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De la conciencia a las convicciones
Discernir nos lleva a descubrir lo importante de lo superfluo.


Por: Ana Teresa López de Llergo | Fuente: yoinfluyo.com



Conciencia y convicciones

El paso de la conciencia a las convicciones se realiza por el puente del discernimiento personal y comunitario. A este discernimiento se ha referido recientemente el Papa Francisco en la Exhortación Apostólica “Gaudete et Exsultate”.

En un artículo publicado en febrero, escribí que la conciencia es un “reducto” interior en donde nos damos cuenta de lo que debemos hacer. Allí nos encontramos con lo más íntimo de nosotros y descubrimos una ley inscrita en nuestra naturaleza que nos inclina al bien.

Todos los seres humanos gozamos de esa naturaleza, por eso, allí todos, sin excluir a nadie encontramos lo genuino. Aparecen nuestros actos como los hemos realizado y de inmediato reconocemos la valoración moral que les corresponde.

Si hay disimulos o evasiones es porque voluntariamente: libremente queremos alterar la moral, nos justificamos y decimos que es bueno lo que no lo es. Cuando este modo de actuar se generaliza vivimos en la locura de calificar con el adjetivo opuesto, y esto se lama “locura”. Y, la locura se hace hábito a base de negar la evidencia de la realidad, a base de no querer reconocerla.



Además cuando esta actitud se repite durante un tiempo prolongado acabamos dudando de todo, porque confundimos lo que es con cómo queremos que sea. Si esta actuación se hace hábito social, todos nos acostumbramos a actuar de este modo y la vida social también se vuelve una locura.

Por lo tanto todos sabemos lo que está bien. Si nos confundimos es porque elegimos la confusión. Y entonces buscamos todo tipo de justificaciones.

Por ejemplo, el quinto mandamiento del Decálogo: no matar se ha maquillado.
El aborto que es matar a un inocente, ahora se ha “dulcificado” al decir interrupción del embarazo. La eutanasia que es matar a un enfermo o a un anciano, ahora se denomina muerte digna. El problema que estos modos de decir no modifican el juicio de la conciencia

El problema que estos modos de decir no modifican el juicio de la conciencia y aparece el remordimiento, cuya presencia deja malestar, disgusto, inquietud, mal humor.

Pero, en este artículo se trata de revisar la conducta de quienes desean oír su conciencia para aplicar eso que escuchan.



Oír para aplicar es posible con el discernimiento.

A partir del número 166 hasta el final de la mencionada Exhortación apostólica, el Papa Francisco nos dice: discernir es buena capacidad de razonar. Para lograrlo necesitamos pedir ayuda al Espíritu Santo, y desarrollar Su don rezando, reflexionando, leyendo buenos textos y acudiendo a buen consejero.

Y es necesaria esta ayuda sobrenatural porque además del espíritu mundano que puede desorientar el trabajo de la razón, también está la influencia sobrenatural negativa del diablo.

Discernir nos lleva a descubrir lo importante de lo superfluo, lo fundamental de lo accesorio, lo adecuado de lo inadecuado. En definitiva: lo bueno de lo malo.

Se aprende a discernir en el día a día. Lograrlo es una responsabilidad porque hay que saber discernir cuando se nos presentan momentos trascendentes. Por ejemplo: elegir a un candidato que influirá en la vida pública y en la vida particular de los súbditos. Esta demanda nos exige buen discernimiento. No podemos ni debemos excusarnos.

Con la oración, con el buen consejo, el discernimiento nos lleva a la convicción.
La convicción consiste en tomar una postura sabia porque la hemos elegido conscientemente, sin dejarnos llevar por influencias manipuladoras. De la convicción cada uno sabe por qué y cómo la adquirió, y qué bondades tiene.

Después de realizar todo este paso de la toma de conciencia, al discernimiento y a la convicción, es normal ser congruente: aplicar, defender y conservar nuestras convicciones.

Este modo de proceder lo esperamos de todos: de los ciudadanos de a pie y de quienes ejercen alguna profesión que directamente incide en la vida pública como son los comunicadores, los legisladores, los educadores, por mencionar algunos.

Pues ¡ánimo! De este modo de proceder depende nuestra felicidad y la de nuestros conciudadanos.





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