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II. 5¿En qué sentido el matrimonio es camino de salvación?
Amor esponsal: como Cristo ama a su esposa


Por: Pia Hirmas | Fuente: Catholic.net



II. 5 ¿En qué sentido el matrimonio es camino de salvación?

Por el bautismo hemos sido desposados con Cristo al momento en que nos hacemos miembros de la Iglesia. En realidad toda la historia de la salvación tiene como hilo conductor llevarnos a la comunión con Dios por dos formas de relación principales, la filiación con el Padre y la esponsalidad con el Hijo por medio de la acción del Espíritu Santo.

Así es que, en el fondo todos los bautizados estamos llamados a realizar la plenitud e nuestra naturaleza siendo hijos, siendo esposos y eventualmente  siendo padres espirituales, porque la Iglesia es hija en el Hijo, esposa fiel del Esposo y es Madre y Maestra como es consecuencia lógica.

Cristo propone dos caminos en el tiempo presente para realizar la vocación universal al amor, el celibato por el Reino de los Cielos y el matrimonio. Es un llamado y la santidad consiste en vivir en la perfección del amor la voluntad divina. Objetivamente la virginidad es un camino más perfecto como dice Trento,  porque vive ya lo que espera y evita la tribulación en carne de la que nos habla San Pablo, eso no quiere decir que las personas que viven el celibato sean necesariamente más perfectas que quienes se casan, sino que el camino es más recomendable porque los casados se tienen que preocupar por agradar al cónyuge y ocuparse de las cosas de la tierra.

Sin embargo, San Clemente de Alejandría honra el trabajo de los esposos con las siguientes palabras:
“ El que quiere ser perfecto tiene como  modelo a los apóstoles, y el verdadero varón no se muestra en la vida del que escoge vivir solo, sino de aquel que se muestra superior a los hombres que luchan en el matrimonio, en la procreación de los hijos, en la preocupación por su familia, sin dejarse arrebatar por los placeres ni por las penas, sino que, en medio de las preocupaciones familiares, permanece incesantemente en el amor de Dios superando todas las pruebas que sobrevengan a causa de los hijos de la mujer, de los servidores o de las posiciones. El que no tiene familia, resulta no ser probado en muchas cosas, y puesto que se preocupa solo de sí mismo, resulta ser inferior al que se encuentra ciertamente en peores condiciones en lo que se refiere a su salvación, pero está en mejor disposiciones en las cosas de la vida en las que procura mantener como un imagen en pequeño de aquella Providencia verdadera de Dios”.



Consideremos en estas palabras el elogio a quienes se sacrifican en su individualidad y apetencias personales por formar una “comunidad de vida y amor”, no una crítica al celibato pues es una entrega fecundísima y muy exigente la vida comunitaria a la que pertenecen tantos, sino a la soltería desenfadada, en la que todos los logros mundanos no le aprovechan para la salvación.

El matrimonio es camino de salvación porque, por el sacramento, los esposos se aman con el amor esponsal que Cristo ama a su Esposa. No es sólo un modelo ideal, sino que es una participación, por el sacramento, en que se “realiza lo que significa”. Claro que tienen que ser unos esposos que se esfuerzan por vivir en gracia de Dios y cumpliendo sus mandamientos, de lo contrario, por el pecado mortal no habría caridad en sus corazones, habría un amor natural de amar a quienes nos aman y poco a poco con las fricciones con la miseria humana mutua, terminaría por desgastarse.

También es un camino de salvación porque nos obliga a vivir las siete virtudes: cuatro cardinales y humanas y las tres teologales, nos obliga a pedir y disponernos para recibir los dones del Espíritu Santo, para poder realizar nuestros deberes de estado cada día mejor. Entramos más al modo divino, en el amor, en el gobierno, en la educación y en la vida apostólica que es la vida de la familia cristiana.

Es camino de salvación también porque la familia es una escuela de perdón, de aceptación del otro, de amor a veces heróico. Es un camino de mucho amor a la cruz por la que vamos entrando en el misterio del corazón de Cristo, que nos revela los dolores divinos como Esposo y como Padre, hasta que podemos decir con Job: “antes te conocía de oídas, ahora te han visto mis ojos” (Job 42,5).

Las pruebas de fe.



Pensemos cómo fue probado el padre de la fe, Abraham, justo en su paternidad. María sería puesta a prueba en su fe justo como Abraham, pero una prueba más dura, porque ella le vería morir y como la madre de los Macabeos, lejos de disuadirlo, estaba allí para animarlo, en medio de su dolor, a terminar la misión para la que había sido enviado.

San José es probado tanto en su esponsalidad como en su paternidad, cuando confundido meditaba el notorio embarazo de María, y pensó ser justo, sin dejar de ser misericordioso y no infamarla, repudiándola en secreto (cfr. Mt 1,19). El ángel en sueños le dice que no tema en aceptarla porque es obra de Dios, y él es parte indispensable de ese plan porque él le pondría por nombre Jesús. Esto implica que es su padre legal, tiene autoridad legítima sobre ese niño a quien debería amar como hijo de sus entrañas pues es él, José hijo de David, por quien se cumple la promesa hecha a su linaje (cfr. Mt 1,20 ss).

 





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