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Reflexión del Evangelio de la misa del domingo 24 de Junio de 2018

Natividad de San Juan Bautista
Este hombre tiene para nuestro mundo una enseñanza grande, porque el hombre de hoy no sabe ni quién es, ni a dónde se dirige ni cuáles son sus ideales.Hay personas que se pueden reconocer por su entereza, por la fidelidad a su vocación y por su estilo de vida.


Por: Mons. Enrique Díaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato | Fuente: Catholic Net



Domingo 24 Junio

Natividad de San Juan Bautista

Isaías 49,1-6: “Te convertiré en luz de las naciones”

Salmo138: “Te doy gracias, Señor, porque me has formado maravillosamente”

Hechos de los Apóstoles 13, 22-26: “Antes de que Jesús llegará, Juan predicó a todo Israel un bautismo de penitencia”



San Lucas 1, 57-66. 80: “Juan es su nombre"

Triste imagen del hombre de hoy dibujan los expertos: perdido sin rumbo, vagando en la oscuridad y las tinieblas, sin nombre, sin oficio, sin misión. Todo lo contrario a Juan el Bautista.

Hoy celebramos el nacimiento de San Juan Bautista, una fiesta muy popular en nuestras comunidades que nos da la oportunidad para reflexionar no solamente en su persona sino en la misión de todo cristiano. Hay personas que en su mismo nombre llevan inscrita la historia de su vida. Hay personas que tienen una misión y la cumplen a cabalidad. Hay personas que se pueden reconocer por su entereza, por la fidelidad a su vocación y por su estilo de vida. Juan el Bautista es uno de ellos. La narración que nos ofrece San Lucas sobre su nacimiento pone en evidencia un oficio, un nombre y una misión.

Un oficio: Zacarías, su padre y sacerdote del templo, esperaría que su único hijo podría ocupar la misma función sacerdotal que él desempeñaba. Sin embargo, este hombre queda mudo, como representando el silencio de todo el Antiguo Testamento, ante la llegada del que es la Palabra. Juan es escogido para un oficio diferente: precursor del Mesías, el último de los profetas. Abandonando el templo se va al desierto y desde ahí anuncia la presencia del Mesías en medio del pueblo. Predica un nuevo modo de conversión dejando de lado los sacrificios. Dios lo forma maravillosamente en el seno de su madre para ser luz de las naciones, y de la mudez de su padre, brota la palabra nueva de esperanza que exige la preparación de los caminos y que descubre a Jesús como el anunciado de todas las naciones. Su oficio será profetizar exigiendo la justicia, buscando la verdad y presentando al Mesías.

Su nombre: “Dios concede el favor”, “Dios salva”, lo sitúa en la única perspectiva de su vida: mostrar el favor de Dios hecho salvación en carne de su Hijo. No es una caña sacudida por el viento, no es quien acomodándose a los privilegios y placeres se olvida de su propio significado. Es la fidelidad al nombre que el Dios fiel le impone sobre los ritos y costumbres. Juan refleja en su vivir y su actuar la profundidad que implica su nombre.



Su misión ser luz, proclamar la verdad y presentar a quien es la Verdad. No acomoda la vida a sus intereses, sino su vida está condicionada por esa búsqueda de verdad y de justicia. ¡Qué bien refleja el anuncio del profeta Isaías! ¡Cómo lo hace realidad! Entrega su vida por la verdad y por Jesús, sabe de una fidelidad que supera los obstáculos y dificultades.

Y este hombre tiene para nuestro mundo una enseñanza grande, porque el hombre de hoy no sabe ni quién es, ni a dónde se dirige ni cuáles son sus ideales. Igual que Juan cada hombre tiene un oficio, un nombre y una misión que le dan sentido a su existencia. Esta fiesta es una oportunidad también para nuestra reflexión sobre el sentido más profundo de nuestra vida: no importan los títulos ni los oficios, importa mucho más si estamos siendo fieles a nuestra misión. No importan las apariencias ni los reconocimientos, se requieren hombres y mujeres que sean fieles a su misión de enderezar caminos, de defender la verdad y de construir la justicia. Juan es reconocido por el mismo Jesús como el más grande de los profetas, y cómo se necesita en nuestro tiempo que cada discípulo sea un verdadero profeta que hable en nombre del Señor, que anuncie esperanza y que denuncie las injusticias, que relacione al pueblo con Dios.

La corrupción, la mentira, la infidelidad se han enseñoreado de nuestros ambientes. Ahora fácilmente perdemos el rumbo, nos equivocamos de camino. No somos capaces de sostener fidelidad a nuestros ideales y mucho menos si estos están condicionados por el anonimato, la privación y la austeridad. Hemos sucumbido a los encantos de un mundo que nos promete felicidad en lo exterior y perdemos el sentido de una verdadera vocación a la que fuimos llamados. Entonces se levanta la figura de Juan para exigirnos fidelidad a lo que somos y para lo que fuimos hechos.

Como Isaías, y como Juan Bautista, también nosotros fuimos tejidos desde el seno de nuestra madre con un propósito y una misión. También a cada uno de nosotros se nos dice: “Tú eres mi siervo, en ti manifestaré mi gloria”. Dios no hace basura, y a nosotros nos ha hecho con mucha ternura y dedicación confiándonos una misión: ser mensajeros de su amor. Contemplando el nacimiento de Juan el Bautista, debe brotar desde lo profundo de nuestro corazón un sincero agradecimiento a Dios por nuestro propio nacimiento porque también a nosotros nos ha formado de un modo maravilloso, pero examinemos si somos fieles al nombre que se nos dio de “cristianos” (ungidos del Señor), como profetas y con la misma misión de Juan: hacer presente en nuestro mundo a Jesús el Mesías.

Al celebrar hoy a San Juan Bautista, tenemos la oportunidad de revisar si somos fieles a nuestra vocación. Tendremos que revisar si nuestra vida anuncia, sin palabras, que Dios salva. Debemos renovar el llamado que nos ha hecho el Señor a ser sus pregoneros, aunque después debamos desaparecer para dejar lugar a la verdadera luz. ¿Cómo estamos cumpliendo nuestra misión? ¿Cómo realizamos hoy nuestra vocación?

Gracias, Padre Bueno, por habernos formado de manera admirable. Concédenos ser fieles, igual que Juan Bautista, a nuestra identidad, a la verdad y a nuestra misión. Amén

 

 

 

 

 





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