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Y después de Navidad, ¿qué?
¿Terminará todo en un recuerdo bónito, en una foto cool publicada en el facebook?


Por: Roberto Allison Coronado L.C | Fuente: elblogdelafe.com



Después de tantas experiencias fascinantes, fiestas y banquetes puede surgir un desencanto, un cierto vacío, una perceptible sensación de frustración…

Todo lo bueno en esta vida termina. Felicitaciones, abrazos, regalos, descanso, comidas y fiestas se han sucedido sin cesar exprimiendo hasta el último segundo estos momentos fugaces de alegría y distracción. Pero, -y odio ser tan pesimista- hasta la magia del período navideño tiene su fecha de caducidad. Pronto reanudaremos nuestra vida cotidiana, nos sumergiremos en la voragine gris del ritmo normal de todos los días. Clases, trabajo, comida, dormir, stress, levantarse, clases...

¿Y quá quedará de la Navidad? ¿Terminará todo en un recuerdo bónito, en una foto cool publicada en el facebook? ¿Dónde quedaron tantos abrazos y felicitaciones, cuál es el sentido de tantas palabras bonitas, de miles de propósitos nuevos? ¿Todo se quedará en sentimientos vanos, en una navidad maquillada que, apenas termina, desaparece dejando emerger las arrugas y cicatrices de nuestra vida aburrida?

No me gusta ser negativo, pero creo que este tiempo post-navideño suele ser algo “crisiento”. Después de tantas experiencias fascinantes, fiestas y banquetes puede surgir un desencanto, un cierto vacío, una perceptible sensación de frustración. Se comprueba en las caras de tantos jóvenes, insatisfechos después de días de borracheras y superficialidades, en los ancianos tristes y solitarios, en nuestra sed insaciable de consumismo fácil y bárato (basta ver las enormes filas de las tiendas). Tras la Navidad, volvemos a descubrir que nada material puede llenar el corazón del hombre. La crisis post-navideña nos muestra la sed de infinito.

Este año nuevo es un tiempo para callar un rato, hacer stop en la vida y reflexionar. ¡Y que fácil es descubrir que hemos cometido un error! El creer que cosas externas, materiales y perecederas son la garantía de nuestra felicidad. Importas tanto cuanto tienes. Pero la felicidad, el sentido de nuestra existencia, es algo más interior, más seguro que una felicitación forzada o un abrazo protocolario.



Y es aquí, en esta crisis post-navideña cuando se revela el fiasco de la navidad que nos vende el mundo y el “mass media”. Una navidad de regalos, de campanas, de un Santa Claus gordito, un tiempo azucarado, de confetis, dulces y regalos. Nada de eso llena porque es un fraude.

El sentido último de la Navidad está en el Evangelio ,y es la única respuesta a las preguntas que el hombre moderno hace a gritos a una sociedad que le da gato por liebre:

    ¡Es la encarnación del Hijo de Dios, es la fiesta del amor loco de un Dios que vino a la tierra para salvarnos!

Y es en la gruta de Belén donde se transfigura la existencia humana. Donde descubrimos por experiencia que la vida tiene un sentido, que somos amados infinitamente, así como somos, que somos objeto de un amor incondicional y sincero que no depende de la marca de ropa o de iPhone, ni de los likes que conseguimos. Que no mira el pasado, ni las máscaras. Es, en fin, el amor por el que tanto anhelamos y que nada en este mundo logra sustituir.

Es entonces cuando la vida cotidiana toma su sentido y se descubre el valor extraordinario de lo ordinario, cuando constatamos que la vida tiene en sí misma sentido y que nada puede alienarla. El único que “hace nuevas todas las cosas” (Ap 21,5).



Navidad es la fiesta del sentido de la vida, es la solemnidad de la humanidad, porque Dios nos ha querido y amado tanto que no dudó en volverse uno de nosotros. Esto es lo que proclama en alto el cristianismo, la buena nueva que el hombre espera, plasmado en palabras de C. S. Lewis:

   

“ Creo en el cristianismo como creo que ha salido el sol, no sólo porque lo veo, sino que gracias a él, veo todo lo demás”

 

Cuando sientas, como yo, esta crisis post-navideña, cuando llegue la frustración y el desaliento, te invito a que veas el pesebre, en silencio, meditativamente. Todo el amor de Dios, el sentido último de tu vida la encontrarás en una mano frágil, en un cuerpecito débil y tierno de un niño recién nacido. Ante un niño así, ¿quién puede tener miedo?





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