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Con cristo, sin fronteras
¿Qué nos dice el Evangelio de los migrantes?


Por: Marlene Yañez Bittner | Fuente: Catholic.Net



Desde hace ya un tiempo, las políticas de Inmigración han cobrado relevancia en la mayoría de los países, a consecuencia de una inmigración ilegal, barreras al empleo extranjero y vulneración de derechos, entre otros. Algunos países han endurecido sus leyes, otros han optado por facilitar la entrada de extranjeros a sus territorios. Lo cierto es que se ha creado controversia y opiniones variadas en torno a este tema.

Se debate en cuanto a la saturación del empleo local considerando que en lo general, los países muestran índices significativos de desempleo; problemas culturales e idiomáticos, e incluso en temas de salud pública y seguridad. Por cierto, ninguna nación puede mantener sus fronteras abiertas y tienen permitido establecer ciertas regulaciones.

El juicio tiene pilares sociales, políticos y económicos; encontramos opiniones en las redes sociales, periódicos y noticieros: es sin lugar a dudas un tema periodístico. Sin embargo, la opinión cristiana tiene acordes más bajos, prácticamente no se alcanza a escuchar.

Proclamamos el evangelio, pero, ¿hemos buscado qué nos dice Dios Padre por medio de la Sagrada Escritura respecto a este tema?

No hay versículo en la Biblia que prohíba a un país mantener sus fronteras abiertas o cerradas. Más aún, creamos o no justas las leyes, es nuestro deber como ciudadanos cumplirlas (Romanos 13, 1-7).



No obstante, podemos encontrar más de un versículo en la Sagrada Escritura que nos manda a hacer respecto al cuidado de los pobres y desvalidos (Santiago 2,2-15 / Gálatas 2,10). Nos lo dicen también los Mandamiento: “… Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

“Bienaventurados los misericordiosos, pues ellos recibirán misericordia”, forma parte de las 9 Bienaventuranzas reveladas en la Biblia y a decir verdad, no se refiere a ser misericordiosos solamente en nuestro país. Y es que para Dios no existen fronteras. “Ahí no se hace distinción entre judío o griego, pueblo circuncidado y pueblo pagano; ya no hay extranjero, bárbaro, esclavo u hombre libre, sino que Cristo es todo en todos” (Colosenses 3,11).

Más aún, el Catecismo de la Iglesia Católica, señala que las naciones más prósperas tienen el deber de acoger al extranjero que busca bienestar al no conseguirlo en su país de origen (Catecismo 2241).

Es increíblemente hermoso que, un tema que al parecer recién hoy es tratado con mayor profundidad, la Sagrada Escritura no se mantenga al margen; ya en el Antiguo Testamento, podemos encontrar revelaciones claras que tratan de la migración. Consideremos lo siguiente:

Génesis 23, 1-6. Dignidad de Abraham aunque era extranjero/forastero



Éxodo 22, 20 y 23, 9. No maltratar ni explotar al emigrante.

Levítico 19, 9-10. Dejar frutos en los árboles para el emigrante y pobre.

Levítico 19, 33-34. Acoger al emigrante como compatriota y amarlo. No oprimirlo

Deuteronomio 10, 19. Amar al emigrante.

Deuteronomio 24,14. No explotarás al jornalero, pobre y necesitado, sea hermano tuyo o emigrante que vive en tu tierra, en tu ciudad.

Isaías 61, 5. Extranjeros y forasteros trabajaran en tu tierra.

Muy precisas palabras que no dejan lugar a dudas. El Señor nos exige ser solidarios con el inmigrante, de cualquier raza, de cualquier cultura. Amarlo simplemente porque es nuestro hermano y por sobretodo atender a sus necesidades, pues no debemos olvidar que si ha llegado a nuestro país, es porque en el suyo no ha podido estabilizarse y surgir como persona. Se transforma en una persona necesitada, en un pobre, en un desprotegido y por cierto, solo. ¿No está ahí queridos hermanos, el rostro de Jesús?

Hay algo más. Este mundo que nuestro buen Dios nos ha asignado para vivir, es un terreno de paso simplemente, ¡es prestado! Ni siquiera podemos decir “mi país”, si todo pertenece al Padre que está en los cielos. Entonces, ¿quiénes somos como para rechazar un hijo de Dios en donde creemos nuestro territorio? Nadie expulsa un invitado de la casa del vecino. Ante el Señor todos somos migrantes (I Crónicas 29,15); somos peregrinos en la tierra (Salmo 119,9)

Podemos ser cristianos comprometidos con la realidad social, participamos de una serie de obras sociales sin duda maravillosas y muy necesarias, pero a la hora de tender la mano a un extranjero no lo hacemos. Es decir, somos caritativos solamente con “los nuestros” porque el extranjero necesitado depende de otra mano generosa, la mano que debe encontrar en su país.

Papa Francisco con frecuencia ha invocado la frase “puentes y no muros” cuando llama a los países a recibir migrantes. El mismo, al inicio de su Pontificado señaló que “el cristiano no levanta muros, sino que construye puentes” (8-5-2013) y, más recientemente, que debemos “derribar los muros que nos dividen” (11-11-2016).

De lo anterior, no debemos mantenernos ajenos, pues el tema de la migración no sólo tiene un carácter político, social y económico, sino también humanitario y por cierto, cristiano.





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