinas torcidas. Lo peor llega cuando encima tratan de convencer de su compatibilidad, cuando previamente han hecho un cristianismo edulcorado a su gusto, un “disfraz de cristianismo” en palabras del Papa Pío XII.

Juan de Mariana el liberal, Francisco de Vitoria el capitalista… ¿sería esto cierto?

A parte del error de anacronismo, si nos atenemos al sentido común, el absurdo parece superlativo, y si recurrimos a la realidad doctrinal, esas afirmaciones sustentadas con humo no aguantarían ni la más pequeña brizna de aire.



La historia rosa de que un sacerdote jesuita consultor del nada liberal Tribunal de la Inquisición y defensor de la monarquía católica, crítico con la libertad religiosa, y de que otro dominico, también habiendo trabajado para este Santo Oficio y además censurador de la usura, el precio injusto, y la inmoralidad de muchos comerciantes, son los perfectos exponentes precursores del liberalismo y el capitalismo, suena cuanto menos ridícula. Mientras John Locke, uno de sus verdaderos padres, anunciaba la tolerancia para todos los cultos menos para el católico, y se enriquecía en sus empresas económicas a base de mano de obra de una esclavitud que defendía como justa y legal, fray Francisco de Vitoria levantaba la voz desde su cátedra de Santo Tomás a favor de la libertad de los indios, y el padre Juan de Mariana enseñaba y recomendaba al futuro Felipe III que no permitiera en sus reinos otra religión que la católica.

El mito de una Escuela de Salamanca “precursora del liberalismo”, levantado a base de frases sacadas de contexto, sentencias falsas, o interpretaciones sesgadas, lo descubrí cuando empecé a estudiar años atrás los escritos de sus autores por la mera curiosidad de que unos españoles habían dicho algo importante en economía. Sin prejuicios ni intentos de manipulación por defender los postulados de unos cuantos autores judíos, protestantes y agnósticos, responsables intelectuales del mundo occidental moderno tan decadente y alejado de Cristo que hoy vivimos, me encontré con un maravilloso tesoro de Camino, Verdad y Vida, que incluso sirvió de vehículo para mi conversión; un tesoro que nada tiene que ver con un capitalismo y una democracia sustentadas por el espíritu liberal llenas de abusos, fraudes, injusticias e iniquidades. Y hablo de cosas tan concretas como la usura, las horas extras no pagadas, el consumismo, la promoción de la sodomía y el divorcio, el aborto, etc. Todo ello legalizado de manera democrática y realizado primordialmente a través del libre mercado…

Y Ludwig von Mises el inspirador de la Escuela Española de Economía…

Ver a Mises como influenciado por Juan de Mariana o cualquier otro autor de la Escuela de Salamanca, y de ahí inclusive hablar de una “Escuela Española de Economía” forma parte de la extensión osada del mismo mito.

Para el padre Mariana como hijo de la Iglesia y de San Ignacio de Loyola, el principio y fundamento de todo era Dios: “Sea esta la común miseria del pueblo, que tengan en más las cosas humanas que las celestiales”. Para Ludwig, lo material y terreno: “El liberalismo es una teoría que exclusivamente se interesa por la terrenal actuación del hombre. Procura en última instancia el bienestar material”.
Es fácil intuir cómo para el sacerdote hispano, el liberalismo hubiera sido una doctrina “miserable” por tener en más las cosas humanas, y no sólo en más, sino “exclusivamente” y en “última instancia”. Además, implícitamente se pueden ver aquí los dos amores que fundaron las dos ciudades antagónicas sobre las que disertó ya hace siglos San Agustín; la terrena, sustentada por el amor propio hasta el desprecio de Dios, y la celestial, sujeta al amor de Dios hasta el desprecio de sí.

Por otra parte, el judío agnóstico mencionado, cabecera doctrinaria de la Escuela Austriaca y el liberalismo capitalista, acusó a Jesucristo del socialismo y sus males, y cargó contra la doctrina escolástica del precio justo o la usura, cuestiones morales esenciales predicadas por sus supuestos precursores para ajustar el mercado a lo ordenado por Dios. Asimismo, Mises negaba que un niño recién nacido fuera un humano, entre otras aberraciones que un cristiano jamás podría aceptar.
Con razón sentenció el economista católico John Médaille, y a ello me sumo, que “ni todo el dinero del capitalismo podría comprar una sola gota del agua bendita con la que bautizar a Ludwig von Mises”.

“La Iglesia y el Liberalismo”. Dos concepciones opuestas e incompatibles. ¿Es importante recordarlo?

Sí, pues detrás de este error y mal se encuentra la crisis de civilización histórica que vive nuestro Occidente postcristiano.

En 2014 el obispo de Alcalá de Henares, Mons. Reig Pla, en una carta pastoral acertadamente encabezada como “Llamar a las cosas por su nombre” denunció a “todos los siervos de instituciones públicas y privadas” que trabajan para la “promoción de la llamada gobernanza global al servicio del imperialismo transnacional neocapitalista”. Y en 2015 el Director de la Delegación en Roma-Vaticano de Vida Humana Internacional, Mons. Ignacio Barreiro, avisó de que “contribuyen al progreso de la estructura global de pecado los cristianos que están dispuestos a entrar en compromisos con el liberalismo o que no consideran que la lucha contra la insidias del liberalismo sea una cuestión esencial”.

Es importante recordarlo, pues hoy día cuántos, aún católicos, son esos “siervos” a los que se refiere Mons. Reig Pla, y cuántos “están dispuestos a entrar en compromisos con el liberalismo” o no consideran que la lucha antiliberal “sea una cuestión esencial” … Lo es, y debemos recordarlo.

De ahí la razón de ser de su gira de conferencias, la traducción del libro y el extenso apéndice, que ahora presenta.

En efecto, con mucho esfuerzo y sacrificio, guiado por el celo apostólico a raíz del mandato divino y el amor a Cristo, y gracias a la ayuda de la Providencia, he conseguido sacar adelante estas obras.

Hace falta alzar la voz contra el liberalismo, contestar a sus errores, y reparar su mal en la praxis desde nuestro lugar y posición. Lo exige la Verdad, lo reclama el Magisterio de la Iglesia, y lo recuerdan algunos obispos como los mencionados.

En una sociedad liberal esto es realmente complicado...

Sí, aquello que a veces llaman “el pensamiento único” no es más que esto. Y con frecuencia cuestionar sus dogmas y tomar ciertas posiciones acarrea bastantes problemas, pero el buen católico debe estar dispuesto a todo, aún a dar la vida, por Cristo. Esta es la verdadera libertad, no la licencia depravada liberal, y nadie te la puede robar.

No olvidaré nunca lo que me dijo sobre la conferencia, el libro, y mis escritos el Arzobispo de Guinea Ecuatorial, la tierra africana que no hace tanto tiempo perteneció a la Hispanidad católica: “Para decir las cosas que dice, hay que ser un alma libre. Sólo un hombre libre puede hablar así”.

 

 





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