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Alabanza Eterna
La razón última la Iglesia es la Eucaristía.


Por: P. Martín Eugenio, LC. | Fuente: Catholic.Net



“Corpus Christi. ¿Qué les puedo decir a mis hermanos sacerdotes? El eterno adorador del Padre nos ha asociado misteriosamente a su anhelo más íntimo y a su misión como segunda persona de la santísima Trinidad y HOY nos pregunta: “¿Cuál es la habitación donde voy a comer la Pascua con mis discípulos?”(Mc 14, 14) “Ardientemente he deseado celebrar esta fiesta con vosotros antes de padecer”. (Lc 22, 15)

Y ¿cuál podría ser el objetivo de este deseo y anhelo por llegar a esta hora?, se pregunta Benedicto XVI... y responde: “esperaba aquel momento que tendría que ser en cierto modo el de las verdaderas bodas mesiánicas: la transformación de los dones de esta tierra y el llegar a ser uno con los suyos, para transformarlos y comenzar así la transformación del mundo”. Para transformarnos y comenzar en y por nosotros, queridos hermanos sacerdotes, la transformación del mundo. Se trata de una cena intensa llena de significados, donde el Señor se siente cómodo, pese a la proximidad de su hora, y porque también es nuestra cena, en la que nos hace el regalo de la eucaristía y del sacerdocio.

Sabemos que la Iglesia vive de la eucaristía, que es el centro de nuestro sacerdocio. Es más, en un supuesto loco y un poco absurdo, si prescindiéramos de todas las estructuras y añadidos que a lo largo de la historia se han sumado (y como explicitado) a la Iglesia como institución, de lo que no podríamos prescindir de ninguna manera, la razón última de esta iglesia que Cristo mismo ha fundado, es la Eucaristía. Porque Jesucristo vivió 33 años en un cuerpo humano y XX siglos en el sacramento del pan y del vino. Así se ha perpetuado en el tiempo, gracias a la Eucaristía. “ Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Es Cristo mismo, glorioso, el que vive en la eucaristía, y prolonga su adoración al Padre a través de los tiempos. La carta a los hebreos nos presenta precisamente a Jesucristo como el sumo sacerdote de los tiempos definitivos.(Heb 9, 11). Él viene a instaurar un nuevo culto, más excelso, para adorar a Dios “en espíritu y en verdad” (Jn 4, 23). La nueva liturgia es la fuente que mana del costado abierto del corazón de Cristo, del que salió sangre y agua. El agua desciende de debajo del lado derecho del templo como profetizó Ezequiel (Ez 47, 1), del verdadero templo que es su cuerpo. La sangre es la sangre de la nueva y eterna alianza. Y Cristo resucitado, el Viviente, es esa fuente inagotable de la liturgia.

Este es el momento, queridos hermanos sacerdotes, de agradecer al Señor el llamado que nos ha hecho a su sacerdocio; y de adorar al Padre, junto con Cristo, con toda la iglesia, con los ángeles y los santos. “Sacerdos in aeternum, laudatio in aeternum”

 



Tu sonrisa me despierta,

del silencio matinal,

en la pista dulce y clara,

del rumor del manantial.

¡Cuántas gotas que acompasan, desmadradas en Edén,



paraíso encantado,

armonía en Jerusalén!

Brotan suaves del costado, golpeado en el desierto,

con la vara puntiaguda,

fluye el corazón abierto.

Como un árbol plantado

a tu vera de corrientes,

no renuncio a los frutos,

hojas verdes y simientes.

Cada lágrima se funde,

en el río de la ira,

melodía más preciosa,

con David suena la lira.

Ahora ya puedes dejar

a tu siervo descansar,

porque han visto mis ojos,

y he tocado el hontanar.

 

Conectado a esta fuente:

“dum sacerdos in aeternum”,

abrazado a tu cuerpo,

“tunc laudatio in aeternum”.

 





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