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Cristo Nuestra Pascua Inmolada
Recuerda y no Olvides: Hoy el Señor Resucito y de la Muerte nos Salvó


Por: Hermano Juan de Dios Castillo Encinas | Fuente: Catholic.Net



Aleluya, aleluya, el Señor Resucito. Es así como la celebración de la Semana Santa nos ha dejado a todos puedo decirlo así cansados o agotados. El recuerdo de las últimas horas de la vida de Jesús nos ha hecho revivir en nuestro interior la injusticia de un mundo que es capaz de matar al autor de la vida, de rechazar al que trae la salvación. No ha sido sólo el recuerdo de unos hechos que sucedieron en un país lejano y hace muchos años. Somos conscientes de la actualidad de ese relato.

 

Hoy en este tiempo que nos toca vivir, se sigue repitiendo cada día la muerte del inocente. En muchos lugares. Lejos de nosotros y también cerca. Por eso, recordar la muerte de Jesús no nos deja indiferentes. Nos toca en lo más hondo de nosotros mismos. Nos sentimos a la vez víctimas y verdugos. Participamos con el pueblo de Jerusalén gritando: “¡Crucifícale!”, y esto lo hacemos incluso con el hermano que sufre, que está solo, con el enfermo, el migrante; pero también lloramos con las mujeres porque sentíamos que con su muerte se nos iba la esperanza, lo mejor que teníamos. 

Pero algo que debemos tener muy presente es que la Semana Santa no termina en el Viernes Santo. Ni siquiera en el silencio apesadumbrado y orante del Sábado Santo. La Vigilia Pascual y el Domingo de Pascua nos traen una buena nueva que nos hace contemplar lo sucedido con otra perspectiva. No es fácil de entender. Tampoco lo fue para los discípulos en aquel momento. El Evangelio lo relata muy bien. Lo primero que experimentaron los apóstoles fue una cierta confusión. Son las palabras de María Magdalena a Pedro y al otro discípulo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.” Algo ha sucedido. Algo tan extraño y sorprendente que no saben ponerle nombre. Prefieren pensar, al principio, en la hipótesis más sencilla: han robado el cuerpo de Jesús. Es necesario acercarse al lugar de los hechos, guardar silencio, dejar que la sorpresa llegue al corazón. Es necesario ver el vacío dejado por su cuerpo en el sepulcro. Sólo entonces la fe ilumina la situación. “Vio y creyó.” Los discípulos no entendieron a la primera lo que había sucedido. Necesitaron tiempo para darse cuenta de que Jesús había resucitado, de que el Padre, el Abbá de quien tantas veces había hablado, en quien había puesto toda su confianza, no le había defraudado. 

Si los hombres habían matado a su mensajero, Dios no se resignaba a perder la partida. Dios se manifestó entonces como lo que es: el Señor de la Vida, el que es más fuerte que la muerte. Dios resucitó a Jesús y así certificó que era ciertamente su hijo, que sus palabras no eran vanas, que su buena nueva era de verdad una promesa de salvación para la humanidad, que la muerte no es el final del camino. Hoy se nos invita a todos a “ver y creer”, a contemplar el sepulcro vacío y el triunfo de Dios sobre la muerte. Hoy se nos abre una gran esperanza: vale la pena luchar por un mundo diferente porque Dios, el Dios de Jesús, está con nosotros. 



 Es por eso querido hermano y hermana que nosotros celebramos con gozo la victoria de Cristo sobre la muerte, y que con esa victoria ha adquirido para nosotros el premio de la vida eterna. No nos quedemos centrados en la cruz, porque Cristo hoy ha vencido la muerte, ha resucitado y como san Pablo nosotros debemos de predicar a un Cristo vivo, a un Cristo que camina con nosotros en este mundo porque hoy lo tenemos en medio de nosotros, recordemos las palabras del Señor: “lo que hiciste al más pequeño, a mí me lo hiciste”

    Recuerda y no olvides: “Hoy el Señor resucito y de la muerte nos salvó”





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