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Un vestido nuevo
“No vivas de las apariencias, siempre cambian. No vivas de las mentiras, al final se descubren…”


Por: Marlene Yañez Bittner | Fuente: Catholic.Net



“No vivas de las apariencias, siempre cambian. No vivas de las mentiras, al final se descubren…”, son las palabras del Papa Francisco expresadas a través de su cuenta en Twitter.

Estamos viviendo una época en la que nos empapamos de bienes materiales mostrándolos al mundo para obtener quizás ciertas “seguridades”: obtener reconocimiento, alimentar nuestro ego personal, tener amistades seleccionadas o para reservar un lugar en el escalafón a lo menos medio alto de los niveles socioeconómicos de la sociedad. Viajes, lujos, marcas, consumismo, todo eso se apodera de nuestras mentes a la hora de aparentar lo que no somos, pues nuestros niveles de endeudamiento aumentan, así como la carga de trabajo y el estrés. Todo ello para generar bienes que nos permitan aparentar un buen poder adquisitivo y no perder esas “seguridades”.

Muchos otros ejemplos pueden venir a la mente para demostrar que hoy, nuestra sociedad ha privilegiado el “parecer” antes del “ser”.

Sí Jesús, el Rey de Reyes, entró a Jerusalén en un pollino como señal de sencillez y de humildad (Mateo 21, 1-11), ¿quiénes somos nosotros para engrandecernos con lo que ni siquiera tenemos?

Hermoso mensaje nos deja Jesús en la Parábola de Los Convidados a las Bodas, al relatar cómo los invitados escogían los primeros lugares en la celebración: “… Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado” (Lucas 14,11).



Jesús muere en la Cruz por nosotros, muere por nuestros pecados, muere por servirnos a nosotros. “… Y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud” (Marcos 10,44-45).

Jesús, nuestro Salvador, el hijo de Dios, humilde y humillado, pues fue juzgado, muerto y sepultado como el peor de los malvados, como la peor persona que pueda existir. Ese es el ejemplo que debemos seguir. Estamos llamados a hacernos niños para alcanzar el reino de los cielos (Mateo 18, 1-6). Hacernos pequeños, humildes, reconocernos débiles, pecadores y por supuesto no fingir lo que no somos a través del consumismo.

En una sociedad cada vez más materialista, el Señor quiere que usemos un vestido nuevo, dejando atrás la vestidura de las apariencias. Tomar una actitud de autenticidad, resaltar los valores y dones que cada uno tenemos para el bien de nuestros hermanos; tener una nueva forma de ser, la de Jesucristo. Guardemos el vestido de las apariencias del cual cuelgan adornos materiales y cambiémonos por un vestido nuevo.

La Sagrada Escritura nos invita a vestirnos con La Armadura de Dios: “…Por lo demás, fortaleceos en el Señor y en el Poder de su fuerza. Revestíos con toda la armadura de Dios para que podáis estar firmes contra las insidias del diablo” (Efesios 6,10-11). La seguridad, la fortaleza, el poder y la audacia la encontraremos en esta nueva vestidura: en La Armadura de Dios.

Desde aquí podremos mostrarnos tal cual somos. Personas dotadas de dones, talentos y virtudes que debemos utilizarlos para nosotros y nuestro prójimo por medio de obras concretas. Seguir el claro ejemplo de humildad de Jesús. Ser rectos de corazón, justos con nuestros hermanos y por cierto, educar a nuestros hijos con valores éticos y cristianos para que siempre utilicen el vestido nuevo, el vestido de Jesucristo.



Aquí está puesta la mirada del Señor: “El hombre se fija en apariencias, pero yo me fijo en el corazón” (1 Samuel 16,7).





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