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El cambio de los discípulos
El día en que los discípulos recibieron la fuerza de lo alto llevó a su plenitud el cambio en sus corazones.


Por: P.Fernando Pascual, L.C. | Fuente: Catholic.net



No fue suficiente haber estado con Cristo durante tantos meses. Los discípulos habían visto sus milagros, escuchado sus enseñanzas, vislumbrado su grandeza. Pero faltaba algo...

Porque a pesar de los años de convivencia, los discípulos huyeron cuando llegó el momento en el que su Maestro fue arrestado. Le abandonaron, como si todo lo visto y oído no hubiera llegado hasta el fondo de sus corazones.

El cambio en profundidad solo se produjo después de dos acontecimientos decisivos. Uno fue el hecho sorprendente, inesperado, de la Resurrección. Otro fue la llegada, el día de Pentecostés, del Espíritu Santo.

Porque el escándalo de la cruz y la humillación completa de Jesús ante los hombres solo quedó curado cuando la tumba vacía y las apariciones abrieron los ojos ante el triunfo definitivo de la verdadera Pascua.

Cristo vivo, al saludar a los discípulos, desveló un nuevo horizonte, produjo una transformación radical. Pero todavía había que esperar, para que el cambio fuese completo, al segundo acontecimiento: la llegada del Espíritu Santo.



El día en que los discípulos recibieron la fuerza de lo alto llevó a su plenitud el cambio en sus mentes, en sus corazones, y en su modo de vivir.

Los que antes habían huido, ahora empiezan a gritar el Evangelio. Los que buscaban los primeros lugares, han comprendido que solo cuando el grano de trigo muere empieza a dar fruto (cf. Jn 12,24).

Pascua y Pentecostés se convirtieron, desde entonces, en el inicio de algo nuevo. Como también en nuestro tiempo esos dos acontecimientos actúan en cada Sacramento y vivifican toda la existencia de la Iglesia.

En el camino de nuestra fe católica, miramos con esperanza esos dos grandes momentos de nuestra historia. Hoy también Cristo sigue vivo, Señor de la historia y Salvador del mundo. Hoy también el Espíritu Santo actúa en nuestros corazones, nos permite ser hijos y llamar "Abbá" a nuestro Padre Dios (cf. Gal 4,6-7).

 







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