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Una salvación gratuita
La salvación cristiana es gratuita, es don, es misterio de amor.


Por: P.Fernando Pascual, L.C. | Fuente: Catholic.net



Existe la posibilidad de suponer que la salvación es una conquista personal, algo ganado con méritos, esfuerzos y buenas obras.

Así, uno puede imaginar que su entrada al cielo queda asegurada por haber ido a misa semanalmente, por haber hecho algunas limosnas, por haber rezado a la Virgen y a los santos, por haberse confesado de vez en cuando.

Este modo de pensar, llevado a su extremo, lleva a concebir a Dios como un funcionario que exige y registra números y formularios. Quien cumple, es premiado. Quien no alcanza los requisitos, queda excluido.

En realidad, la salvación cristiana es posible no porque lo hayamos merecido, sino por la simple y cariñosa gratuidad de Dios.

No somos nosotros los que accedemos al cielo por méritos, como quien gana un premio. Es Dios quien nos ha ofrecido, desde un amor misericordioso, la posibilidad de llegar a vivir eternamente con Él.



Ello no implica dejar de lado las obras. A quien mucho se le da, mucho se le pedirá (cf. Lc 12,48). Recibir el Amor de Dios genera amor en uno mismo y permite realizar buenas acciones, sobre todo de entrega a los demás.

San Pablo lo explica en diversos textos. Uno de ellos ofrece una síntesis maravillosa que permite comprender una de las verdades más profundas de nuestra fe católica.

"Pero Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo -por gracia habéis sido salvados- y con Él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús (...) Pues habéis sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no viene de vosotros, sino que es un don de Dios; tampoco viene de las obras, para que nadie se gloríe" (Ef 2,4 9).

La salvación cristiana es gratuita, es don, es misterio de amor. Todos los pecadores podemos dejarnos curar, permitir al Divino Maestro que nos purifique con su misericordia y nos dé una nueva vida.

Entonces se produce el gran milagro de la Redención. Gracias a la Muerte y Resurrección del Hijo hecho Hombre, el Padre, que nos ama desde la eternidad, nos purifica con el Espíritu Santo y nos convierte en hijos suyos.



Es entonces cuando hacemos nuestro el himno de gratitud que san Pablo ofrece en los primeros momentos de su carta a los Efesios:

"Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo; por cuanto nos ha elegido en Él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor; eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia con la que nos agració en el Amado" (Ef 1,3 6).

 





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