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Vamos a imitarle
Seguir su Camino que es el único que conduce a la vida eterna.


Por: María Luisa Martínez Robles | Fuente: Catholic.Net



Reflexionamos

Actores, futbolistas, cantantes, famosos en general son ahora el modelo a seguir. Copian sus atuendos, sus modales, sus tendencias. Les siguen en la prensa, en televisión en las redes sociales. Se interesan por sus actuaciones y logros. No son perfectos pero lo aparentan. Llenan estadios, informativos y aparecen en internet a diario.

Hoy no vamos a ocuparnos de ellos. No perderemos el tiempo. Lo ganaremos observando a alguien que perdura a través de los siglos. No está sujeto a modas ni corrientes ideológicas.

Es un modelo de paz, justicia, tolerancia e inteligencia, además de otras muchas virtudes.

Jesús nació en un pesebre cuando podía nacer en un palacio.



Obedeció y amó  a sus padres, permaneció y ayudó en su casa, con su familia.

Creían que era rey, no entendieron que no necesitaba oropeles.

Perdonó a los que le ofendieron.

No juzgó a nadie por sus acciones.

Acogió y ayudó a los más débiles.



Nos enseñó con su ejemplo como debíamos portarnos.

Sufrió adversidades por la incomprensión de los demás.

Murió para darnos ejemplo de amor, fortaleza y fidelidad.

¿ Algún  líder ha hecho algo parecido? Olvidemos a los que solo quieren la fama, el placer y el dinero.

Vamos a imitarle, seguir su camino que es el único que conduce a la vida eterna.


Actuamos.

Leeré el Evangelio todos los días y pensaré su mensaje. Trataré de ponerlo en práctica.

 

Del Santo Evangelio

Juan14, 1-12

Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí".  Si ustedes me conocen a mí, conocen también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto".

 

Una bonita historia para pensar.

 

Texto original de María Luisa Martínez Robles.

 

El helado

 

Paseaba por la calle con mi abuelo, era una calurosa tarde de agosto. Estábamos de vacaciones en la playa y nos gustaba caminar  por el paseo. Mi abuelo me iba contando que,  cuando era pequeño, los niños no tenían tantos juguetes, ni  iban  de vacaciones. No vio el mar hasta los diez años. En verano jugaban en la calle, con otros niños de su edad hacían campeonatos de canicas o de chapas. Me cuenta que lo pasaban bien, no necesitaban tablet ni  ordenador. Inventaban todo tipo de juegos en los que la imaginación era protagonista.

Paseando vimos un puesto de helados. Me contó que él solo comía helados en ocasiones especiales o  de premio  cuando se había portado muy bien.

A mí todo eso me extraña pues en mi frigorífico mamá siempre tiene helados de todas clases.

Me preguntó si quería uno. Me encantan los helados y me dio unas monedas. Cuando iba a elegir mi preferido vi que unos niños le daban los céntimos que le sobraban, después de comprarse el helado, a un mendigo que pedía limosna.

Yo me compré mi helado preferido cogí el dinero que me sobraba y se lo di a mi abuelo.

El me miró extrañado pues sabía que yo era generoso. Empecé a quitar el envoltorio del helado y al pasar sé lo di al mendigo. Sabía que si no era así él jamás iba a comprarse un helado. Metí la mano en el bolsillo del pantalón y saqué una moneda de dos euros que siempre llevaba conmigo y se la di también.

Se le saltaban las lágrimas de la emoción, me preguntó como me llamaba:

  • Pedro.

  • Gracias Pedro, hacia mucho tiempo que no comía un helado. Gracias también por el dinero, eres muy generoso. Otras personas me han dado lo que les sobraba y tú me has dado también el helado.

  • Claro si solamente damos lo que nos sobra, no tiene mérito. A mi me gusta compartir las cosas que me gustan, así disfruto más.

El abuelo me miró y me dijo:

Estoy muy orgulloso de ti, el cariño es lo único que cuanto más lo repartes más crece. Lo has entendido muy bien, sigue así y nunca te faltará lo realmente importante.

 





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