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Hermana Kristen Gardner
Hermana Kristen Gardner Testimonios de las Siervas del Hogar de la Madre


Por: Redacción | Fuente: Siervas del Hogar de la Madre



Cuando tenía siete años, mi familia se convirtió al catolicismo, pues eran protestantes. Un año más tarde fuimos de peregrinación a Fátima y a Lourdes y, en esta peregrinación, es donde oí por primera vez la voz de Dios. Estábamos en Fátima visitando la Basílica, pero no recuerdo nada de lo que ocurrió dentro. Lo único que sé es que yo salí de la Basílica con la convicción de que tenía que ser religiosa. En ese momento se lo dije a mi madre, pero ella lo único que pensó es que se trataba de una idea graciosa de una niña de ocho años y que fácilmente en otro momento iba a pensar que quería ser bombera o policía o astronauta.

 

Pasaron los años y yo seguía con la firme convicción de que Dios quería que yo fuera monja, aun cuando no sabía muy bien dónde. Cuando tenía diez años, mi madre me dijo que rezara todas las noches tres Ave Marías para pedir al Señor que me guiase y me hiciese ver dónde me quería. Y yo comencé a hacerlo todos los días hasta que el Señor me mostró su voluntad, aunque debo admitir que muchas veces me dormía mientras hacía esta oración.

Cuando tenía trece años, una amiga de mi madre que iba a viajar a España, llamó a mi madre y le dijo: “Cynthia, tienes que ir a España. He conocido una orden religiosa genial que hace campamentos para niños y más cosas”.

 



Al año siguiente mi madre fue a España para conocer esa “orden religosa genial”. (Esto era en el año 1999 y por aquel entonces el Hogar de la Madre solo tenía comunidades en España). Ella se “enamoró” de la espiritualidad del Hogar de la Madre y de sus tres misiones. Habló con mi padre y decidieron enviarme junto con mis dos hermanas a los campamentos de verano en España.

Fuimos a un campamento sabiendo tan solo diez palabras de español, a una cultura diferente a la nuestra, comidas distintas, todo era distinto. Los momentos más duros fueron las dos o tres veces que tuvimos que comer pescado durante el campamento. Volvimos a casa suplicando a nuestros padres  que no nos enviaran otra vez, pero mi madre, que veía más allá, percibió enseguida que había sido una experiencia muy buena y por ello, decidió que al año siguiente íbamos a volver al campamento. Incluso empezó a hacer pescado en casa para que nos fuéramos acostumbrando.

 

Pasó el curso y llegó el siguiente campamento. No sé realmente lo que ocurió pero al final resultó que fui la única de mis hermanas que terminó yendo a España. Estaba un poco enfadada por ello, pero en cuanto empezó el campamento me olvidé de todo lo demás. Esta vez me encantó. Estaba en un grupo con dos estadounidenses que eran candidatas de las Siervas del Hogar de la Madre, hice muchas amigas y me lo pasé muy bien. Cada vez que alguien me preguntaba por mi vocación yo siempre decía que  quería ser monja pero que no sabía dónde. En ese momento tenía 14 años y en realidad no pensaba mucho en ello ni me preocupaba demasiado.

 



 Al año siguiente el Padre Rafael vino en varias ocasiones a nuestra casa en Estados Unidos con dos hermanas. Mirando ahora hacia atrás veo cómo Dios empezó a hablarme y a mostrarme el lugar donde me quería,  pero yo estaba cerrada y no quería oír su voz. Yo quería ser religiosa, pero no Sierva. ¿Vivir en España? ¿Comer pescado? ¿Trabajar duro? ¡Ni pensarlo!

 

En Semana Santa fuimos a España al Encuentro que el Hogar de la  Madre organiza todos los años. Después de la Viglia Pascual, Dios me habló con tanta claridad que no había excusas posibles para decir no a su voz. Sabía que quería que yo entrara en las Siervas. Pero yo al día siguiente intencionadamente procuré quitar esta idea de mi cabeza diciéndome: ¡Pero qué tontería se me ocurrió ayer!

Ese verano, antes del campamento, mi madre quiso que pasara un mes con las Siervas. "Después de todo... -me dijo- tú quieres ser monja, ¿no? Así que será bueno para ti pasar un tiempo con ellas para poder pensar en el tema". No estaba muy entusiasmada que digamos con la idea, pero convencí a una amiga para que viniera conmigo y así todo parecía mejor.

 

Durante ese mes, ayudamos a las hermanas en la construcción de sus casas. Por la mañana teníamos tiempo para rezar y en esos momentos veía muy claro que Dios me llamaba. Pero luego, cuando teníamos que ir al trabajo, cuando había que comer pescado (en realidad era solo una o dos veces a la semana, pero el enemigo hace siempre una montaña de un pequeño granito y crea obstáculos que parecen insuperables), le decía a Dios que no estaba dispuesta.

 

Además yo tenía mis propios planes, pues quería escribir libros, ir a la universidad, estudiar... Tenía ya todo perfectamente planeado. ¿Cómo podía Dios perdirme entrar en una Institución en la que, en mi opinión, no iba a poder poner al servicio de Dios los dones que Él mismo me había dado? Tuvo que pasar un poco de tiempo para llegar a descubrir que la obediencia es el mejor camino para descubir el modo en que Dios quiere que use sus dones, suponiendo que Él quiera que los uses, porque quizá Él te los da sencillamente para que puedas ofrecerle el sacrificio de renunciar a ellos.

 

Después de un mes de luchas constantes finalmente pude decir sí a Dios. No puedo describir la paz que comenzó a inundar mi alma a partir de ese momento, si bien no habían terminado las luchas. Todavía tenía que decidir “cuándo” iba a entrar. Acababa de cumplir los 15 años y podía entrar a los 16 con el permiso de mis padres, pero también podía entrar a los 18 e incluso después de estudiar en la Universidad. Comenzé a pensar en las distintas posiblidades, pero al final, después de semanas de oración, supe que el Señor me pedía que no esperase tanto. Si me había indicado mi vocación en ese momento, a los 15 años, era porque Él quería que entrarse en ese momento y no más tarde. Se lo dije a mis padres y con su permiso por escrito, entré a las Siervas del Hogar de la Madre, justo el día en que cumplí 16 años.

Doy gracias a Dios por haberme llamado tan joven, por haberme protegido y no haber permitido que me alejase de Él, por haberme dado la gracia de poder responder y por tantas cosas. “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia” (Sal. 118)





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