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Reflexión del evangelio de la misa del Domingo 4 de febrero 2018

V Domingo Ordinario; Descubriendo el rostro de Jesús
Jesús no quiere quedarse encerrado, quiere compartir nuestras vidas y hacerse parte de nuestra historia.


Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato | Fuente: Catholic.net



Lecturas:

Job 7, 1-4. 6-7: “Se me han asignado noches de dolor”

Salmo 146: “Alabemos al Señor, nuestro Dios”

I Corintios 9, 16-19. 22-23: “¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio!”

San Marcos 1, 29-39: “Curó a muchos enfermos de diversos males”



             

Poco a poco fueron apareciendo los rasgos de las imágenes. Aquella vieja pared del convento, fue despojándose de muchos de sus pegostes y dibujos. Los adornos y cubiertas posteriores fueron cediendo  con mucha dedicación y trabajo. La arquitecta restauradora explicaba como al paso de los siglos, sobre la ruinosa pared del convento se colocaron nuevas capas de pintura, con motivos menos artísticos que los originales, y hasta había sufrido sirviendo de escuela, de corral para las vacas o simplemente permaneciendo en el más completo abandono. Y ahora ahí aparecíanlas imágenes, con una belleza extraordinaria, con un valor incalculable. “Fue todo una hazaña recuperar las imágenes originales y que a pesar del tiempo hayan conservado su belleza. Cada época había añadido un motivo nuevo y sepultado el original. "Gracias a Dios y al esfuerzo de muchas personas y muchos artistas hoy podemos apreciarlas de nuevo” decía la arquitecta.

El evangelio de este domingo nos invita a descubrir en pocas líneas los rasgos fundamentales de la vida de Jesús, nos invita a mirar y a apreciar su rostro. Quizás a nosotros nos pase igual que al viejo convento que al paso de los años hemos ido añadiendo florituras y adornos al rostro de Jesús y  hoy nos cuesta trabajo descubrirlo en su belleza original y, lo más importante, muchos cristianos no hemos tenido un contacto personal y directo con el mismo Jesús. Nos conformamos con estar bautizados, con algunas imágenes que nos han transmitido pero no dejamos que nos impacte la figura y la obra directa de Jesús. San Marcos nos ofrece un día común en la vida de Jesús, para que nosotros nos acerquemos a Él, lo acompañemos, nos dejemos impactar y tengamos un encuentro profundo con Él. Donde está Jesús hay vida, crece la vida y esto lo descubre quien lee y profundiza esta página de Marcos o todo su evangelio.

Comienza diciendo: “fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés”. Es el Cristo que se ha encarnado y que viene a la “casa” de los hombres, que ha puesto su tienda en medio de ellos, que comparte sus esperanzas, sus anhelos y sus dificultades. Algunos lo han querido reducir a imágenes y le piden que se quede solamente en sus templos, que no intervenga en la vida cotidiana, que no se salga de sus nichos, que cuando lo necesitemos, acudiremos a Él y le llevaremos una veladora. Pero Jesús no quiere quedarse encerrado, quiere compartir nuestras vidas y hacerse parte de nuestra historia. Con su presencia y su amor influir en las decisiones de cada día, llenarlas de su amor y de su justicia, darle sentido a nuestra cotidianidad. ¿Lo dejaremos entrar en nuestras casas, en nuestras vidas, sin ocultarle nada, sin ponerle barreras, que pueda participar plenamente como uno de nosotros?

Al llegar Jesús a casa, se encuentra con el dolor y la enfermedad. Allí realiza la primera curación que nos relata Marcos. Da la salud a la suegra de Pedro como signo del Reino de vida que ha venido a anunciar, pero además lo hace en sábado, día de reposo y oración, que la legislación judía había convertido en camisa de fuerza prohibiendo todo tipo de trabajo. Al mismo tiempo que sana, libera. Descubrimos en este pasaje el modo de actuar de Jesús: se acerca, toma de la mano y levanta. Un proceso de salvación. Acercarse y abajarse a la altura del que está tirado; tomar de la mano, un gesto que significa más que muchas palabras; y levantar, que tiene un sentido cristológico muy profundo relacionado con la resurrección. Así es el actuar de Jesús. Después de sanar, la antes enferma se pone a servir. Jesús quiere que el resultado inmediato de su liberación sea la actitud de servicio, madurez y disponibilidad frente a los demás. No ata ni hace dependientes a las personas, les otorga su don y les da, además, la plenitud de libertad para que, como Él, encuentren la verdadera felicidad en el servicio.



San Marcos nos dice que al atardecer se acercaron a Jesús toda clase de personas necesitadas. Nos encontramos este rostro misericordioso de Jesús que cura a los enfermos, acoge a los desvalidos, perdona a los pecadores, sana a los poseídos por espíritus malignos, atento a los males y dolencias de los demás. Nos muestra ese rostro de Jesús que difunde vida y restaura lo que está enfermo. Con su compasión y misericordia, atrae hacia Él la miseria de la humanidad: poseídos, enfermos, paralíticos, ciegos, sordos, marginados, personas que les falta vida. Y Jesús los acoge, los restaura, humaniza, libera y devuelve la alegría y la vida a todos.

Pero la intensa actividad de Jesús tiene un soporte: su relación íntima con su Padre Dios. Por más ocupado que esté, por más urgente que sea la predicación y la atención a los necesitados, por más fuertes que sean las controversias, siempre habrá un momento para darle el primer lugar a su oración y su relación con su Padre Dios. Por eso lo encontramos de madrugada, en la oscuridad,  apartado, haciendo oración y disfrutando del amor del Padre. Soledad y oración sostienen el ministerio de Jesús. Diálogo íntimo, confidencias amorosas constituyen parte esencial de su tarea.

La misión de Jesús es predicar, dar testimonio, anunciar el Evangelio, es decir llevar Buena Nueva. Y anunciarlo a todas las gentes, a todas las naciones, pero sobre todo a los más pobres y necesitados. Su palabra no se puede reducir al pueblo de Israel, rompe las fronteras para construir con todos los hombres la gran familia de Dios. Para San Marcos la palabra de Jesús tiene una vital importancia y su anuncio es imprescindible. Así lo escuchábamos también de San Pablo que dice a los Corintios: “¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio”. Es lo que ha aprendido del Maestro y es lo esencial de todo cristiano.

Hoy contemplamos a Jesucristo, tal como nos lo transmiten los Evangelios, para conocer lo que Él hizo y para discernir lo que nosotros debemos hacer en las actuales circunstancias. En efecto, el discípulo sabe que sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay futuro. Esta es la tarea esencial de la evangelización, que incluye la opción preferencial por los pobres, la promoción humana integral y la auténtica liberación cristiana. El anuncio, respaldado con oración, con palabras y con obras. Al contemplar el tiempo de Jesús tan lleno de sentido, también nosotros debemos reflexionar sobre nuestras actividades, su importancia y su valoración. ¿Qué tiempo y qué lugar les damos a la familia, al trabajo, a la oración, a los amigos, al anuncio del Reino?

 

Señor, que nos otorgas el don valioso de la vida y del tiempo, concédenos valorar cada una de nuestras acciones para que, a semejanza de las de Jesús, vayan encaminadas a mostrar tu amor y a construir tu Reino. Amén.







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