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Tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel
¿Cuál es la escencia del Cristiano?


Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato |




I San Juan 3, 11-21: “Estamos seguros de haber pasado de la muerte a la vida, porque amamos a nuestros hermanos”
Salmo 99: “Alabemos a Dios, todos los hombres”
San Juan 1, 43-51: “Tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel”

 

Preguntando en una encuesta, de esas que no aparecen en la televisión ni en los periódicos, cuál era el obstáculo más que grande que las personas encuentran para ser felices, la respuesta nos dejó a todos sorprendidos. Mientras los encuestadores esperaban que las dificultades para ser feliz fueran en orden de los bienes, el dinero, la salud, la casa... un gran porcentaje de las respuestas se encaminó por el sendero de las relaciones y la principal dificultad para ser feliz aparecía en el corazón lastimado por una mala relación, con diferentes nombres: deseos de venganza, complejos por malos tratos y violencia, resentimientos, odios, complejos de inferioridad...

Aunque nos resistimos a aceptarlo, muchos de nuestros motivos interiores al actuar están relacionados con nuestra experiencia de vida en el contacto con los demás. La carta de San Juan en el pasaje de este día, propone una serie de afirmaciones que deberían hacernos reflexionar sobre la esencia de la persona y la esencia del cristiano. Entremezcla el amor y el odio como motores de nuestras acciones. Nos recuerda a Caín que motivado por el odio mató a su hermano Abel, y ciertamente en lugar de calmar su corazón, se encontró lleno de más angustia. Este primer pecado es símbolo y señal de todos los pecados que cometemos en contra los hermanos: rompemos la fraternidad por envidia, porque somos diferentes, porque no aceptamos al hermano.

El odio es asesino, el odio es criminal, no solamente para las personas que reciben el mal en agresiones, violencia y ataques, sino para la misma persona que permite que anide en su corazón, pues le causa grave daño. Superar los resentimientos requiere poner el corazón en manos de Jesús y ante sus ojos. Sólo aceptando seguirlo y dejándonos sanar por Él podremos superar esas ataduras que nos esclavizan y que muchas veces provienen de quienes más queremos: la familia, el maestro, el hermano. Heridas que ha causado muchas veces sin pretenderlo, pero que ocasionan graves resentimientos. Cristo nos conoce desde siempre, como a Natanael, si nos dejamos tocar por Él, lograremos sanar nuestro corazón.







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