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¿Cómo argumentar de mi fe y no morir en el intento?
Piensa en la forma de predicar de Cristo


Por: Pablo Vidal García | Fuente: Catholic.net



¿Alguna vez te has encontrado a alguien que te hace pensar "si le dijera tal o cual, seguro que lo convenzo de la existencia de Dios"? En mi experiencia, cuando esa oportunidad se presenta, ni el mejor argumento funciona, la gente parece no escuchar y a veces hasta podemos quedar como unos locos con lo que decimos. Entonces, ¿cómo hacer para argumentar sobre nuestra fe y no morir en el intento?

Te explico el problema con un ejemplo sencillo. Imagina que tienes un garaje muy grande, lleno de cosas apiladas y te piden que saques de ahí la aspiradora para limpiar tu casa. Si la tienes guardada cerca de la puerta, a la mano, sin muchas cosas en frente va a ser fácil sacarla y ponerte a limpiar. Pero si está hasta el fondo del garaje, atrás de un montón de cosas, seguro que prefieres buscar otra opción antes de vaciar todo para alcanzar la aspiradora. Lo mismo nos pasa con nuestras ideas y convicciones. Imagina que te encuentras con alguien que cree que la capital de México es Monterrey, cuando le expliques que no es así, que la capital es la Ciudad de México, probablemente lo tomará bien y cambiará la idea que tenía, porque este eso es algo bastante intrascendente, no tiene que cambiar su forma de ser ni de pensar para aceptar que la Ciudad de México es la capital del país, digamos que esta idea era como la aspiradora en el primer caso, estaba a la mano y era fácil de sacar. Ahora piensa que te encuentras con un amigo que no cree en la existencia de Dios y decides explicarle las 5 vías de Santo Tomás de Aquino para conocer la existencia de Dios. Te aseguro que puedes presentárselas de la mejor manera posible, pero seguramente tu amigo no va a creer instantáneamente en la existencia de Dios, porque su forma de pensar está muy arraigada, su aspiradora está al fondo del garaje y tiene que mover muchas ideas, convicciones e incluso hasta su manera de vivir antes de poder aceptar la existencia de Dios.

Claro que, si este es el panorama, entonces parece que nuestros esfuerzos por evangelizar argumentando sobre nuestra fe parecen inútiles... Pero no lo son. Solamente hay que saber presentarlos en la forma y el momento adecuados. Si tomamos en cuenta que como decíamos, es muy difícil convencer a alguien de cambiar una convicción profunda presentándole un argumento de golpe, entonces hay que cambiar la estrategia. Piensa en la forma de predicar de Cristo, Él no vino a predicar un solo día, nos reveló todo sobre el Padre y se fue. Por el contrario, pasó tres años tratando de explicar a quienes le seguían cómo debían vivir, pero a veces parecía que ni así comprendían lo que quería decirles. Sin embargo, había dos características en su forma de enseñar que eran las que más llegaban a las personas, Cristo era cercano y amaba a cada uno de ellos y predicaba también con su ejemplo. Parecería que poco a poco, Él iba vaciando el garaje de quienes le escuchaban, para que finalmente pudieran sacar esa aspiradora que tenían en el fondo.

De igual forma, si nosotros queremos dar argumentos convincentes, que puedan cambiar la vida de las personas, no solamente necesitamos conocerlos, sino seguir el ejemplo de Cristo para expresarlos. Lo primero que hay que hacer es interesarse por quien nos está escuchando. Es difícil que podamos cambiar la forma de pensar de alguien que conocemos en la fila del supermercado y que nunca más volveremos a ver. Pero cuando se trata de un familiar, un amigo o un conocido, podemos ir creando una relación más personal y cercana, podemos buscar amarlo cada día más e interesarnos verdaderamente no solamente en convencerlo de que tenemos razón, sino en ayudarlo a acercarse a Dios, interesarnos no en demostrar que estamos bien y él está mal, sino en que pueda convertirse y conocer el amor de Dios.

Y para esto, hay que ir vaciando el garaje poco a poco, ayudándole a ir cambiando esas pequeñas ideas que están antes de las convicciones profundas. El otro punto importante es predicar con el ejemplo, si demostramos con nuestra vida diaria, que lo que pensamos es lo mismo que hacemos, o al menos lo que intentamos hacer, nuestras palabras tendrán mayor impacto en aquellos que son cercanos a nosotros. Seguramente tú mismo lo has experimentado, quienes más cambian nuestra vida son las personas cercanas, que se nota que nos aman profundamente y que demuestran ese amor con sus obras.



Así que la próxima vez que te encuentres a alguien y pienses " si le dijera tal o cual, seguro que lo convenzo de la existencia de Dios", recuerda que no es trabajo de un día, sino que implica un arduo trabajo de dar un buen testimonio acompañando tus ideas y que es importante tener un profundo amor y un interés verdadero en su conversión. Pero no desesperes si la gente parece no escucharte y nunca te olvides que lo más importante en estos casos siempre será la oración, pues Dios conoce los corazones mejor que nadie y sabe cuál es el mejor momento para la conversión de cada persona.





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