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Cantemos al Señor un canto nuevo
Esa es la propuesta de Jesús: que todos vivamos como hijos del Padre celestial.


Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato |



I San Pedro 1, 10-16: “Los profetas predijeron la gracia destinada a ustedes. Pongas, pues, en ella una esperanza sin límites”

Salmo 97: “Cantemos al Señor un canto nuevo”

San Marcos 10, 28-31: “Recibirán cien veces más en esta vida, junto con persecuciones; y en el otro mundo, la vida eterna”

 

También entre los discípulos se dan esos fuertes contrastes que tanto duelen y desconciertan en las relaciones humanas. ¿No es cierto que duele cuando un amigo o una persona cercana, después de compartir, de sufrir juntos, te sale con “y qué  me das por ser tu amigo”?  “¿Qué gano yo con haberte querido?”. Si el día de ayer ya nos sorprendía que un joven que parecía muy sano y dispuesto firmemente a seguir a Jesús, se fuera entristecido porque “tenía muchos bienes” y no se atreviera a escuchar la propuesta de Jesús.



Hoy nos sorprende más la actitud de los discípulos que parecían tan dispuestos, tan generosos y tan comprometidos. Se atreven a preguntar a Jesús cuál será su recompensa. ¿No era ya bastante recompensa compartir todos los momentos con su Señor? ¿No valía la pena dejar todo por experimentar esa amistad incondicional? Sin embargo el corazón se apega con facilidad a las cosas materiales y busca sacar provecho de todos los acontecimientos. Me imagino qué dolor produciría en el corazón de Jesús esta pregunta. Sin embargo no hace escándalos ni reproches. Y ofrece una multiplicación de lo que se ha dejado. No se limitan ya sus discípulos a un círculo donde son hermanos sólo los de la sangre, sino que ahora se abren a una fraternidad universal, donde participarán todos los hombres y mujeres.  No han perdido un hermano, sino que han ganado cientos de ellos al vivir plenamente el mensaje que nos trae Jesús: no tienen ya sólo un padre, una madre, unos hermanos, brotados de los vínculos carnales, todos ahora somos hermanos, todos hijos de un mismo Padre.

Esa es la propuesta de Jesús: que todos vivamos como hijos del Padre celestial. En lugar de perder, se gana en una gran familia. Ciertamente esto traerá sus problemas y dificultades porque el luchar por esta familia universal, ocasiona conflictos; el ser de todos, trae nuevos compromisos, y el construir un mundo justo donde todos sean hermanos, ocasiona persecuciones y descalificaciones.  Jesús promete una vida eterna, en el otro mundo. No como una evasión de los compromisos actuales y concretos en la situación en que nos movemos, sino como una meta que se inicia desde ahora y que llega a su plenitud en la casa del Padre. Si no construimos ahora, no podemos tener la esperanza de alcanzar plenitud.





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