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Reflexión del evangelio de la misa del Domingo 27 de mayo 2018

Santísima Trinidad
Nuestro Dios en su misterio más íntimo no es soledad, sino familia.


Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato | Fuente: Catholic.net



Lecturas:

Deuteronomio 4, 32-34. 39-40: “El Señor es el Dios del cielo y de la tierra, y no hay otro”.

Salmo 32: “Dichoso el pueblo escogido por Dios”.

Romanos 8, 14-17: “Ustedes han recibido un espíritu de hijos en virtud del cual podemos llamar Padre a Dios”.

Mateo 28, 16-20: “Bauticen a todos los pueblos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.



En una fiesta de la Santísima Trinidad, el sacerdote colocó en el altar el bello icono ortodoxo de Andrei Rublev que representa a Abraham invitando a tres ángeles a participar de su comida, acontecimiento considerado como anuncio de la Santísima Trinidad, muy apreciado sobre todo por la Iglesia Ortodoxa. Una anciana, muy contrariada, me comentó: “Esta Trinidad está muy moderna. No aparece Dios Padre como un venerable anciano. Ni tampoco el Hijo cargando la cruz y mucho menos el Espíritu que todos conocemos y que es una palomita, muy bonita, que simboliza la paz. Estos hasta parecen tres jóvenes que se disponen a comer”. En vano intenté explicarle que las pinturas o esculturas que tenemos, sobre todo de Dios Trino, más que verdaderas imágenes, tienen el sentido simbólico para encaminarnos al misterio y hacerlo más cercano. Ni Dios Padre es un viejito, ni la imagen del Hijo es su retrato, ni el Espíritu es una paloma, sino sólo son signos que nos pueden ayudar a tener una idea de Dios Trino. Y que lo más importante es la presencia de este Dios Trino en nuestra vida, el descubrir a Dios comunidad y la invitación a sumegirnos en su amor.

Hoy nuestra celebración tiene un sentido muy especial. Es cierto que cada día, y en especial los domingos, nuestra alabanza y contemplación están dirigidas a nuestro Dios; es cierto que todo lo que hacemos tiene su origen y su finalidad en Él, pero hoy lo queremos hacer de un modo más consciente, detenernos un momento y contemplarlo, experimentar su vida interior, y dejarnos “empapar”, envolver, por su amor. Moisés, en la primera lectura de este domingo, se deshace en elogios y alabanzas a un Dios que ha mostrado su poder a favor del pueblo, que ha creado con amor especial al hombre, que le habla, que lo acompaña, que lo saca de la esclavitud para hacerlo su pueblo. Dios es alguien que se ha revelado, se ha descubierto y ha dejado entrever su rostro en medio del fuego. Se vincula con toda la persona; convierte a Israel en su pueblo predilecto; lo asume como su propiedad personal. Todos estos beneficios han sido gratuitos, inmerecidos por parte de los hebreos. Y por eso Moisés le pide al pueblo que no lo olvide, que su ley es ley de vida para mantener la relación con Dios, fuente de felicidad.

Cuando escucho a Moisés hablar y expresarse así de Dios, me resulta extraño oír a quienes afirman que el Dios del Antiguo Testamento es un Dios cruel y castigador… Es cierto, es celoso, pero por amor. Pero me resulta más extraño las imágenes que muchos de nosotros tenemos de Dios, reducido a caricatura de lo que no es. A una especie de tapagujeros para solucionar lo que nuestra ignorancia o pereza no han descubierto. Alguien a quien echarle la culpa de nuestros complejos y fracasos. Alguien lejano y al mismo tiempo inquisidor. Y cuando se tiene un concepto tan erróneo de Dios se acaba por negarlo, aunque después se le busque en la belleza, en la justicia, en el deseo de comunidad y de amor.

Si ya en el Antiguo Testamento encontrábamos destellos de esta bondad y belleza de un Dios cercano, con Cristo, “el Verbo hecho carne”, Dios rompe los muros donde lo habíamos encerrado, el cielo, el templo y el santuario, y se hace caminante, compañero, amigo y hermano. Un rostro que descubre y devela un gran misterio y que nos llama a conocerlo y vivirlo: “Ven y lo verás” “No los llamo siervos porque el siervo no sabe lo que hace su amo, los llamo amigos porque les he dado a conocer todo lo que he aprendido del Padre” Y nos invita a participar de esa vida, unidad y dinamismo que en compañía del Espíritu está viviendo. Su deseo es que “todos sean uno como tú en mí y yo en ti somos uno”. Nuestro Dios en su misterio más íntimo no es soledad, sino familia. Y a esta unidad y vitalidad nos invita el Señor Jesús. Es el misterio que nos quiere revelar, pero no para examinarlo científicamente, sino para vivirlo en amor y amistad. Los científicos ahora se preocupan de las glándulas y hormonas que ayudan o estorban a despertar el amor o la amistad, pero quien ama de verdad, quien es amigo de verdad, no necesita descripciones sino la experiencia del amor. Así también Jesús, rostro amoroso del Padre, nos llama y nos invita a vivir en esta armonía, dinámica y creadora, de la Santísima Trinidad, donde todo es unidad, creación y explosión de amor.

El envío que hoy  hace Jesús en el evangelio no tendría ningún sentido si no hemos vivido el amor en primera persona. No tiene sentido “bautizarse”, sumergirse, perderse en la Trinidad, si no estamos llenos del Espíritu de Amor. No es cuestión de aprendizaje, es cuestión de vida, de dejarse amar, de perderse en el infinito de este Dios Trino que nos llena de toda su vida, de su amor y de su Espíritu creador. Nuestro envío tiene el mismo sentido y el mismo poder de Jesús: “Así como el Padre me ha enviado”. También nosotros somos enviados a proclamar, a vivir y a anunciar el amor que hay en nuestro Dios. A proclamar y anunciar lo que nosotros hemos experimentado y a hacer partícipes de este amor a todos los hombres. Día de la Santísima Trinidad, día en que debemos vivir plenamente esta comunión con nuestro Dios y con nuestros hermanos ¿Cómo lo estamos viviendo?



Dios Padre, que al enviar al mundo al Verbo de verdad y al Espíritu de santidad, revelaste a los hombres tu misterio admirable, concédenos que al profesar la fe verdadera, reconozcamos la gloria de la eterna Trinidad y adoremos la unidad de su majestad omnipotente.  Amén.





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