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Isora María Ocampo

Leonor de Santa María, Venerable
Sus virtudes heróicas fueron aprobadas por el Papa Francisco el 19 de mayo de 2018


Por: n/a | Fuente: SorLeonordeSantaMaria.blogspot.com



Sor Leonor, nació en una cueva del cerro Famatina, el l5 de agosto de l84l, época de grandes luchas por la organización nacional. Sañogasta, un pueblo de la Provincia de La Rioja, estaba conmocionado por la invasión de tropas venidas desde Mendoza, para derribar al gobierno. Ya habían logrado la muerte a traición, del gobernador Tomás Brizuela y querían hacer lo mismo con José Ramón Brizuela y Doria y con su padre, Francisco Javier, ambos ex-gobernadores. La única hija de don José Ramón, Solana, casada con don Juan Santiago Amaranto Ocampo, estaba a punto de dar a luz. En esas difíciles circunstancias, nada mejor que refugiarse en el cerro “Famatina”. Allí, en las soledades majestuosas del llamado “Campo de Cosme” donde hay un refugio para los animales y había vertientes de agua, nació Isora del Tránsito.

Desde muy pequeña demostró su piedad, su espíritu de pobreza, de amor, de caridad, queriendo agradar en todo a Dios y a la Virgen. Brilló en la virtud de la humildad, en pasar inadvertida, en saber desaparecer, y así se mantuvo y acrecentó durante toda su existencia. Sabía intuir las privaciones del prójimo y amaba a los pobres y necesitados. Contemplativa e intuitiva, fue creciendo en la fe por el ejemplo que encontró en el entorno familiar, ya que se reunían todos los días a rezar el Rosario. Cuando tenía 8 años, murió su madre. Este hecho fue trascendental para su vida, ya que tomó a la Virgen María como madre suya, para toda su vida. A los 13 años, su padre la llevó a vivir a La Rioja, a la casa de una prima hermana de él. Allí permaneció más de 5 años, en un ambiente hostil para sus inclinaciones contemplativas y para la práctica de los ejercicios piadosos, ya que sus primas, no comprendían su ansia de Infinito, sus deseos de oración, la vida de silencio y soledad a que Dios la llamaba suave pero insistentemente. Fue un período en el que el Señor la fue forjando en la práctica de sólidas virtudes, acrisolándola en el sano crecimiento de la fe, pues sus primas la hicieron sufrir mucho. Isora, desentonaba de las reuniones y fiestas del ambiente social a que pertenecía la familia.

A los 18 años viajó precipitadamente hasta San Juan, con su padre y su hermana menor, pues por motivos políticos buscaban en el territorio riojano a don Amaranto para matarlo. En San Juan, vivía su hermana casada y otros familiares. En un ambiente más propicio para la vida de piedad, Isora fue descubriendo la vocación que Dios le tenía reservada desde toda la eternidad, llevando una vida más retirada, pero trataba con mucha gente, pues muchas personas la visitaban con motivo de encomendarse a sus oraciones y pedirle consejos. La gente cambió, comenzando a llevar una vida más espiritual, frecuentaron los sacramentos de la Reconciliación, la Santa Misa y a practicar obras de misericordia.

Su intensa vida de oración se derramaba en caridad hacia su familia, y a los pobres y enfermos a quienes visitaba y atendía con particular esmero. También los preparaba para confesarse.

A los 26 años de edad, viajó desde San Juan hacia la ciudad de Córdoba y el día de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, tuvo la dicha de ingresar al Monasterio.



Tomó el hábito el 3 de julio de l868, fecha en que cambió el nombre que recibiera en su bautismo, Isora María del Tránsito Ocampo por el de sor Leonor de Santa María, e hizo su consagración definitiva al año siguiente. En un ambiente propicio para darse a Dios, sor Leonor transitó las más altas cumbres de su unión con El. Profundamente caritativa con sus hermanas, abrazaba con amor las tareas más sacrificadas, como el de enfermera y ayudante en la despensa. Practicó las virtudes más recomendadas por Jesús: la mansedumbre y la humildad, lo que hacía que recibiera todos los acontecimientos de la vida, por adversos que fueran, con una paz y serenidad edificantes, día tras día se la veía siempre feliz, serena, mansa, durante los 32 años de vida religiosa, hasta su preciosa muerte, que ella anunció. Esto exige un gran equilibrio interior, madurez humana y mucho amor. En la sencillez de la vida de cada día, caminó por la senda del tiempo, con la mirada fija en la eternidad, como expresión del puro amor. (Falleció en Córdoba, Argentina, el 28 de diciembre de 1900)

A tres años de ser devueltos los manuscritos de su autobiografía al Monasterio - habían sido entregados por sor Leonor al Padre José L. Torres, O. M. y éste, a la Superiora General de las H. Mercedarias- se escribió su primera biografía. Y la entonces Madre Priora del Monasterio, solicitó de las monjas que la conocieron y convivieron con ella, redactaran todo lo que de ejemplar y virtuoso recordaban.

El Venerable Padre José León Torres siempre hacía referencia de sor Leonor y constantemente solía decir: Uds. tienen santas aquí, encomienden tal apuro o aflicción a sor Leonor, invóquenla”.

El ideal que alentaba a sor Leonor es el Amor, el encuentro definitivo con Dios, que ella vivió ya desde el peregrinar de su vida terrena. Dice Juan Pablo II: “La vida de una monja de clausura, ocupada principalmente en la oración, la ascesis y el progreso ferviente de la vida espiritual...responde a la exigencia, sentida como prioritaria, de ESTAR CON EL SEÑOR...es vivir ofrecida con Jesús por la salvación del mundo”. Una mujer que amó a Dios, pero sobre todo, se dejó amar por él, porque Dios encontró un corazón digno de recibir su amor.

 







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