Menu


Ante el Dolor que me Toca Vivir



Por: P. Dennis Doren, LC | Fuente: Catholic.Net



¿Por qué sufrimos? ¿Para qué sufrimos? ¿Tiene algún significado que las personas sufran? El dolor es un misterio muchas veces inescrutable para la razón, forma parte del misterio de la persona humana que sólo se esclarece en Jesucristo.

La respuesta a estas preguntas es una llamada: "Sígueme, ven, toma parte con tu sufrimiento en esta obra de la salvación del mundo, que se realiza a través de mi sufrimiento, por medio de mi Cruz". Por ello, ante el enigma del dolor, los cristianos podemos decir un decidido "hágase, Señor, tu Voluntad" y repetir con Jesús: “Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; sin embargo, no se haga como yo quiero sino como quieres Tú” (Juan Pablo II, enero 1999, visita  a enfermos en México).

  LA CRUZ QUE DA LA VIDA:

«En la Cruz se encuentran la miseria del hombre y la misericordia de Dios. Adorar esta misericordia sin límites, es para el hombre el único camino para abrirse al misterio que revela la Cruz. La Cruz está plantada en la tierra y parecería hundir sus raíces en la maldad humana, pero se proyecta hacia lo alto, apuntando hacia el cielo, señalando hacia la bondad de Dios. Por medio de la Cruz de Cristo, el maligno ha sido vencido; la muerte ha sido derrotada; se nos ha transmitido la Vida; se nos ha restituido la Esperanza; se nos ha comunicado la Luz». (Juan Pablo II en Bratislava, Eslovaquia)

Todos los hombres sufrimos. Dicen por ahí que existen dos tipos de personas: las que han sufrido y las que van a sufrir. Antes o después, el dolor acaba apareciendo en nuestra vida, sea en forma de hacha afilada que nos destroza por dentro de un solo golpe, o por medio de las mil heridas del cada día más ordinario.



 CRISTO FUE EL PRIMERO EN LLEVAR Y DAR SENTIDO AL SUFRIMIENTO:

Dios, en sus designios inescrutables, eligió el camino del sufrimiento, de la Cruz, para redimirnos del pecado. La figura del Crucificado no es ante todo una invitación a la resignación o el ofrecimiento de un consuelo fácil; desde esa perspectiva, el sufrimiento adquiere otros perfiles y otras profundidades de humanidad. A la luz del Dios Crucificado, adquiere mayor densidad el recuerdo de las bienaventuranzas, bienaventurados los perseguidos, los que sufren, los que lloran; así se hace más fácil la unión personal con la experiencia del mismo Jesús que nos invita a dirigir nuestra mirada hacia la Resurrección.

Se hizo hombre, muriendo en la Cruz, nos redimió. La Cruz es el precio de nuestro rescate por el pecado. Aquí encontramos el valor salvífico de la Cruz y del sufrimiento. Cristo en la Cruz dio al sufrimiento humano, unido a Él, un valor salvífico, redentor; por lo que, todo sufrimiento humano, unido al de Cristo es fuente de salvación, de redención. Podemos y debemos aprovechar nuestro sufrimiento y convertirlo en fuente de frutos de redención.

Cristo dio al sufrimiento humano un sentido. Sólo Él. Nadie ha dado sentido al dolor humano; éste, solo se comprende y se explica desde la Cruz de Cristo. "Para el que ama a Dios, todo contribuye al bien" (Rom 8, 28).

El sufrimiento del inocente sólo se entiende desde Cristo, el Cordero inocente, llevado al matadero. Él fue inocente: "Pasó haciendo el bien". El valor redentor de la Cruz de Cristo, se justifica por el amor: "Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo único" (Jn 3,16). Es el amor lo que movió a Dios a morir en la Cruz. Cristo siguió el camino de la Cruz por amor a Dios y a los hombres: "Padre, si es posible, pase de mí este cáliz; pero no se haga como yo quiero, sino como quieres Tú". Fue un acto de obediencia y amor. Mi sufrimiento, mi Cruz tienen sentido, si están unidos al sufrimiento y la Cruz de Cristo por amor.



En el sufrimiento y la Cruz, unidos al amor: "Sufro, pero con amor"  (Juan XXIII) , está la diferencia. Todos los hombres sufren, tienen su Cruz; para los que no aman a Dios, no les sirve de nada; para los que le aman, se convierte en frutos de salvación.  Cristo sufre por nosotros, carga sobre sí el sufrimiento de todos y lo redime. Cristo sufre con nosotros, dándonos la posibilidad de compartir con Él nuestros sufrimientos. Unido al de Cristo, el sufrimiento humano se convierte en medio de salvación.

 Terminemos estas reflexiones con este poema a Cristo Crucificado, de Fray Miguel de Guevara, de forma que cada uno en su corazón lo pueda decir con convicción y amor.

            No me mueve, mi Dios, para quererte,

            el cielo que me tienes prometido,

            ni me mueve el infierno tan temido,

            para dejar por ello de ofenderte.

            Tú me mueves, Señor, muéveme el verte,

            clavado en esa cruz y escarnecido;

            muéveme ver tu cuerpo tan herido,

            muévanme tus afrentas y tu muerte.

            Muéveme, el fin tu amor y en tal manera,

            que aunque no hubiera cielo, yo te amara,

            y aunque no hubiera infierno te temiera.

            No me tienes que dar porque te quiera,

            porque aunque cuanto espero no esperara;

            lo mismo que te quiero te quisiera.

 





Compartir en Google+




Reportar anuncio inapropiado |

Another one window

Hello!