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Algunas claves de la encíclica Lumen fidei (II)
… el que cree en mí no quedará en tinieblas


Por: Mario Ruiz Espejo | Fuente: Catholic.Net



Los primeros discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús

Completamos en esta segunda parte algunas de las claves contenidas en la encíclica Lumen fidei del Papa Francisco (2013).

San Pablo utiliza una fórmula que se ha hecho clásica: fides ex auditu, “la fe nace del mensaje que se escucha” (Rm 10,17). El conocimiento asociado a la palabra es siempre personal: reconoce la voz, la acoge en libertad y la sigue en obediencia… La fe […] es un conocimiento vinculado al transcurrir del tiempo, necesario para que la palabra se pronuncie: es un conocimiento que se aprende solo en un camino de seguimiento (cf. LF, 29).

La escucha de la fe tiene las mismas características que el conocimiento propio del amor: es una escucha personal, que distingue la voz y reconoce la del Buen Pastor (cf. Jn 10,3-5); una escucha que requiere seguimiento, como en el caso de los primeros discípulos, que “oyeron sus palabras y siguieron a Jesús” (Jn 1,37). Por otra parte, la fe está unida también a la visión. A veces, la visión de los signos de Jesús precede a la fe, como en el caso de aquellos judíos que, tras la resurrección de Lázaro, “al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él” (Jn 11,45). Otras veces, la fe lleva a una visión más profunda: “Si crees, verás la gloria de Dios” (Jn 11,40). Al final, creer y ver están entrelazados: “El que cree en mí […] cree en el que me ha enviado. Y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado” (Jn 12,44-45).

La luz de la fe es la de un Rostro en el que se ve al Padre. En efecto, en el cuarto Evangelio, la verdad que percibe la fe es la manifestación del Padre en el Hijo, en su carne y en sus obras terrenas, verdad que se puede definir como la “vida luminosa” de Jesús… La verdad que la fe nos desvela está centrada en el encuentro con Cristo, en la contemplación de la vida, en la percepción de su presencia (cf. LF, 30).



San Agustín, comentando el pasaje de la hemorroísa que toca a Jesús para curarse (cf. Lc 8,45-46), afirma: “Tocar con el corazón, esto es creer” (cf. LF, 31).

Con el deseo de iluminar toda la realidad a partir del amor de Dios manifestado en Jesús, e intentando amar con ese mismo amor, los primeros cristianos encontraron en el mundo griego, en su afán de verdad, un referente adecuado para el diálogo (cf. LF, 32).

Comprender que Dios es la luz dio a su existencia [de San Agustín] una nueva orientación, le permitió reconocer el mal que había cometido y volverse al bien (cf. LF, 33).

La luz del amor, propia de la fe, puede iluminar los interrogantes de nuestro tiempo en cuanto a la verdad… El creyente no es arrogante; al contrario, la verdad le hace humilde, sabiendo que, más que poseerla él, es ella la que le abraza y le posee. En lugar de hacernos intolerantes, la seguridad de la fe nos pone en camino y hace posible el testimonio y el diálogo con todos (cf. LF, 34).

Dios es luminoso, y se deja encontrar por aquellos que lo buscan con sincero corazón…



La confesión cristiana de Jesús como único salvador, sostiene que toda la luz de Dios se ha concentrado en él, en su “vida luminosa”, en la que se desvela el origen y la consumación de la historia (cf. LF, 35).

La fe recta orienta la razón a abrirse a la luz que viene de Dios, para que, guiada por el amor a la verdad, pueda conocer a Dios más profundamente… Así pues, la humildad que se deja “tocar” por Dios forma parte de la teología, reconoce sus límites ante el misterio [un diálogo eterno de comunión] y se lanza a explorar [en la teología], con la disciplina propia de la razón, las insondables riquezas de este misterio (cf. LF, 36).

Quien se ha abierto al amor de Dios, ha escuchado su voz y ha recibido su luz, no puede retener este don para sí… “Pero teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: Creí, por eso hablé, también nosotros creemos y por eso hablamos” (2 Co 4,13)… La fe se transmite, por así decirlo, por contacto, de persona a persona, como una llama enciende otra llama. Los cristianos, en su pobreza, plantan una semilla tan fecunda, que se convierte en un gran árbol que es capaz de llenar el mundo de frutos (cf. LF, 37).

La persona vive siempre en relación. Proviene de otros, pertenece a otros, su vida se ensancha en el encuentro con otros. Incluso el conocimiento de sí, la misma autoconciencia, es relacional y está vinculada a otros que nos han precedido: en primer lugar nuestros padres, que nos han dado la vida y el nombre… Lo mismo sucede con la fe, que lleva a su plenitud el modo humano de comprender… La Iglesia es una Madre que nos enseña a hablar el lenguaje de la fe (cf. LF, 38).

Es imposible creer cada uno por su cuenta… no puede ser una mera confesión que nace del individuo… Esta apertura al “nosotros” eclesial refleja la apertura propia del amor de Dios, que no es solo relación entre el Padre y el Hijo, entre el “yo” y el “tú”, sino que en el Espíritu, es también un “nosotros”, una comunión de personas (cf. LF, 39).

En efecto, la fe necesita un ámbito en el que se pueda testimoniar y comunicar, un ámbito adecuado y proporcionado a lo que se comunica… Este medio son los sacramentos, celebrados en la liturgia de la Iglesia (cf. LF, 40).

La transmisión de la fe se realiza en primer lugar mediante el bautismo… El bautismo nos recuerda así que la fe no es obra de un individuo aislado, no es un acto que el hombre pueda realizar contando solo con sus fuerzas, sino que tiene que ser recibida, entrando en la comunión eclesial que transmite el don de Dios: nadie se bautiza por sí mismo, igual que nadie nace por su cuenta. Hemos sido bautizados (cf. LF, 41).

El catecumenado es camino de preparación para el bautismo, para la transformación de toda la existencia en Cristo (cf. LF, 42).

A los padres corresponde, según la sentencia de san Agustín, no solo engendrar a los hijos, sino también llevarlos a Dios, para que sean regenerados como hijos de Dios por el bautismo y reciban el don de la fe. Junto a la vida, les dan su orientación que será ulteriormente corroborada en el sacramento de la confirmación con el sello del Espíritu Santo (cf. LF, 43).

La naturaleza sacramental de la fe alcanza su máxima expresión en la eucaristía, que es el precioso alimento para la fe, el encuentro con Cristo presente realmente con el acto supremo de amor, el don de sí mismo, que genera vida (cf. LF, 44).

Podemos decir que en el Credo el creyente es invitado a entrar en el misterio que profesa y a dejarse transformar por lo que profesa… Todas las verdades que se creen proclaman el misterio de la vida nueva de la fe como camino de comunión con el Dios vivo (cf. LF, 45).

En esto consiste también el gozo de creer, en la unidad de visión en un solo cuerpo y en un solo espíritu. En este sentido san León Magno decía: “Si la fe no es una, no es fe” (cf. LF, 47).

Dado que la fe es una sola, debe ser confesada en toda su pureza e integridad… En efecto, puesto que la unidad de la fe es unidad de la Iglesia, quitar algo de la fe es quitar algo a la verdad de la comunión (cf. LF, 48).

La fe no solo se presenta como un camino, sino también como una edificación, como la preparación de un lugar en el que el hombre pueda convivir con los demás… No se trata solo de una solidez interior, una convicción firme del creyente; la fe ilumina también las relaciones humanas, porque nace del amor y sigue la dinámica del amor de Dios. El Dios digno que construye para los hombres una ciudad fiable (cf. LF, 50).

La luz de la fe permite valorar la riqueza de las relaciones humanas, su capacidad de mantenerse, de ser fiables, de enriquecer la vida común… Sin un amor fiable, nada podría mantener verdaderamente unidos a los hombres (cf. LF, 51).

El primer ámbito que la fe ilumina en la ciudad de los hombres es la familia (cf. LF, 52).

Por eso, es importante que los padres cultiven prácticas comunes de fe en la familia, que acompañen el crecimiento en la fe de los hijos. Sobre todo los jóvenes, que atraviesan una edad tan compleja, rica e importante para la fe, deben sentir la cercanía y la atención de la familia y de la comunidad eclesial en su camino de crecimiento en la fe (cf. LF, 53).

… hemos comprendido que esta fraternidad, sin referencia a un Padre común como fundamento último, no logra subsistir. Es necesario volver a la verdadera raíz de la fraternidad… El amor inagotable del Padre se nos comunica en Jesús, también mediante la presencia del hermano. La fe nos enseña que cada hombre es una bendición para mí, que la luz del rostro de Dios me ilumina a través del rostro del hermano.

En el centro de la fe bíblica está el amor de Dios, su solicitud concreta por cada persona, su designio de salvación que abraza a la humanidad entera y a toda la creación, y que alcanza su cúspide en la encarnación, muerte y resurrección de Jesucristo (cf. LF, 54).

Si hiciésemos desaparecer la fe en Dios de nuestras ciudades, se debilitaría la confianza entre nosotros, pues quedaríamos unidos solo por el miedo, y la estabilidad estaría comprometida (cf. LF, 55).

Hablar de fe comporta a menudo hablar también de pruebas dolorosas, pero precisamente en ellas san Pablo ve el anuncio más convincente del Evangelio, porque en la debilidad y en el sufrimiento se hace manifiesta y palpable el poder de Dios que supera nuestra debilidad y nuestro sufrimiento… En la hora de la prueba, la fe nos ilumina y, precisamente en medio del sufrimiento y la debilidad, aparece claro que “no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como el Señor” (2 Co 4,5)… Viendo la unión de Cristo con el Padre, incluso en el momento de mayor sufrimiento en la cruz (cf. Mc 15,34), el cristiano aprende a participar en la misma mirada de Cristo (cf. LF, 56).

El sufrimiento nos recuerda que el servicio de la fe al bien común es siempre un servicio de esperanza, que mira adelante, sabiendo que solo en Dios, en el futuro que viene de Jesús resucitado, puede encontrar nuestra sociedad cimientos sólidos y duraderos. En este sentido, la fe va de la mano de la esperanza porque, aunque nuestra morada terrenal se destruye, tenemos una mansión eterna, que Dios ha inaugurado ya en Cristo, en su cuerpo (cf. 2 Co 4,16-5,5)…

En unidad con la fe y la caridad, la esperanza nos proyecta hacia un futuro cierto, que se sitúa en una perspectiva diversa de las propuestas ilusorias de los ídolos del mundo, pero que da un impulso y una fuerza nueva para vivir cada día… El tiempo es siempre superior al espacio (cf. LF, 57).

… Jesús explica el significado de la “tierra buena”: “Son los que escuchan la palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia” (Lc 8,15)…

En la plenitud de los tiempos, la Palabra de Dios fue dirigida a María, y ella la acogió con todo su ser, en su corazón, para que tomase carne en ella y naciese como luz para los hombres… En la Madre de Jesús, la fe ha dado su mejor fruto, y cuando nuestra vida espiritual da fruto, nos llenamos de alegría, que es el signo más evidente de la grandeza de la fe (cf. LF, 58).

Siendo Hijo, Jesús puede traer al mundo un nuevo comienzo y una nueva luz, la plenitud del amor fiel de Dios, que se entrega a los hombres… El movimiento de amor entre el Padre y el Hijo en el Espíritu ha recorrido nuestra historia; Cristo nos atrae a sí para salvarnos (cf. Jn 12,32). En el centro de la fe se encuentra la confesión de Jesús, Hijo de Dios, nacido de mujer, que nos introduce, mediante el don del Espíritu santo, en la filiación adoptiva (cf. Ga 4,4-6), (cf. LF, 59).

 

Referencia

Francisco (29 Junio 2013). Carta encíclica Lumen fidei. Libreria Editrice Vaticana. Roma.

http://w2.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/papa-francesco_20130629_enciclica-lumen-fidei.html

 





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