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Comentario de la Liturgia
Domingo de Ramos


Por: Tais Gea | Fuente: Catholic.net




La cuaresma ha llegado a su fin y nos acercamos a la Semana Santa con la celebración del Domingo de Ramos. En la liturgia de hoy se encuentra el relato de la pasión. La Iglesia nos prepara para lo que viviremos junto con Cristo durante toda la semana.

La primera parte de la liturgia es el rito de la bendición de las palmas. Recordamos y actualizamos el momento en que Cristo entra a Jerusalén triunfante como Rey (cf Jn 12, 12-16). Con este relato el evangelista presenta a Jesús como el Rey que esperaba el pueblo de Israel. Un rey que entra con aclamaciones montado en un burro. El pueblo lo reconoce como rey esperado. Ese mismo que más adelante, Pablo, considera que ante Él toda rodilla debe doblarse en el cielo, en la tierra y en los abismos reconociendo públicamente que Jesucristo es el Señor, para Gloria de Dios Padre (cf Fil 2, 11).

Jesús es Rey. ¿Pero qué tipo de realeza y gloria tiene? El texto de Juan del relato de la entrada a Jerusalén indica que los apóstoles no entendieron este gesto del maestro. Pero que cuando Jesús fue glorificado se acordaron de lo que había sido escrito y que Él había cumplido (Jn 12, 16). La glorificación de Jesús manifiesta que Él es el Rey.

Dios le da a Jesús todo el poder y la Gloria por un motivo muy concreto y lo indica Pablo hablando a los Filipenses. Por anonadarse a sí mismo, humillarse aceptando la muerte y una muerte de cruz. El haber asumido nuestra condición de siervos y el haber aceptado padecer nuestro propio destino, la muerte, es lo que le da la glorificación.

Jesús es el Rey que gobierna a su pueblo no con poder ni injusticia. Al contrario, es el Rey que asume la propia condición de los siervos para vivir su misma vida. Quiere sufrir con sus súbditos y así acompañarlos en su caminar. Su proyecto de gobierno es padecer con el que sufre. El profeta Isaías lo ilustra en uno de los cánticos del siervo doliente (cf Is 50, 4-7). El hermoso texto nos dice: «El Señor me ha dado una lengua experta, para que pueda confortar al abatido con Palabras de aliento» (Is 50, 4). El consuelo de Nuestro Rey se hace más convincente al verlo padecer y morir en la cruz. No es una empatía externa lo que tiene el Señor para con nuestros dolores y sufrimientos. Es una compasión entendida como “padecer con”. Padece y vive en su cuerpo lo que nosotros tenemos que sufrir.



La descripción del cántico de Isaías y del salmo 21 nos ilustra los sufrimientos que padeció el Señor. Nadie puede decir que Dios no lo comprende porque todos los dolores y sufrimientos, tanto físicos como espirituales, están contenidos en la cruz que carga el Señor. Golpes, insultos, salivazos, abandono de Dios, burlas, ataques de los enemigos, robo de la dignidad y de las propias vestiduras… Todo esto es lo que vive el Rey en nombre de sus siervos y de sus súbditos.

Eso es lo que recordamos esta Semana Santa. Volvemos a vivir esa entrega de Jesús al cual alabamos y bendecimos por el bien que nos ha alcanzado con su muerte en cruz. Ya nadie puede sentir que el Señor no le ayuda. Simplemente ver la cruz, signo de la compasión de Dios por el hombre, lleva a agradecer a Dios que no nos ha abandonado.

Terminemos con una oración que nos prepara para la Semana Santa:

«Señor, Jesús, Rey Universal. Ante ti me presento como siervo y como súbdito para suplicar tu compasión. Vive conmigo mi sufrimiento y mi dolor y llévalo a la cruz. Que mi Semana Santa sea fuente de consuelo y paz porque tu padeces conmigo todo dolor. Te lo pongo en tus manos. Amén»

 







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