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Guarden mis mandamientos y pónganlos en práctica
¿Cómo podemos hoy, en esta sociedad vivir los mandamientos de Dios?


Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato |




Deuteronomio 4, 1.5-9: “Guarden mis mandamientos y pónganlos en práctica”
Salmo 147: “Demos gloria a nuestro Dios”
San Mateo 5, 17-19: “El que cumpla y enseñe mis mandamientos, será grande en el Reino de los cielos”

 

Hay personas a quienes no nos gustan los mandamientos. Baste que nos manden algo para que se trasforme en engorroso, odioso y molesto. Podríamos hacer los mismos actos pero por gusto y no porque nos los manden. Si además, a esos preceptos no les encontramos razón de ser, es peor. Parecemos adolescentes que en cuanto la mamá o el papá ordenan algo, eso basta para que se haga lo contrario. Sin embargo, nuestra vida está llena de recomendaciones, mandamientos o precauciones que debemos tomar.

Desde el que maneja un vehículo, quien va por la calle, quien no quiere enfermarse, la forma de cuidar o de tomar una medicina… todo tiene sus normas para que puedan ser útil. ¿Por qué nos oponemos tanto a los mandamientos? Quizás porque supuestamente coartan nuestra libertad, pero el verdadero mandamiento no sería para coartar la libertad, sino para hacer un uso correcto de ella, un uso que nos lleve a la vida y también a cuidar y dar vida a los demás. Desde el antiguo testamento se nos presentan los mandamientos para que “puedas vivir” con sabiduría y rectitud. Cuando estos mandamientos se transforman en una carga y no parecen dar vida, sino sólo maniatar y restringir, pierden su sentido. Es lo que pasaba en tiempos de Jesús: los mandamientos habían perdido su espíritu y se convertían en carga. Cristo asegura que no viene a abolir los mandamientos sino a darles nueva vida. Imaginemos por ejemplo el precepto de “no matarás”. Cuando tenemos el enemigo enfrente, cuando sentimos sus agresiones, instintivamente buscaremos hacerlo desaparecer. Viene Jesús y nos enseña el mandamiento del amor. Quien ama no mata, quien ama cuida  la vida de los cercanos y lejanos. Quien ama se preocupa por su prójimo. Pero si además nos asegura que debemos amar hasta los enemigos, lo que no está pidiendo es mucho más: que convirtamos a aquellos que nos odian en objeto de nuestros cuidados y de nuestro amor. Que quitemos de en medio los enemigos, no destruyéndolos, sino convirtiéndolos en amigos. Jesús supo llevar a plenitud el mandamiento que le daba su Padre y lo hizo con alegría y lo vivió a plenitud. ¿Cómo podemos hoy, en esta sociedad vivir los mandamientos de Dios?





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