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A un corazón contrito, Señor, no lo desprecias
¿Nosotros seremos capaces de tomarnos en serio el mensaje en esta cuaresma?


Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato |



San Pedro Damián
Jonás 3, 1-10: “Los habitantes de Nínive se arrepintieron de su mala conducta”
Salmo 50: “A un corazón contrito, Señor, no lo desprecias”
San Lucas 11, 29-32: “A la gente de este tiempo no se le dará otra señal que la del profeta Jonás”

 

 

¿Cuál es la señal del profeta Jonás? Si recordamos un poco, ese pequeño librito contiene, más que una historia que pueda comprobarse, muchos signos y enseñanzas que fortalecían la fe del pueblo de Israel. Jonás, el protagonista, se encuentra de pronto enviado a una misión que no quiere cumplir. Se embarca para el rumbo contrario y suceden aquellos muy citados acontecimientos del gran pez que lo come y lo arroja a los tres días. Entonces sí, Jonás se ve obligado a ir a predicar conversión. Y cuando Nínive se convierte, Jonás se siente defraudado porque no ha llegado el castigo y él puede quedar en ridículo.

El pueblo se arrepiente ante la  predicación de un hombre que no se toma muy en serio su mensaje y que no es capaz de comprender la misericordia divina. En cambio ante aquellas gentes quien predica es el mismo Jesús, acreditado por sus palabras y por sus obras, y su mensaje anuncia una misericordia de Dios su Padre que no nos habríamos atrevido a soñar. Los ninivitas creyeron y se arrepintieron. En cambio los hombres de “esta generación perversa”, no son capaces de comprender todo el mensaje y no se arriesgan a una conversión.



¿Cómo Nínive se convierte en una señal? Por su prontitud para la conversión, por su radicalidad para dejar las malas obras, porque todos se ponen en actitud de penitencia y porque a cada uno se le exige que se arrepienta de su mala vida. ¿Nosotros seremos capaces de tomarnos en serio el mensaje en esta cuaresma? ¿También nosotros nos podremos en una actitud de penitencia y arrepentimiento? ¿Reconoceremos nuestras faltas y pediremos perdón? Quizás nosotros estemos más cerca de las posturas incrédulas y orgullosas de la generación de Jesús, que del bello ejemplo que la literatura hebrea nos proporciona.

Y detrás de este bello ejemplo, quizás entrevelada pero como una esperanza, se deja ver la gran señal del cristiano: La resurrección del Señor. Nuestra conversión tiene un sentido: morir al pecado para participar con Jesús de su nueva vida. Nuestra conversión tiene el sentido de creer en el Evangelio y participar de la vida de Jesús.

 





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