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Oferta del Día: Pague Hoy y Dios le Bendice Mañana
Ser agradecidos por lo que nos regala Dios y hay que compartirlo con los que nos rodean.


Por: Hermano Juan de Dios Castillo Encinas | Fuente: Catholic.Net



(Jn 2, 13-25)

 

Cuántas veces hemos sido testigos de que muchos de nuestros conocidos, incluso familiares, son tan exagerados que van a misa, solo por cumplir, o porque necesitan algo de Dios, pero jamás lo hacen por tener un encuentro personal con Dios.

 

Es así que a lo largo de la historia siempre ha estado presente en la mente de las personas, de una forma u otra, esa idea de que todo se puede comprar. Y, cómo no, esa idea también ha estado presente en la relación con Dios. A Dios también se le compra. Se supone que él tiene algo que ofrecernos y que nosotros le podemos dar algo a cambio. Todo se queda en un intercambio. Quizá por eso los judíos habían terminado convirtiendo el templo en un mercado como cuenta el Evangelio de Juan. No sólo porque hubiese allí muchos cambistas y puestos donde se vendían las ofrendas para el templo, sino todo lo que tenía que ver con algo que nos una a Dios. Lo peor era la mentalidad de la gente que pensaba que ofrecer aquellas cosas era el precio que había que pagar para obtener el favor de Dios, aplacar su ira u obtener el perdón de los pecados.



Sin duda alguna si Jesús estuviera de nuevo entre nosotros se comportaría muy serio, no quiero decir que no esté, CLARO QUE ESTÁ en medio de nosotros, a lo que me refiero es que nos daría una buena zarandeada para que comprendamos lo que realmente es el Reino de Dios.

Con esto no pretendo decir que no es bueno seguir la ley, pero hay momentos dentro de nuestra Iglesia en la cual le damos más importancia a la ley que a la misericordia, a quedar bien con los demás que agradar a Dios, sobre todo que se busquen los asientos de honor, que se vea que realmente amamos a Dios porque cumplimos al pie de la letra lo que manda la ley de la Iglesia.

 

Cuántas veces hemos sido testigos de ese tipo de personas que se creen dueñas de los templos, que por el simple hecho de DONAR algo ya sienten tener autoridad sobre los demás, o de algunos que trabajan en la Iglesia, que por el simple hecho de TRABAJAR ya mandan, gritan, ofenden y lastiman a los demás, veamos a cuantas secretarias se les sube y se creen las párrocos, cuantos ministros extraordinarios de la comunión creyéndose superior a los de los otros grupos, INCLUSO cuanto SEMINARISTA no se siente más que un fiel, que busca siempre ser el primero, que busca que se le reconozca, que busca ser el centro de atención. El colmo es cuando los SACERDOTES al ejemplo de los buenos escribas y fariseos toman muy en serio ese papel, cuántos sacerdotes con su manera tan déspota, no ha lastimado a mucha gente, buscan sus mejores lugares en los mejores eventos, buscan siempre aparecer en la televisión, en la radio, buscan la fama en lugar de COMPARTIR y VIVIR el mensaje de JESÚS. Dirá una frase de San Ignacio de Loyola, “en todo amar y servir”, desgraciadamente vivimos en un mundo donde todo nos lo queremos servir en charola de plata, es ahí donde puedo decir las mismas palabras del Señor: “Han hecho la casa de mi Padre una cueva de ladrones” y me atrevo añadir, no solo de ladrones, sino también de lobos que en lugar de acercar aleja más incluso hasta se llega a correr al hermano o hermana.

 



No cabe duda de que el ser humano tiene la capacidad de engrandecer las pequeñas cosas, pero también de trivializar las más sagradas. La ley que tenía como origen el acercamiento de los hombres a Dios y de las personas entre sí, puede convertirse, por el mal uso, en una barrera que nos separa primero de Dios y también de los hermanos. Y nadie estamos exentos de caer en esta tentación.

 

Recuérdalo y nunca lo olvides: Jesús nos alerta para evitar tres grandes tentaciones, individuales y como Iglesia: olvidarnos de la misericordia en nuestra vida cotidiana, querer ser más que los demás y convertir la religión en una pesada carga, es por eso que, en este tiempo de Cuaresma, Dios se nos manifiesta como el que nos libera de todas las esclavitudes. Hasta de la muerte, que es la última de las esclavitudes. Así lo experimentaremos cuando celebremos la resurrección de Jesús en los días ya no lejanos de la Pascua. Y eso lo hace Dios por pura gracia, por puro amor nuestro. No hay precio que pagar, no hay condiciones previas. No tenemos que venir a la Iglesia como si fuera parte del precio de nuestra salvación. Dios nos ama porque sí. Y basta.

 

Por eso querido hermano y hermana en nosotros está el ser agradecidos por lo que nos regala y compartirlo con los que nos rodean. En nosotros está el amarle como él nos ama. En nosotros está el reconocer como Padre al que tanto nos ama, que el Padre Celestial derrame sobre nosotros su Espíritu Santo para que no busquemos a Dios solo cuando exista ofertas, solo cuando nos salga más barato, sino que lo busquemos siempre como la primera opción, que el Señor nos conceda su paz y la vida eterna.

 

Con cariño en Cristo y María

Juan de Dios Castillo Encinas





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