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Sálvanos, Señor, tú que eres misericordioso
¿Cómo explicar la gravedad de nuestros pecados?


Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato |



Daniel 3, 25. 34-43: “Acepta, Señor, nuestro corazón adolorido y nuestro espíritu humillado”
Salmo 24: “Sálvanos, Señor, tú que eres misericordioso”
San Mateo 18, 21-35: “Si no perdonan de corazón a su hermano, tampoco el Padre celestial los perdonará a ustedes”

 

Quizás nos parezca exagerada esta parábola, pero solamente así podremos entender la gravedad de las ofensas al Señor, la obstinación de nosotros al exigir a nuestros deudores y la incongruencia ante lo que ofrecemos y ante lo que exigimos. ¿Cómo explicar la gravedad de nuestros pecados?

Muchos millones es poco decir. Las consecuencias son muy claras: se implica a la propia persona, a la familia, a la casa, a los hijos… todo queda perjudicado por nuestro pecado… y todo queda salvado por pura misericordia de Dios. El contraste con la pequeña deuda que no es capaz de perdonar, también parece exagerado, pero si miramos nuestros actos cotidianos comprenderemos muy bien lo que esta parábola nos enseña. ¿No es verdad que llevamos muchos años de resentimiento con determinada persona porque un día no nos saludo o nos hizo un desaire? ¿No es cierto que le vamos guardando una a una todas las ofensas que nos ha hecho la pareja o el compañero? Somos muy complacientes con lo que nosotros ofendemos y hasta nos disculpamos, pero somos intolerantes ante las ofensas y errores de los demás. Perdonar exige grandeza de corazón, pero perdonar también engrandece el corazón y proporciona una gran paz. Muchas veces he pensando cómo podríamos romper la cadena de violencia que tanto afecta a nuestra sociedad… si no somos capaces de perdonar, si no reconocemos en el otro a un hermano, si no pedimos perdón a Dios… ¡Todo será inútil!. Pedir perdón y perdonar serían los dos ejes sobre los que se construye la comunidad. Reconocerse pecador delante de Dios, saberse pequeño e insignificante y vivir agradecido por su gran misericordia, es el inicio para también nosotros ser capaces de perdonar.

¿Hay alguien que te haya ofendido? ¿Su ofensa la consideras como lo más grave del mundo? ¿Qué pensará Dios de esa ofensa? Demos gracias a Dios por su perdón y pidamos nos conceda un corazón generoso capaz de perdonar. Entonces encontraremos verdadera paz.







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