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Comentario de la Liturgia
I Domingo de Cuaresma


Por: Tais Gea | Fuente: Catholic.net




Iniciamos de lleno el tiempo de la cuaresma. La Iglesia nos invita con las palabras de Cristo a la conversión: «Se ha cumplido el tiempo el Reino de Dios ya está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio» Mc 1, 15. Así inicia también el Evangelio de Marcos. Nos prepara haciéndonos entender que todos los relatos que están por venir son efecto de la presencia del Reino en el mundo; la presencia de Cristo.

La primera lectura nos habla de una de las páginas de la escritura más difíciles de comprender. Dios había castigado a su pueblo. Había mandado el diluvio que inundando los campos había traído consigo muerte. La lluvia signo de vida se convertía en aguas que inundaban la tierra y por lo tanto signo de muerte. ¿Cómo Dios castigó de esa manera? ¿No es un Dios bueno?

En nuestra vida la experiencia del dolor y del sufrimiento puede parecernos también castigo. Pero no nos podemos quedar en la primera parte del relato. De hecho la liturgia da por supuesto el texto anterior e inicia hablando del momento de la intervención divina que es salvadora y liberadora. El autor centra su mirada en la alianza que confirma Yahvé con Noe y en él con toda la descendencia. Podemos decir que el Señor cambia de parecer y decide conducir a la vida al pueblo que por su propia conducta se estaba ahogando en su pecado.

Sale a relucir uno de los atributos más hermosos de nuestro Padre Dios: la misericordia. El comportamiento del pueblo había hecho que su vida fuera conducida a la muerte. Las aguas, el mar, para la mentalidad hebrea es muchas veces relacionado con la muerte. Sin embargo, el Señor ha decidido firmemente no dejar que las aguas del diluvio destruyan la vida (cf Gn 9, 15). Ha confirmado su alianza con la imagen del arcoíris. Una imagen elocuente. El arcoíris aparece cuando termina de llover y sale el sol. Se encuentra como puente entre el diluvio y el fin del mismo. Entre la experiencia de muerte y la vida.

Así es también en nuestra vida. Las elecciones que nos llevan a la muerte no tienen la última palabra. Hemos sido llamados a la conversión, al arrepentimiento, a salir del camino que conduce a la muerte para ir a la vida. Pedro nos da la clave para comprender cómo se da el inicio de este camino de nueva vida: a través del bautismo. «Aquella agua (diluvio) era figura del bautismo, que ahora los salva a ustedes» (1Pe 3, 21). En el bautismo fuimos lavados con el agua del Espíritu para recibir una vida nueva en Cristo.



La cuaresma es ocasión para renovar esta gracia bautismal. Nos preparamos para celebrar la gran vigilia pascual en la que hacemos una renovación de nuestras promesas del bautismo. Dejamos que las aguas que ahora traen vida nos empapen.

Para llegar preparados la Iglesia nos invita a vivir la experiencia de Jesús del desierto. Antes de iniciar su ministerio Marcos indica que Jesús pasó 40 días en el desierto. En el desierto el hombre es llevado a su límite. Es un lugar hostil, árido, solitario, extremoso. Eso es la cuaresma. Es tiempo de silencio, de sacrificio, de penitencia, de conversión pero todo para llegar a la vida que se nos presenta delante. El Reino de Dios llega con la victoria de Cristo en la cruz. Preparémonos para recibir de Dios esta vida y renovar así nuestra alianza con Él.

Hagamos esta oración:

«Padre de bondad, hemos abandonado el camino del bien y nos hemos dirigido por sendas de muerte. No te olvides de tu misericordia y acepta nuestros deseos de convertirnos y regresar a la vida. Renueva en nosotros las gracias bautismales que nos han dado la nueva vida de los hijos. Acepta nuestro desierto voluntario y prepara nuestra alma para el encuentro contigo que has vencido la muerte. Amén»

 







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