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Reflexión del evangelio de la misa del Domingo 6 de mayo 2018

Sumergirse en el amor; VI Domingo de Pascua
Es el primero, principal y único mandamiento. ¿Cómo lo estamos cumpliendo? ¿Nos distinguimos los cristianos por saber amar?


Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato | Fuente: Catholic.net



Lecturas:

Hechos de los Apóstoles 10, 25-26. 34-35, 44-48: “El don del Espíritu también se ha derramado sobre los paganos”.

Salmo 97: “El Señor nos ha mostrado su amor y su lealtad. Aleluya”.

I San Juan 4, 7-10: “Dios es amor”.

San Juan 15, 9-17: “Nadie tiene amor más grande a sus amigos que el que da la vida por ellos”.



 

Vero, esa  joven atada a una silla de ruedas por la poliomielitis infantil, me narra una historia de dolor y abandono, no conoció a sus padres y ha crecido en un orfanatorio. Después ha estudiado y poco a poco va saliendo adelante. Al narrar esta serie de desventuras, lo hace con una sonrisa y no pierde el buen humor. Tiene esperanzas y va buscando trabajos para sentirse realizada, aunque sus dolores a veces se lo impiden. Le pregunté: “¿Cómo le haces para nunca  perder tu sonrisa y estar siempre contenta?”.  Sin perder la sonrisa responde rápidamente: “Es que estoy segura de que Jesús me ama. Lo puedo sentir y es lo que me sostiene”. Y se aleja sonriendo y tratando de ayudar a quienes como ella siguen atadas a una silla pero están liberadas por el amor de Jesús.

El pasaje de la vid, reflexionado el domingo pasado, sigue resonando en mi corazón y hoy Jesús me ofrece más elementos de esta comparación. Cada palabra nos ayuda a confrontar la vida diaria y mostrar nuestro crecimiento espiritual. Pero traigo como clavada en mi mente la expresión de Jesús: “Permanezcan en mí”, que se repite como un estribillo. Mentalmente contemplo las ramas de una vid y me imagino toda la vida y dinamismo que llevan por dentro. Exteriormente parecen impasibles e inmóviles; pero en su interior ¡cuánta vida tienen! Cómo reciben la savia que brota de la raíz, se alimentan de ella y la hacen circular para generar nueva vida. La raíz a su vez también recibe energía desde las ramas y las hojas. Un incesante movimiento desde el tronco hasta la última ramita y viceversa. Y parece que no pasa nada, no hay escándalo, no hay ruido, pero sí una actividad que da mucha vida. Es el ejemplo más bello para el verdadero discípulo de Jesús: recibir su vida, fortalecerse, llenarse de ella y siempre continuar transmitiéndola. Frente a los hermanos se adopta una bella actitud: dar y recibir como lo hacemos de parte Jesús. ¿Cómo es mi permanecer con Jesús? ¿Un estático y cómodo situarme en la Iglesia, en la sociedad y en la comunidad? ¿Recibo y doy vida?

Aunque esta idea ya bastaría para un fuerte compromiso, Jesús amplía mucho más nuestro horizonte y nos lanza en una nueva perspectiva: el amor. Pero, ¿qué es el amor? En días de devaluación de muchas cosas, hay una que sobresale por su gran caída y confusión: el amor. Está tan devaluado que a cualquier cosa se le llama amor, aunque no tenga nada que ver con un verdadero amor: al sexo, al compañerismo, a la atracción, a la necesidad, etc. Jesús nos enseña lo que es el verdadero amor: “dar la vida por sus amigos”. No es solamente el sentirse a gusto, que en un momento pasa; no es la atracción, que puede convertirse en hastío; no es la necesidad de alguien o el miedo a la soledad. Es buscar la felicidad del otro.

Jesús se pone como modelo de amor: “ámense como yo los he amado” y nos ha amado cuando aún no lo conocíamos, cuando vivíamos en pecado; y nos ha amado a pesar de nuestras traiciones e infidelidades. No es el amor condicionado de padres y novios: “Si de veras me quieres, tienes que hacer mi capricho…” o “Si no haces lo que yo digo, ya no te quiero…” No, es amar a la otra persona y buscar su felicidad. Si de verdad amáramos, no se terminarían tantas amistades por un simple enojo; no se dividirían las familias porque los hijos se sienten solos o sus padres no saben cómo acercarse a ellos; no se divorciarían tan fácil las parejas tan sólo porque no es el otro como ellos esperaban. El verdadero amor va mucho más allá y Jesús nos enseña todo el valor que tiene. Es el primero, principal y único mandamiento. ¿Cómo lo estamos cumpliendo? ¿Nos distinguimos los cristianos por saber amar?



Las palabras de Jesús son una fuerte inspiración y presentan no sólo su programa de vida y una motivación para cada uno de nosotros, sino nos explican toda su actividad,  su abajamiento, su cruz y su resurrección: “Como el Padre me ama, así los amo yo”. Nos revelan el secreto y motivo último que ha impulsado y guiado toda su vida. Un gran circuito que comienza con el amor del Padre, que continúa con el mismo Jesús, nos abraza a nosotros con su amor, nos impulsa a amarnos los unos a los otros y nuevamente al  ámbito amoroso  del Padre. Es mandamiento, es cierto, pero mucho más que mandamiento es experiencia de sentirse amado y no poder ahogar dentro de nosotros mismos esa fuerza que inspira y da el mismo Jesús. Muy lejos de los amores egoístas e interesados en que nos movemos ordinariamente los humanos. Debemos sumergirnos en este gran amor, que no crea servidores, que no esclaviza, que libera y da vida.

Dos últimas características de este amor de Jesús: nos lleva a una alegría plena y nos ha elegido gratuitamente. Quizás los cristianos hemos pensado muy poco en la alegría de Jesús, pero es una de las señales de su presencia en nosotros. La alegría es la sonrisa de Dios en nuestras vidas. Es muy triste que se identifique a cristianos con rostros marchitos, personas aburridas y aguafiestas. El cristiano debe tener la mayor alegría en su corazón al reconocerse amado por Jesús. Pero este amor, no es en base a los propios méritos, Jesús nos lo otorga gratuitamente y Él nos ha elegido a nosotros. Somos sus preferidos. Por eso la extensión de ese amor debería nacer espontánea: el amor a los hermanos. Y no el amor color de rosa, sino el amor del compromiso y de la entrega, el amor fiel. Es bellísimo este pasaje y ojalá, más que estudiarlo, en este día lo viviéramos en presencia de Jesús. Lo dialogáramos en íntimo coloquio con Él. Abriéramos nuestro corazón y nos dejáramos amar.

Dios, Padre nuestro, que en Jesús de Nazaret, nuestro hermano, nos has manifestado tu amor, gratuito y universal, concédenos experimentar este gran amor y hacerlo vida a favor de nuestros hermanos. Amén.

 





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