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Las promesas de Dios
Comentario a la Liturgia II domingo de Pascua


Por: Tais Gea | Fuente: Catholic.net



Estamos en el segundo domingo de Pascua. Tiempo de alegría  y gozo por la victoria definitiva del Señor; por su glorificación. Nos acercamos a Dios pidiéndole que nos conceda un poco de luz para comprender su mensaje en la liturgia. En el aleluya hacemos esta petición a Dios. Leámosla ahora, antes de la reflexión, para que el Espíritu Santo nos permita descubrir su amor: “Señor Jesús, haz que comprendamos las escrituras. Enciende nuestro corazón mientras nos hablas”.

Para iniciar nuestra reflexión tomemos la lectura de los hechos de los apóstoles. Se presenta una parte del discurso que dirige Pedro a la comunidad. Inicia con la fórmula: “el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres.” (Hch 3, 13). Al hacer alusión al Dios de los patriarcas, el apóstol, está queriendo que el pueblo traiga a la memoria la promesa que Dios hizo a sus padres y en ellos a todo el pueblo. Recordar, para el pueblo de Israel, es actualizar la promesa de Dios. Es un término litúrgico para designar la acción de Dios en la historia. Con estos elementos, el apóstol, coloca su discurso en la dimensión del cumplimiento de las promesas divinas. La promesa se cumple en la glorificación de Jesús. No solo en su muerte sino, sobre todo, con su resurrección.

Esta lectura nos pone a nosotros también en la perspectiva de las promesas divinas. Dios nos ha prometido una vida de felicidad, un designio de plenitud, nos quiere conducir hacia el cumplimiento de su destino de amor para nuestra vida. Pero la experiencia cotidiana no siempre es de gozo. La cruz, a un a pesar de nuestra fe en la resurrección, nos sigue acompañando. El consuelo lo encontramos en las palabras de Pedro. Él dice a la comunidad que era necesario que el Mesías padeciera. Es así como mereció ser glorificado. Esto da sentido a las etapas o circunstancias difíciles de nuestra vida. A veces hay experiencias que son necesarios. El camino tenía que ser por ahí y a partir de esa experiencia de mal y de dolor, Dios saca un bien. Es decir, Dios nos glorifica.

El camino de los discípulos de Emaus era necesario también. El texto nos relata cómo dejan, tristes, Jerusalén por la desilusión del fracaso de Jesús. Era necesaria esa tristeza, esa decepción, para después, en el camino, encontrar a Jesús quien se acerca para partir el pan y compartirlo con ellos. Gracias a eso, la vida adquiere un sentido. No estamos solos, no vivimos solos, sino que somos acompañados por la presencia resucitada de Jesús que encontramos, sobre todo, en la Eucaristía y en los hermanos. Esta es la promesa de Dios. El Señor no nos prometió quitar las dificultades y eliminar el sufrimiento. Nos prometió estar con nosotros hasta el fin de los tiempos.

Es por eso que Jesús, en manos del evangelista Lucas, nos invita a no temer. Es Él el que acompaña nuestro caminar. Las preguntas presentadas por el evangelista nos interpelan: “¿por qué se espantan? ¿Por qué surgen dudas en su interior?” (Lc 24, 38). Esto es la Pascua. Tiempo en el que permitimos que Dios nos cuestione sobre nuestros miedos y dudas. Nos dice al corazón: “mira mis manos y mis pies” (Lc 24, 39). En el fondo nos hace ver que es una persona, que está, que es cercano. Nos da su mano y sus pies para caminar junto con nosotros.



El gozo Pascual es este. No estamos solos. La promesa de Dios se ha cumplido. Jesus camina y vive entre nosotros si, con fe, reconocemos su presencia glorificada en la Eucaristía y en la comunidad.

Hagamos una oración al Señor pidiéndole que venga a nuestra vida:

“Cristo, Señor resucitado, ven a mi vida. Vacía está sin ti y sin tu presencia. Cumple tu promesa divina y se el compañero de mi alma y de mi caminar. Toma mi mano y condúceme contigo a la gloria del Padre. Amén.”

 

 



sss




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