Menu



Cuando el Perdón entra en tu Vida (2a Parte
Misericordia, Dios mío por tu bondad.


Por: P. Dennis Doren, LC | Fuente: Catholic.Net



El Salmo 50 nos dice: «Misericordia, Dios mío, por tu bondad», es la experiencia del gozo que sólo puede sentir quien es consciente de la gravedad de su maldad y de la grandeza del amor divino. «Quien ha experimentado el amor misericordioso de Dios se convierte en su testigo ardiente, sobre todo para quienes están todavía atrapados en las redes del mal»(Juan Pablo II, audiencia general, 4 diciembre 2002).

    3. Perdonar a Dios

    Si, así como lo lees, perdonar a Dios.

Esta es muchas veces una actitud inconsciente. Cuántas veces experimentamos un cierto rencor hacia Dios por no ser escuchados, atendidos y, en ocasiones, le achacamos una desgracia o una enfermedad, esto automáticamente crea en nuestro interior ese alejamiento o resentimiento, por eso también tenemos que hacer este acto de comprensión y de perdón. ¿Acaso Dios se equivoca? No, en absoluto; pero nosotros percibimos por nuestro orgullo e ignorancia que Dios nos ha fallado en algunas ocasiones. Como experiencia personal, cuántas veces no hemos perdonado a nuestros padres por decisiones o negativas que nos parecían injustas, aunque en el momento no los entendíamos y sentíamos rabia ante un golpe o un regaño, siempre los perdonábamos; así tiene que ser con Dios, con la única diferencia que Dios jamás se equivocará, parece que se equivoca, pero no.

Pensamos que ciertas tragedias e injusticias son una falla de Dios, pero no es así. Es que nuestra mente y percepción espiritual son demasiado estrechas como para comprender la magnitud de algunas cosas. Está claro que en el mundo el desastre lo cometen los seres humanos.



Quizás sentiste, que Dios se olvido de ti, o que llegó tarde, pero en realidad El estuvo contigo dándote fuerzas en tu día malo, por eso no echemos la culpa a Dios. Cambia tu actitud si estás enojado con Dios, porque Él quiere lo mejor y jamás querrá nada malo para ti.

4. El Perdón De Dios

Además de fallarnos entre nosotros mismos, también fallamos muchas veces a Dios. "Todos necesitamos de Dios como el escultor divino que elimina la acumulación de polvo y los residuos que se depositan en la imagen de Dios inscrita en nosotros. Tenemos necesidad del perdón, que es el núcleo de toda verdadera reforma: renueva a la persona en lo más íntimo de su corazón y es el centro de la renovación de la comunidad" (Benedicto XVI, 25 de septiembre de 2010 a los obispos de Brasil, en su visita Ad Limina).

 El es el creador de todo y juez del universo; y Dios, a pesar de ser juez, no se complace en juzgar, sino en perdonar. Dios es amor, no tiene amor… ES AMOR, por eso su naturaleza es perdonar las fallas de sus hijos. No importa lo que hayas hecho, Dios te perdona.     Dios perdona donde hay verdadero arrepentimiento; siempre que te arrepientas, habrá un perdón de Dios asegurado.

Algunos preguntan: ¿Dónde esta Dios que no lo veo? Dios ya se hizo visible en la persona de Jesús, su Hijo, quien vino a perdonar; esa fue su misión al venir a la tierra. Él dijo antes de morir: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34).



Es una dicha muy grande saber que Dios nos perdona cuando se lo pedimos. Dios respondió con perdón ante las fallas de la humanidad: Envío a su Hijo para que seamos perdonados y aceptados. Dios nos quiso amar y envío la solución para nuestros pecados. La solución es Jesús, el Hijo de Dios, quien murió en la agonizante cruz para derramar su sangre inocente; y la  sangre pura e inocente de Cristo es la que nos brinda la limpieza de todos nuestros pecados cuando creemos en Él.

Desde ese perdón, la tarde del Viernes Santo, millones de cristianos han vivido y han muerto con el perdón en los labios. Gracias a su testimonio, este mundo enfermo vive aún y tiene la esperanza de sanar, pero sólo sanará cuando aprendamos a decir con sinceridad, aunque sangre el corazón: «perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden».

Recibe hoy el perdón de Dios. Repite esta oración en voz alta:

Dios mío, te pido perdón por todos mis pecados y acepto el sacrificio de Jesús en la cruz y creo en Él como mi único Salvador. Declaro con mis labios que Jesús es mi Señor.

Padre mío, te pido que me ayudes, me fortalezcas, me des salud y prosperidad.     Bendice a mi familia por completo”.

Gracias por perdonarme y aceptarme a pesar de mis fallas.

Una vez experimentado este renacimiento interior y la verdadera experiencia del perdón nos transformamos en testigos del amor de Dios, ahora solo nos queda perdonar y reconciliarnos. En el Salmo 50 el hombre promete a Dios: enseñaré a los malvados tus caminos, de modo que puedan, como el hijo pródigo, regresar a la casa del Padre. Perdónate, perdona, pide perdón y así te convertirás en testimonio del bien.





Compartir en Google+




Reportar anuncio inapropiado |