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Reflexión del Evangelio de la misa del domingo 10 de Junio de 2018

Sanar el interior; X domingo del tiempo ordinario
Dios debe estar en el corazón de la familia y de la sociedad, si no, pierden su rumbo.


Por: Mons. Enrique Díaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato | Fuente: Catholic Net



Lecturas:

Génesis 3, 9-15: “El Señor puso enemistad entre la serpiente y la mujer”

Salmo 129: “Perdónanos, Señor, y viviremos”

II Corintios 4, 13-5,1: “Creemos y por eso hablamos”

San Marcos 3, 20-35: “Satanás ha llegado a su fin”



El hombre de todos los tiempos ha buscado respuestas a los interrogantes fundamentales de su vida. Todos los pueblos tienen sus mitos y sus ritos buscando en sus orígenes las razones del bien y del mal, las razones de la enfermedad, de la división, de la vida y de la muerte.  Así nace el Génesis que en sus primeros capítulos con un bello himno nos lleva por los caminos de la creación sublime del hombre, de su dignidad como imagen de Dios, “a imagen suya los creó, hombre y mujer los creó”, y con su misión de constructor y cuidador del universo. También nos descubre la realidad del pecado, de la envidia y del egoísmo. El hombre y la mujer que fueron puestos como complementariedad y plenitud siendo pareja, los que estaban llamados a vivir en el más grande amor y hacerse los dos uno solo, los que deberían dominar y hacer crecer la creación, pronto se presentan “desnudos y avergonzados”, porque han olvidado su misión. El Génesis no pretende darnos datos históricos de un pecado, sino el origen y el camino de todo pecado: romper las relaciones y la armonía. Romper con el Creador para erigirse ellos mismos como dueños y señores; romper con la creación al querer “empadronarse de la creación y establecer un nuevo orden”; romper la relación de pareja donde ambos se culpan y no pueden mirarse a los ojos; en fin, romper la misión de complementariedad, imagen y plenitud de amor. Cada vez que el hombre se coloca como centro de todas las cosas, pierde su sentido original y se convierte en esclavo de las cosas, en enemigo de sus hermanos, y se esconde de Dios. ¿Sorprenden los castigos? Son las consecuencias que lleva en sí mismo el pecado: desnudez, esclavitud, insatisfacción, penuria del trabajo y lejanía de Dios. Dios debe estar en el corazón de la familia y de la sociedad, si no, pierden su rumbo.

Cristo vino a romper toda esclavitud de pecado y opresión, pero los mismos de casa no lo comprendieron y empezaron a tacharlo de loco. A muchos les parece locura querer reconstruir esa imagen de Dios puesta en el corazón del hombre; miran como imposible y hasta amenazante, romper los lazos que esclavizan a la humanidad atándola a las cosas materiales y rompiendo la armonía que nos hace a todos participar de la creación gratuita en favor de todos; se escandalizan cuando Jesús va más allá de los lazos familiares para recuperar el original sentido de una sola familia, de una participación plena de todas y cada una de las personas como iguales y con todos los derechos. Los propios de casa lo llaman loco y pretenden atarlo a las costumbres, a la cerrazón de una tradición y las leyes convenencieras que en lugar de dar libertad aniquilan y destruyen. Aparece claro el sentido del pecado y la influencia del demonio o del mal. No podemos ocultar toda la maldad que hay en el mundo, la debemos entender siempre como una desviación de lo que el hombre está llamado a ser. Las injusticias y violencias parten de un desorden interior del hombre; las avaricias que dejan en orfandad y hambre a los otros, son producto de una falsa concepción del poder; las rupturas y traiciones al amor, a la familia y a la pareja, parten de un corazón que no sabe amar. El pecado brota de una profunda equivocación interior y sólo sanando el interior se puede remediar. Jesús ha venido a sanar esas profundas heridas, pero necesitamos dejarlo actuar, abrir nuestro corazón para que lo sane, cambiar radicalmente de valores y reconstruir las relaciones básicas de cada persona.

No podemos desconocer la importancia de la familia, de los lazos que genera y de su papel como engendradora de vida, de educación, de armonía interior y de equilibrio en la persona. Por el contrario, hoy Jesús parece desconocer y rechazar a su madre y a sus hermanos. ¿Será cierta esta apreciación? Todo lo contrario, la respuesta de Jesús nos lleva a descubrir que no basta dar la vida, tener los lazos de la carne y de la sangre, o como dicen los israelitas, “ser de los mismos huesos”, se necesita mucho más para ser familia: “El que cumple la voluntad de mi Padre, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre”. Para ser familia no basta estar juntos y tener la misma sangre, se requiere cumplir con la misión para la que hemos sido creados: diálogo, encuentro en relación, disposición para asumir que sólo con el otro estamos completos; ser imagen del mismo Dios. Cuando no tenemos tiempo para la relación, cuando rehusamos mirarnos a los ojos, cuando negamos nuestra mano al hermano, no bastan los lazos de la carne para ser hermanos. Por el contrario, cuando asumimos nuestra relación como hijos del verdadero Dios y miramos a Cristo como nuestro hermano que nos amplía los horizontes, descubrimos que la fraternidad no se cierra entre cuatro paredes, sino que se abre para recibir a todos los hombres y mujeres que cumplen la voluntad del Padre. En lugar de negar a la familia, le está dando Jesús mayor fortaleza, mayor seguridad y bases más firmes.

Descubramos hoy las razones de la injusticia y de la maldad; reconstruyamos el rostro de Dios, la fraternidad en nuestras familias, y formemos nuevas familias siempre abiertas a recibir otros miembros, más allá de la sangre, que nos enriquezcan y nos lleven a construir el Reino, sueño de Jesús para todos los hermanos. Las relaciones en casa deben superar nuestros egoísmos y educarnos para una vida en fraternidad en todos los ámbitos. Miremos nuestras familias, miremos nuestra sociedad y preguntémonos si estamos siendo fieles a la misión o si nos hemos extraviado por los caminos. ¿Cómo es la vida en familia y cómo construimos relaciones de amistad, comprensión y amor dentro de ella? ¿Cómo vivimos la fraternidad a la que hemos sido llamados con todos los hombres y mujeres? ¿Cuáles son los valores que nos mueven? ¿Cómo superar las injusticias en nuestro entorno o en nuestras mismas relaciones?

Dios, Uno y Trino, contemplamos tu belleza en cada familia y en cada sociedad que son tus imágenes, te invocamos y pedimos que sean lugares de encuentro, de paz y de crecimiento en el amor. Amén



 

 

 

 

 

 

 

 





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