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Por tu pueblo, Señor, acuérdate de mí
El pan compartido hermana a todos y podemos juntos sentarnos a la mesa del Reino.


Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato |



San Jerónimo Emiliano. Santa Josefina Bakhita.
I Reyes 11, 4-13: “Porque has sido infiel a mi alianza, te voy a arrebatar el reino. Pero, por consideración a David, le dejaré a tu hijo una tribu”
Salmo 105: “Por tu pueblo, Señor, acuérdate de mí”
San Marcos 7, 24-30: “Los perritos, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños”

 

Éste es un pasaje que todavía actualmente nos produce muchos conflictos interiores. Nos desconcierta el actuar de Jesús. Por una parte se lanza abiertamente a nuevos horizontes y desafía a sus coterráneos al ir más allá de las fronteras.

Se ha puesto en riesgo porque se encuentra en tierra de paganos, pero parecería que está como de incógnito y preferiría que nadie se diera cuenta. Cuando es descubierto por una mujer siro fenicia parece arrepentirse de haber ido más allá de las fronteras y pretende negarse a la curación de aquella niña. La insistencia de una madre rompe las barreras.

El hambre y el dolor de un pueblo pueden construir nuevos mundos posibles.  Y aquella mujer rompe el dicho popular que pretendiendo dar prioridad a la familia negaba el alimento no sólo a los perritos, sino a todos los extranjeros que no eran tenidos como familia. Y no es que Jesús pretenda que haya personas que vivan “debajo de la mesa”, a escondidas o como si fueran hijos de Dios de segunda clase. Las palabras de aquella mujer nos descubren que es nueva sabiduría del hombre que es consciente que el pan alcanza para todos y que Dios no tiene acepción de personas.



Difícil sería para la primera comunidad romper esos esquemas y abrir el corazón y el alimento a aquellos que no podían mirar como hermanos. Jesús, con la ayuda, la palabra y la fe de aquella mujer, nos enseña que no hay hermanos que valgan menos, que su misión se abre a todo el universo y para todas las personas. Difícil es ahora para nosotros sentarnos a la mesa reunidos como hermanos. Discriminamos a los hermanos, les negamos los derechos y los pretendemos dejar debajo de la mesa, esperando las sobras. Jesús rescata y dignifica.

La fe de una extranjera se convierte en ejemplo para los que se creían poseedores exclusivos de Dios y añade un lugar en la mesa para los discriminados, para los olvidados, para los extranjeros. El pan compartido hermana a todos y podemos juntos sentarnos a la mesa del Reino.

 

 







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