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Miradas que Encantan
¿Cuántas veces esa mirada está envuelta en un halo de lujuria?


Por: María Verónica Vernaza | Fuente: Cápsulas de la Verdad



Existe una bella historia que data del siglo IV. Se dice que había una mujer tan hermosa que todos los hombres se postraban a sus pies. Se llamaba Pelagia y era una actriz, célebre por su riqueza y su vida licenciosa. Un día, mientras el patriarca de Antioquía y obispo de Edesa San Nono estaba reunido con los obispos en el pórtico de una iglesia, apareció Pelagia en un caballo blanco con los brazos y hombros descubiertos lanzando miradas provocativas. Todos los obispos bajaron la mirada, menos San Nono que quedó admirando a esta mujer hasta que desapareció. En seguida el santo preguntó a los que le rodeaban: “¿No les ha parecido bella esa mujer?”. Nadie dijo nada, pero el santo continuó: “A mí me pareció muy bella".

Pelagia se convirtió gracias a esa mirada sin rastro de lujuria que había recibido de San Nono, era una mirada de verdadero amor a la que no estaba acostumbrada. Luego de este episodio, Santa Pelagia regaló todos sus bienes, fue bautizada por el mismo San Nono y fue a vivir a una cueva en el Monte de los Olivos, en Jerusalén, donde murió. Les cuento esta historia porque, mis queridos amigos varones, ¿cuántas veces ustedes ven con ojos de amor a una mujer? o mejor dicho, ¿cuántas veces esa mirada está envuelta en un halo de lujuria?

Jesús dice: “Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón” (San Mateo 5, 27 – 28). El Maestro mira en lo más profundo del ser humano y nos da la pauta para recordar que, en palabras más actuales, ‘no solo hay que parecer, sino también hay que ser´. “Cristo ve en el corazón, en lo íntimo del hombre, la fuente de la pureza -pero también de la impureza moral- en el significado fundamental y más genérico de la palabra”, nos recuerda San Juan Pablo II.

 

Debido al pecado original el hombre ve a la mujer como un objeto y en vez de mirarla con amor la ve con lujuria. En primera instancia podemos suponer que es un problema exclusivo del varón, pero es un tema más profundo que también implica a la mujer, pues yo, como hermana en Cristo del hombre, debo poner atención a mi manera de vestir haciéndolo modestamente y así cuidar la integridad espiritual del varón. Del mismo modo, es responsabilidad de hombre cuidar a la mujer y llamarle la atención con caridad si ve que sus hermanas en Cristo no están llevando el mensaje correcto con su vestir y actuar.



Es más fácil bajar la mirada y no observar aquello que me ocasiona pecado, como lo hicieron los sacerdotes que estaban junto a San Nono; o quitarse un ojo, como dice Jesús en el siguiente versículo en la Escritura que he propuesto, pero lo realmente grande es poder ver en todos y en cada uno a Cristo mismo, con amor y caridad.





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