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3. Naturaleza Masculina.
La vocación masculina necesariamente implica una vocación esponsal y paternal.


Por: Pia Hirmas | Fuente: Catholic.net



3. Naturaleza Masculina.

Ahora bien, nuestro estudio nos lleva a descubrir en qué consiste esa particular forma de amor que es propia del hombre en cuanto que varón. Esa forma de amor tiene un expresión corporal que nos da la clave. A nivel fisiológico y psicológico podemos constatar empíricamente que el ser sexuado no es solo un aspecto reproductivo sino constitutivo y un cierto modo de ser.

El cuerpo masculino tiene ciertas características que nos llevan a descubrir su especificidad inalienable. Sabemos que la naturaleza no hace nada en vano. El hombre tiene un cuerpo más grande y musculoso para hacer trabajos físicos más duros, tiene un cerebro que sabe concentrarse mejor en una cosa y ser altamente eficiente sin tener muchas "ventanas" abiertas al mismo tiempo, su lenguaje es menor al de la mujer, su conocimiento y deleite se basa más en el sentido de la vista,  sus hormonas no son complejas ni tienen muchos ciclos hormonales, su salud física tiende a ser más estable y menos cíclica, y sin embargo, muchas de estas características generales podrían ser sólo generalizaciones y con algunas excepciones y podríamos encontrar mujeres con algunas de estas características.

Lo que realmente es la clave que hace que estas generalizaciones tengan un significado específico es que el hombre da la semilla de la vida, no carga la vida como la mujer. Su engendrar y custodiar es extrínseco, por lo tanto podríamos inferir de estas cualidades, que su esponsalidad consiste en proteger con su fuerza corporal, ejercer una cierta proveduría material de manera estable en el tiempo, dar la vida, su manera de vincular no es siempre muy verbal, su manera de entender y trabajar implica enfocarse en algo con toda su energía, poder poner en "pausa" el área emocional con vistas a eficientar el trabajo. El varón tiene una mayor percepción sobre el deber ser, que sobre el ser en sí. Sin embargo, un hombre dejado a solas con estas características, necesariamente se desbalancearía y no encontraría el sentido pleno de estas características. Por eso la vocación masculina necesariamente implica una vocación esponsal y paternal.

Necesita esa contraparte femenina que le requiera el uso del lenguaje, el que ejercite otros sentidos para deleitarse y conocer su entorno de manera integral, para que no se abstraiga de más en lo emocional, para que no se enfoque tanto en algo que pierda la visión integral de las cosas, que si bien le es natural proteger y proveer materialmente, también provea afectivamente y considerando la totalidad del ser del otro. Esa información la da la mujer, la madre.



La mujer, por su "genio" específico, ve al otro en cuanto lo que es, lo que le sucede de forma integral y procura engendrarle no sólo en el cuerpo, sino en él espíritu, esto es en la plenitud del ser. Es el padre quien introduce al hijo en el mundo de la ley, del deber ser para engendrarle en una comunidad más allá del círculo familiar, esto es, en el mundo social y laboral donde el valor no es dado por ser quién eres, sino por lo que mereces según tu capacidad. Dicho de otro modo, le da el acompañamiento al mundo exterior y le enseña a sobrevivir para más adelante custodiar la vida. Así sin la mujer, esta forma de paternidad sería meritocracia, un fariseísmo legal ajeno a la gratuidad del don o la ley de la selva. Igualmente nocivo una expectativa de gratuidad,  que no cumple con las normas propia de ambientes carentes de hombres. Jóvenes incapaces de entrar en el mundo laboral y legal de manera segura y acompañada, muy fácilmente expuestos a grupos vandálicos que les ofrecen seguridad y protección, o eventuales adultos inestables en el trabajo y su consecuente proveduría.

Como vemos el amor masculino ejercido en la esponsalidad y paternidad es una cualidad nata, pero que debe ser aprendida a vivirse y es transmitida de varón a varón, equilibrada y potencializada por la por la presencia femenina. Podemos constatar que muchas habilidades propias de la configuración masculina y femenina se potencian gracias a la convivencia con su opuesto, pero también se adquieren nuevas habilidades que son más naturales para el opuesto.

De tal suerte que la alteridad logra avances imposibles en un ambiente de un solo sexo, al menos en las etapas iniciales del desarrollo esto resulta crucial. La alteridad sexual de la pareja como padres y la multiplicidad de los hijos son parte clave de la plasticidad cerebral, del proceso de identidad por identificación y contraste, la capacidad de alternar, de empatizar, de salir del egocentrismo, etc., a través del juego, de los distintos modelos de enseñanza, de las diferentes expresiones amorosas, de la imitación y valoración de las tareas propias de los padres, etc. Esta riqueza y "elasticidad" será un patrimonio humano a nivel afectivo, emocional y social, que facilitará la convivencia y la alegría y naturalidad de transmitir el don propio y recibir el don propio del otro en cuanto que otro y no buscar asimilarlo a sí mismo.

Una de las experiencias más gratificantes en el apoyo a parejas, es cuando logran entender que no es personal contra ellas, el que su pareja no le de las cosas como ellas lo hubieran dado o querido recibir. Hacerse pareja es un proceso de emparejamiento, que implica siempre un acto consciente y generoso de amar como el otro quiere ser amado y recibir el amor dentro de las posibilidades antropológicas y culturales que el otro puede. Es un proceso humanizados bellísimo, porque implica abrirse a ser más de lo que se es y recibir más allá de las propias expectativas. Esto sólo lo puede hacer un ser espiritual capaz de trascender la gratificación del aquí y del ahora del instinto más propio de los animales, para poder elevarse y hacer un camino en el tiempo y ver con perspectiva un proyecto de vida. Es evidente, por lo tanto, que a mayor espirtualidad mayor habilidad para dar y recibir considerando la alteridad y el proceso humano en el tiempo.

Ya podemos intuir con estos elementos como el amor de pareja o es casto o no es amor. La explicación es simple aunque profunda, ya que el amor casto es ese amor que logra ver con gratitud y veneración el don del otro. Ver un don necesariamente me eleva la mirada al Donante y la respuesta natural de cualquier persona buena es cuidar el don recibido. Por el contrario, el amor concupiscente toma el don con gusto y deleite, pero no es agradecido y se limita a recrearse en la satisfacción que le produce. No da el paso "oblativo" de cuidarlo con ternura y profundo respeto para que siempre mantenga su pureza o esplendor originario.



 





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