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Comentario de la Liturgia
VI domingo del Tiempo Ordinario


Por: Tais Gea | Fuente: Catholic.net



La liturgia de este domingo sigue siendo parte del tiempo ordinario. Sin embargo, la temática que abordan las lecturas nos ayuda para prepararnos para el miércoles de ceniza, inicio de la Cuaresma.

A primera vista las lecturas nos arrojan luz sobre la enfermedad de la lepra. Como bien sabemos en la mentalidad hebrea la enfermedad física está ligada a la situación moral de la persona. Es algo que el Señor Jesús en discusión. La doctrina del Maestro es contraria a la mentalidad de su época para mostrar que  la enfermedad no tiene como causa el pecado personal sino más bien la condición limitada del ser humano.

Ahora bien, aunque la lepra no tiene como causa el pecado podemos utilizarlo de manera análoga para considerar nuestra condición de lepra interior y prepararnos así para el inicio de la Cuaresma. Pero hay que mirar nuestra lepra con los ojos de Dios. Unos ojos de misericordia. Utilicemos la liturgia para ver el proceso que lleva el Señor con nosotros para purificarnos y hacernos cada vez más como Él.

Lo primero que vemos en la escena de la curación del leproso es el reconocimiento por parte del mismo de su propia condición limitada. Quizá es una de las experiencias más necesarias pero a la vez más difíciles de la vida humana. Aceptarse como uno es. Aceptar sus grandezas y aceptar sus limitaciones. Y tener la sencillez de reconocerlo con humildad y si el caso lo requiere pedir ayuda o pedir perdón. El leproso muestra esta actitud con un gesto de súplica: se arrodilla frente a Jesús.

En este inicio de la Cuaresma nosotros también estamos llamados a hacer este proceso que hizo el leproso. Toquemos nuestra debilidad para sentirnos necesitados de curación y de misericordia. Podemos utilizar las palabras del salmo para dirigirnos con sencillez al Señor:  “ante ti, Señor, reconozco mi culpa, no oculto mi pecado. Te confieso Señor mi gran delito y tú me perdonas” (cf Sal 32, 5).



Habiendo reconocido la culpa y habiendo pedido curación entonces el Señor Jesús interviene. Hay muchos relatos de milagros en los Evangelios. Pero la curación del leproso nos muestra un elemento hermoso de lo que es la curación interior de nuestro corazón.

En este caso Jesús no se limita a curar con las palabras sino que inicia a curar con la compasión. El texto dice que el Señor “se compadeció de él”. Cuando Cristo ve las llagas del leproso, en lugar de apartarlo y marcarlo como impuro como lo hacían los sacerdotes, se compadece. Eso mismo hace el Señor al ver la lepra de nuestro corazón. Muchos pueden alejarnos, apartarnos, marcarnos como pecadores e impuros. Pero Jesús no actúa de esa manera. Su corazón es sobre todo misericordioso. Él sabe las razones y los motivos por lo que actuamos así. Él conoce nuestro pasado y nuestros condicionamientos. Por eso nos abre paso al perdón a través del arrepentimiento. Sabe que nuestro mal es debilidad y que a los primeros que nos hace daño es a nosotros. Y se compadece. Esta compasión ya empieza a curar al alma herida por su caída.

Lo segundo que dice es que el Señor extendió su mano y tocó al leproso. Otro gesto hermoso de la misericordia. Toca las llagas dolorosas del leproso y lo cura. Jesús toca también las llagas dolorosas de nuestro corazón con  su amor y nos cura. No es un milagro a distancia sino que es un milagro en relación. Dios, en relación con nosotros, nos cura. Porque en el fondo lo que nos saca de nuestra condición de fragilidad es sabernos amados con incondicionalidad. Así como somos Dios nos ama. No pide nada de nosotros solo nos quiere amar. El evangelista pone en boca de Jesús: “¡Si quiero: Sana!”(Mc 1, 41) Porque el Señor nos quiere y nos quiere ver bien quedamos sanados.

Esto nos hace tener en el corazón una inmensa alegría. Nos unimos a las palabras del salmista diciendo: “Alégrense con el Señor y regocíjense… los de corazón sincero” (cf Sal 32, 11) porque Dios nos ha traído la salvación. Nuestra lepra, curada por Jesús, es ocasión para que el Padre sea más glorificado. Todo es para su Gloria como dice Pablo. Incluso el pecado y el pecador arrepentido glorifica a Dios.

Terminemos con una oración:



Señor Jesús venimos ante ti aceptando nuestra propia lepra. Nos ponemos de rodillas para suplicarte y mendigar misericordia. Queremos ser imitadores tuyos. Purifícanos, libéranos de nuestros pecados y sana nuestras heridas. Si tú quieres, Jesús, puedes curarnos. Confiamos en que quieres por lo que te entregamos nuestra lepra para ser limpiados por tu misericordia. Amén.

 

 





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