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Administración Cristiana para la Empresa de Hoy



Por: Marlene Yanez | Fuente: Catholic.Net



Retorno de la inversión, margen bruto, utilidad operacional, rentabilidad anual y así podemos continuar nombrando indicadores financieros que nos entregan información fidedigna respecto a una empresa con fines de lucro. En las Universidades e Institutos se enseña que el propósito de la empresa es maximizar su valor de mercado, maximizar las utilidades o incrementar su patrimonio; bajo un enfoque algo más social, la empresa debe crecer para generar recursos, fuentes de empleo y realizar inversiones productivas para la sociedad. Se hace entonces, algo más extensivo el propósito original de la empresa, pues no sólo perseguiría un fin completamente económico.

 

El punto es saber si efectivamente las empresas de hoy en día están comprometidas con un objetivo social y no meramente económico. Surgen conceptos tales como responsabilidad social empresarial (RSE) entendida como aquellas actividades y políticas desarrolladas por la empresa para contribuir a la sociedad: mejorar el entorno social, económico y ambiental. Una empresa socialmente responsable optimiza su posición competitiva y su valor añadido en el mercado. Resulta conveniente, desde un punto de vista rentable y ciertamente es un beneficio para la sociedad. Pero falta algo más, pues “crear riqueza” no es suficiente para dar legitimidad moral a la empresa, de ser así, negocios corruptos también crean riqueza.

 

La Iglesia, como afirmaba Juan Pablo II, “reconoce la positividad del mercado y de la empresa, pero al mismo tiempo indica que éstos han de estar orientados hacia el bien común” (Centesimus Annus, 43). El Papa Francisco insiste en su última encíclica, en que “la actividad empresarial es una noble vocación orientada a producir riqueza y a mejorar el mundo para todos”.



De lo anterior, resultaría compatible administrar empresas bajo enfoques de rentabilidad y sociales, aunque el punto de inflexión podría originarse ante la necesidad de priorizar un objetivo en desmedro del otro. Aquí cobra importancia el discernimiento de Dios en quienes dirigen empresas y la decisión de un cristiano. ¿Debemos reducir personal en tiempos de crisis? ¿Debemos reemplazar las funciones de los trabajadores por la automatización de la producción? ¿Debemos reducir las obras sociales y donaciones por una disminución en los ingresos por ventas? ¿Debemos ampliar las jornadas de trabajo y reducir las horas de descanso para incrementar la producción?

Citamos el concepto del empresario Cristiano: aquel que busca el dirigir su empresa buscando no sólo el beneficio económico, pues se la plantea como “el negocio de Dios”. Mediante la Parábola de los Talentos (Mateo 25:14-30) podemos pensar en un empresario cristiano que Dios ha dotado de cualidades y capacidades específicas para la creación y dirección de empresas, pensando en todo momento en que su fin último es agradar a Dios.

Parece ser algo imposible y poco común, dado que el empresario se estigmatiza como aquella persona ambiciosa, enfocada a la generación de riquezas y búsqueda constante de poder, dinero e incluso algunas veces, transgrediendo principios éticos por obtener más y mejores beneficios. La aclaración que hace el Papa Francisco en la Conferencia Internacional de las Asociaciones de Empresarios Católicos (UNIAPAC) entonces, se muestra como una especie de utopía: “Las Empresas deben existir para Servir, no para ganar dinero”. Y es que todas las actividades humanas, incluida la empresarial, puede ser un ejercicio de la misericordia; el dinero debe servir y no gobernar, aunque implique renunciar a ciertas ganancias económicas.

Una persona que tiene a Dios en su corazón, sea cual sea la actividad que realice, la hará para agradar a Dios y el empresario que se encuentra envuelto en temas de dinero de manera constante, no debe ser la excepción. Jesús lo deja claro: “Nadie puede servir a dos Señores, pues menospreciará a uno y amará al otro, o querrá mucho a uno y despreciará al otro. No se puede servir a la vez a Dios y a las riquezas” (Mateo 6:24).

La empresa, el dinero, el trabajo o lo que sea no puede ser más importante que el Dios Vivo tal como lo expresa el evangelista: “… Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mateo 6:21). Centrar entonces nuestros esfuerzos en Amar a nuestro prójimo y si somos empresarios, considerar nuestra empresa como un instrumento para servir a nuestros hermanos. Enfática es la Madre Teresa de Calcuta al señalar: “El que no vive para servir, no sirve para vivir”.







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