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II. 3 La participación de la paternidad de Dios.
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Dar la vida, custodiarla y orientarla con amor


Por: Pia Hirmas | Fuente: Catholic.net



II. 3 La participación de la paternidad de Dios.

Las familias cristianas son “islotes de vida cristiana en un mundo no creyente”(CEC 1655) y son “faros de una fe viva e irradiadora” (CEC 1656), y con su trabajo ayudan a que no decaiga el espíritu de la humanidad. Siendo pues de gran consuelo las palabras del papa Pío XII, quien decía que “el mundo le debe mucho a las oraciones de unos pocos”.

La paternidad de Dios que nos ha sido participada tanto por nuestra naturaleza, como por ser miembros de la Iglesia, madre de los cristianos, nos lleva a vivir nuestra vocación universal al amor desde nuestra paternidad y maternidad respectivamente. Todo varón por el hecho de serlo es intrínsecamente padre, lo mismo podemos decir de la mujer y la maternidad, y esta realidad se puede vivir según la carne y según el espíritu en todo estado de vida que sea vivido en gracia de Dios.

Podemos descubrir en Dios que la paternidad implica por su misma esencia, “dar la vida, custodiarla y orientarla con amor”.


1.    La vida se da biológicamente como es natural, pero sobre todo y de manera excelsa sacramentalmente y con la Palabra que es vida y vida sobrenatural por eso es más importante y digna. En la vida cristiana no se puede hacer correctamente este engendrar si no se respeta el equilibrio que debe haber entre nutrirse con la Palabra y con la Eucaristía, aunque hay grupos cristianos que sólo privilegian alguno de los dos aspectos.




2.    “Custodiarla” materialmente, pero también de todo peligro espiritual. La mejor herencia que podemos dejarles a nuestros hijos, más que una fortuna que asegure su vida terrena, es darles con qué lleguen a la vida eterna. Parte de la custodia de sus vidas es transmitir toda la fe de manera completa, clara y encarnada en una cultura nacional y familiar. Sólo así se entienden correctamente las tradiciones, a la luz de la Tradición Cristiana dejada por los apóstoles, y la piedad popular es la riqueza espiritual con que un pueblo acoge el Depósito de la Fe.

No se puede negar que “cultivar la tierra con el sudor de la frente y que ella produzca espinos y abrojos”, no sea la experiencia laboral de tantos padres de familia, que luchan por traer el pan a la casa, para encontrarse con los dolores de la madre que ha parido, y sigue pariendo en la crianza, con dolor. Después del pecado, el dolor ofrecido, deja de ser estéril como esa tierra fuera del Edén, sino que se vuelve como “la sangre de los mártires, semilla de nuevas conversiones” como decía Ireneo de Lyon. Son los dolores de parto de los que habla San Pablo, que como hijos de la Iglesia cada uno pone “lo que faltó a la pasión de Cristo” (Col 1,24). Es el amor, que Dios nos participa, el que hace llevadero y ligero el yugo.


3.     “Orientarla”, no basta dar consejos como muchos padres de hoy quisieran, pues todavía no son adultos física o espiritualmente, sino que requiere el ejercicio de un gobierno. El gobierno no es simple uso de poder, sino el ejercicio legítimo de la autoridad conferida por la potestad dada por Dios mismo, al punto que llega a ser el primer mandamiento social después de cumplir con los tres primeros mandamientos relativos a nuestra relación con Dios. El mismo Cristo, se sometió a sus padres y les obedeció en todo (cfr. Lc 2,51), toda vez que el episodio de su pérdida en el Templo, dejó claro que por encima de la paternidad natural, está la paternidad divina (cfr. Lc 2,49). Los padres de familia pueden confiar, que tienen la gracia de estado para orientar y gobernar, y esta actúa en nosotros si somos dóciles al Espíritu Santo y nos ayudamos del consejo de quién tiene el don de sabiduría.

4.    “Con amor”, quiere decir que todo lo que motiva y rige la forma de hacerlo debe serlo el amor. Entendiendo que amar tiene dos aspectos: efectivo y afectivo. En nuestra época solo apreciamos el aspecto afectivo del amor, al punto que si no lo sentimos no lo hacemos, y si sentimos lo opuesto, por ejemplo enemistad, dejamos de amar, al modo que lo hacen los “paganos” como nos advierte el mismo Jesús. En cambio, en el aspecto más importante por depender de la razón y la voluntad, está el aspecto efectivo, que consiste en “buscar el bien del otro”. El padre verdadero, busca el bien, y dentro de los bienes, busca los más elevados, es decir los espirituales. Nunca propondrá algo intrínsecamente malo para obtener un bien, pues eso sería maquiavélico, pero puede sacrificar un bien menor (corporal) por un bien mayor(espiritual). Es en este sentido que San Agustín dice: “ama y haz lo que quieras, pues si gritas, gritarás con amor, si corriges, corregirás con amor”, etc.

Una vez que entendemos que esta es la forma general de ser padres, podemos entender la importancia de la educación en virtudes y en la ley moral personal y pública. Es tarea de ambos padres, pero el distintivo personal es que la madre cultiva esto en la vida del hogar y para la vida interior del hijo, y el padre en la esfera social y su vida externa o social. La protección no es prerrogativa materna, pues aunque la madre se pueda en la Escritura comparar con una gallina (cfr. Mt 23,37), el padre también protege a su manera, permitiendo que el hijo salga de la seguridad y comodidad familiar con los posibles riesgos que eso implica y a pesar incluso de su propio dolor, como vemos en la Parábola del hijo pródigo (cfr. Lc 15,11ss).



Artículo patrocinado.

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