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3 tips para vivir mejor este 14 de febrero
Sí, ya llegó… Ya llegó ese día que todos estábamos esperando...


Por: H. Luis Eduardo Rodríguez Alger LC. | Fuente: http://lcblog.catholic.net



“Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tenéis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará. Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará.” (Mt 6,1-6.16-18 / Miércoles de Ceniza)

 

Sí, ya llegó… Ya llegó ese día que todos estábamos esperando. Ese día en que muchísimas personas buscan hacer un gesto único y significativo. Ese día que nos recuerda que los sacrificios valen la pena cuando se hacen con amor… Pero no… no hablo del día de san Valentín, de los enamorados, del amor y la amista… como lo quieran llamar: 14 de febrero. Hoy hablamos del miércoles de ceniza.

Todos lo veíamos venir, aunque este año nos agarró medio de sorpresa. Muchísimas personas acuden a misa para que se les imponga la ceniza y podan así dar testimonio de su fe… aunque no sé cuántas de ellas lo hagan de corazón y cuántas sólo por cumplir con el protocolo social. Y espero que todos nosotros recordemos que, si vamos a empezar un período de penitencia y purificación, es para unirnos a Cristo que “me amó y se entregó por mí” (Gal 2,20).

La iglesia nos invita a vivir este período con oración, limosna y ayuno. ¿Qué tal si le damos un giro diferente a la típica manera en que vivimos estos elementos?



Sacar unos minutos en la mañana y otros tantos en la tarde y durante el día para dirigir el espíritu a Dios suele conocerse como “oración”. Con frecuencia nos quejamos de no tener tiempo para orar. Pero la oración no es cuestión de tiempo, sino de amor. Yo puedo unirme a Dios al inicio de la jornada y ofrecerle todo mi día, como un mazo de flores para la persona amada. Así, me uno a él en cada actividad a lo largo de mi día y todo se convierte en incienso agradable que sube al cielo para darle gloria a mi Creador y Salvador.

Todos los domingos sacamos la billetera y dejamos unos billetitos de limosna en la canasta. Dar dinero es bueno… pero no es lo que más se necesita ni lo que más vale ni lo que más se agradece. El dinero que entrego lo puedo volver a ganar… Mi tiempo, en cambio, pasa y jamás regresa. ¡Cuánto cuesta dar tiempo! Quizá por eso el tiempo vale más que el dinero, más que el oro… y se agradece infinitamente más.

Para muchos: “ayunar = no comer”. Pero el ayuno no es sólo de comida… sino de cualquier cosa a la que yo pueda renunciar: quejas, críticas, compras, videojuegos, apps… A veces, el ayuno me ayuda a vencer un defecto; a veces, a conquistar una virtud, renunciando incluso a cosas buenas en favor de otras mejores… Todo, ofrecido con amor, se convierte en gracia.

Tenemos delante 40 días de cuaresma en los que podemos seguir el consejo del Papa Francisco: Que estos días nos sirvan para identificar esos falsos profetas que buscan alejarnos de Dios. Que podamos descubrir qué cosas están enfriando nuestro corazón al apagar el fuego de la caridad en nuestro interior. Y que, a través de la oración, la limosna y el ayuno, nos unamos a Cristo en su Pasión, para llegar con él a la Vigilia Pascual y poder volver a encender el amor que arde en nosotros con el fuego nuevo de su Resurrección.







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