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¿Cristo viene o Cristo está?
La riqueza de los templos cristianos nace de la fe en la eucaristía


Por: Javier Ordovàs | Fuente: Catholic.Net



Todos los cristianos esperamos con asombro la venida de Jesucristo al final de los tiempos anunciada por él mismo. Los católicos esperamos esa llegada pero, sin ansiedad ya que actualmente ya disfrutamos de la presencia real y cercanía de Jesucristo.  ¨Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo» (Mt 28-20). ¨ No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán. (Jn 18-20)

Es llamativo, sin embargo, que en muchos grupos protestantes la idea de ¨Cristo viene¨ o ¨Cristo vendrᨠes como un telón de fondo permanente en su vida y su predicación.

La presencia real de Jesucristo en la eucaristía marca una diferencia abismal en la vida de los primeros cristianos frente a los judíos y actualmente de los cristianos católicos respecto a muchos protestantes.

En el siglo primero de nuestra era, prácticamente todos los pueblos que Jesús visitó tenían su propia sinagoga. Las ciudades grandes tenían varias, y en Jerusalén había muchísimas.

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La sinagoga se equipaba con muy pocos muebles. Uno de los elementos principales era un arca, o cofre, donde se guardaba la posesión más valiosa del pueblo: los rollos de las Sagradas Escrituras. El arca se llevaba a un lugar seguro, pero durante el servicio religioso se colocaba a la vista. Al terminar, se devolvía a su sitio.

Cerca del arca y de cara al auditorio estaban los asientos de los que presidían la sinagoga y de los invitados especiales.  Más al centro de la sala se levantaba una especie de plataforma, que tenía un atril y un asiento para el orador. En tres lados de esta plataforma había gradas para el auditorio.

La explicación del texto sagrado se reservaba a un rabino o algún fiel versado en el conocimiento de la ley mosaica.

Como Jesucristo, los Apóstoles y los primeros cristianos siguieron frecuentando el templo de Jerusalén: a las horas de oración y para predicar (Act 3,1; 5,20-21; 5,4,2; 21,26; 22,17) aunque también se reunían en otros sitios, sobre todo, como es lógico, para el sacrificio eucarístico, generalmente en la mejor habitación de sus mismas casas (que solía ser la sala superior), mientras no dispusieron de lugares más adecuados (Act 1,14; 2,1 ss.; 10,9; 12,12;). Muchos de estos lugares para el culto cristiano aparecen expresamente nombrados en el N. T.: en Jerusalén la casa de María madre de Marcos (Act 12,12), en Éfeso, la escuela de Tiranno (Act 19,9); en Corinto, la casa de Tito (Act 18,7); en Colosas, la de Filemón (Philp 2); en Laodicea, la de Ninfa (Col 4,15); en Roma, la de Aquila y Priscila (Rom 16,3-5; 1 Cor 16,19); en otras ocasiones no se indica el propietario (Act 10,9; 20,7). Lugares que en general quedaban consagrados al culto y se distinguían de las casas ordinarias (cfr. 1 Cor 14,33-35 y 11,17-34), llegándose, conforme crecía el número de los cristianos, a dedicar a ello exclusivamente una casa completa o edificios hechos para este único fin.
Las casas dedicadas exclusivamente al culto-se adaptaron a las necesidades, utilizando sus dos grandes partes bien definidas, atrium y perystilum, para la instrucción de los catecúmenos y el sacrificio eucarístico, respectivamente. Sobre ellas se inspiró la construcción de los primeros templos cristianos,


El culto cristiano  enlaza y continúa en cierto modo con el culto judío en las sinagogas (oración y lectura de la S. E.), pero lo sobrepasa y supera ampliamente, así como al culto del templo de Jerusalén, puesto que el templo cristiano es el lugar del sacrificio eucarístico y de la reserva de la Eucaristía, presencia real, verdadera y sustancial de Cristo en las especies sacramentales.



Con el paso de los siglos, la espiritualidad cristiana se ha ido desarrollando y, paralelamente, la liturgia. Este crecimiento espiritual, se ha ido expresando en las iglesias, recogiendo toda esa riqueza histórica de espiritualidad en la liturgia y el arte cristiano: imágenes de los santos (como distintas maneras de seguir al único modelo, Jesucristo), pintura, escultura, música, arquitectura, poesía, literatura.

Todos estos elementos han ido enriqueciendo los templos cristianos pero, el centro sigue siendo el Altar y el Sagrario, donde nos encontramos con Cristo vivo y presente que nos hace pensar sin temor en el Cristo que vendrá al final de los tiempos.

Esa riqueza espiritual, que los protestantes no poseen, hace que sus templos se asemejan a las sinagogas judías, esperando la venida del Mesías: ellos esperan a ¨Jesucristo que viene¨, ignorando que se quedó entre nosotros.

Sus templos son como salas de conferencia bíblicas, vacíos de 20 siglos de espiritualidad, como las sinagogas.

De la fe en la presencia de Cristo en la Eucaristía nace la belleza y riqueza espiritual y artística de los templos cristianos.    

Para ellos, Cristo resucitó y ascendió al Cielo, de donde regresará al final de los tiempos pero, no lo tienen ahora y siempre cercano en la eucaristía, se han quedado como huérfanos.

 





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