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¿Cuáles son los planes de Dios y cómo descubrirlos?

Comentario de la Liturgia
II Domingo de Cuaresma


Por: Tais Gea | Fuente: Catholic.net




La segunda semana de cuaresma nos encamina a la reflexión sobre los planes de Dios en nuestras vidas. Dios es un Dios misterioso. Queremos entender cómo es, cómo piensa, cómo decide o cuáles son sus planes. Pero nos damos cuenta que por más que buscamos vamos descubriendo solo poco del ser de Dios. Pero eso poco que descubrimos nos atrae hasta hacernos adherirnos a Él por la belleza que nos hace percibir.

La primera lectura de este segundo domingo de cuaresma nos puede ayudar para reflexionar en esta idea. La pregunta es: ¿Cuáles son los planes de Dios y cómo descubrirlos? Vamos a tomarnos de la mano del gran padre de la fe, Abraham, para aprender de él y del modo en que Dios se quiere manifestar a nosotros.

Lo primero que vemos en el texto es una llamada. «Abraham, Abraham». Dios llama por nombre a Abraham, es decir, no se comunica con él con distancia o generalidad sino que al contrario. Entabla con él un diálogo cercano y particular. Se quiere comunicar con él y hacerle ver sus planes. La respuesta de Abraham es la esperada: «Aquí estoy». Es la pronta respuesta del Israelita fiel a la voz de su Señor quien es su amo. Así nos llama también el Señor a nosotros, por nombre. Quiere comunicarse, quiere manifestarse, se quiere revelar. Y espera de nosotros una respuesta.

Lo segundo es la petición. Dios le dice a Abraham que tome a su hijo único, el hijo de la promesa, y que lo ofrezca en sacrificio. Los mandatos del Señor son realmente misteriosos en esta escena de la vida del patriarca. ¿Cómo puede Dios pedirle lo que él mismo le había dado como prueba de su fidelidad? ¿Cómo entender este mensaje de Dios? Y lo cierto es que no se entiende. Hay veces en la vida que Dios permite ciertas pruebas, circunstancias, complicaciones, sufrimientos… que no podemos entender. Siempre hay que dejar claro que Dios no manda estos sufrimientos o dolores pero si los permite.

Y ¿qué hacer en estas circunstancias tan adversas y extrañas? ¿Cómo responderle a Dios cuando no comprendemos qué es lo que esta permitiendo en nuestras vidas o en las de nuestros seres queridos? Hay que seguir el ejemplo de Abraham. Él dejó que la vida continuara su curso. Que las circunstancias que el Señor permitía se dieran. Caminó, nos dice el texto, hasta llegar al lugar al que Dios había señalado. En nuestro interior tenemos certezas de hacia dónde nos va llevando el Señor. Y aunque no lo comprendamos sabemos que a esa dirección tenemos que caminar. Y recorremos el camino ciertos de que el Señor está con nosotros.



La sorpresa llega cuando el ángel interviene en la escena. Abraham está dispuesto a sacrificar a su hijo y entonces se acerca una presencia celestial. Los ángeles remiten también a la divinidad. Es la presencia del Dios invisible que se acerca al hombre para darle un mensaje. Y eso hace también el Señor en nuestra vida. Cuando pensamos que nada tiene solución, cuando sentimos que nos vamos a ahogar en el océano de preocupaciones, cuando vemos que no hay salida... es cuando interviene Dios. Quizá no lo hace con la presencia de un ángel pero si al permitir ciertas circunstancias que cambian el rumbo y dan un nuevo horizonte a aquella situación que parecía no poderse resolver.

¿Cuál es el fruto de esta experiencia? El primero es el temor del Señor. Para la mentalidad hebrea, el temor del Señor es el principio de la sabiduría. Es un cierto asombro por la acción de Dios en la propia vida. Es descubrir a un ser superior que esta llevando los hilos de la historia y que teje nuestra propia historia con amor. Y entonces el hombre le teme. Es un amable respeto al buen Dios que se nos manifiesta superior y capaz de vencer ante toda adversidad.

Y el otro fruto es que Dios resuelve, de maneras a veces inesperadas, las situaciones. Abraham levanta los ojos y ve un carnero. No tiene que sacrificar a su hijo, hay un carnero preparado para el sacrificio. En nuestra vida también. Tenemos que aprender a levantar los ojos, como dice el texto, y ver la acción de Dios. Es un camino de sabiduría para descubrir la huella de Dios en esta adversidad. Él, por amor, pondrá una solución a aquello que creemos que no va a poderse resolver.

La cuaresma es pues este tiempo de esperanza. La penitencia y el sacrificio nos llevan a darnos cuenta que no todo depende de nosotros, que somos frágiles y limitados. Y por lo tanto nos invita a levantar los ojos y suplicar que la acción de Dios se realice en nuestras vidas. Que intervenga, a su modo, pero que intervenga.

Pidamos esto al Señor:



«Dios Padre, que nos has llamado por nombre, te pedimos que nos permitas ver con tus ojos. Queremos esperar en ti y fiarnos de que toda circunstancia adversa puede tener un sentido si aprendemos a abandonarnos en ti. Que esta cuaresma sea este tiempo de espera en ti quien nos envías a tu Hijo como salvador y redentor. Amén.»

 





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