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No enseñaba como los escribas...
Su autoridad proviene porque habla desde lo profundo de su corazón de la experiencia que tiene de Dios


Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato |



I Samuel 1, 9-20: “El Señor se acordó de Ana y de su oración, y ella dio a luz a Samuel”

Salmo: I Samuel 2: “Mi corazón se alegra en Dios mi salvador”

San Marcos 1, 21-28: “No enseñaba como los escribas, sino como quien tiene autoridad”

 

“¿Qué quieres tú con nosotros?”. Es la pregunta que hacían los espíritus inmundos al sentir la presencia de Jesús. Quizás también sea la pregunta de muchos de nosotros que esquivamos la presencia de Jesús en nuestras vidas. Son los inicios del Evangelio de San Marcos que estaremos leyendo durante un periodo del año en los días ordinarios.



Necesitamos acercarnos pues a Marcos y juntamente con él ir descubriendo quién es Jesús y qué quiere de nosotros. Lo primero que descubrimos es que su misión es proclamar la palabra: una palabra que lleva paz, que produce asombro y que lo manifiesta como alguien que tiene autoridad. La gente sencilla percibe la gran diferencia que existe entre la enseñanza de Jesús y los maestros de su tiempo. Su autoridad no se la dan los libros, ni la erudición, su autoridad proviene porque habla desde lo profundo de su corazón de la experiencia que tiene de Dios su Padre.  Es cierto que utiliza métodos diferentes y se acerca a las preocupaciones diarias. Es cierto que tiene el lenguaje de los campesinos y de los pescadores. Es cierto que utiliza también palabras que pueden comprender las mujeres que hacen sus labores en casa o en el campo… pero lo que sorprende es el amor y la experiencia de Dios; el sentido que le da a la vida y la imagen que proyecta de su Padre.

Quiere romper todas las ataduras que esclavizan al hombre, quiere expulsar a todos los demonios… Quienes se acercan a Él con el corazón limpio se llenan de alegría. Quienes se acercan a Él con otras pretensiones o con el corazón lleno de ambición o egoísmo, lo perciben como una amenaza. Al iniciar este tiempo que llamamos “ordinario”, preguntémonos también nosotros qué quiere Jesús de mí. No tengamos miedo, Él siempre quiere para nosotros vida nueva. Si hay algo que nos ata, pongámoslo con valentía ante su mirada que Él podrá liberarnos de todos nuestros pecados.

 





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