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El Culto a la Velocidad
Si vale la pena hacer algo, vale la pena hacerlo lentamente.


Por: Sam Guzman | Fuente: Capsulas de Verdad



Si hay algo que nuestra cultura valora, es la velocidad. Comida rápida. Coches rápidos. Internet rápido. Cuanto más rápido y eficiente se pueda hacer cualquier cosa, mejor.

Sin embargo, para tener una auténtica experiencia humana, la velocidad es una de las cosas más destructivas. La rapidez no es la madre de la sabiduría.

Hacer las cosas rápidamente nos hace desvalorizarlas. De nuevo, tal vez nos apresuremos porque ya no valoramos las cosas. No es normal querer apurar algo hermoso o importante, algo que amas. Sólo las cosas sin importancia se hacen al apuro, y eso dice mucho sobre la mentalidad moderna en la que vivimos, desde las conversaciones hasta la preparación de alimentos.

La vida no es una carrera que hay que terminar sino un viaje que hay que saborear. Sin embargo, la mayoría de nosotros estamos demasiado ocupados e inquietos para reconocer realmente la esencia de las cosa. Estamos siempre de aquí para allá, sin detenernos a evaluar por qué hacemos lo que hacemos, y perdiendo mucho en el camino. Además, acumulamos cosas que no llegamos a disfrutar, valorando el proceso de conseguir más de lo que obtenemos. ¿Pero cuál es el punto de tener más si lo apreciamos menos?

La velocidad es el enemigo de la contemplación. Las personas más felices de la tierra son las que logran menos pero experimentan más. Desde la perspectiva popular, tal vez, estas personas están desperdiciando sus vidas y potencial. Podrían estar haciendo mucho más, pues todo el valor de la persona humana se mide ahora por su producción y productividad, por su valor de mercado. Pero los verdaderamente sabios saben que el ser es más importante que el hacer. No somos medidos por lo que podemos producir, sino por lo que somos.



Un ritmo de vida rápido conduce a una experiencia superficial y apaga lo único que debemos a Dios sobre todas las cosas, una alabanza humilde y agradecida. Si vemos la vida como una tarea para ser cumplida o como un obstáculo que hay que superar tan pronto como sea posible, nunca apreciaremos realmente nada. Y si no apreciamos nada, llegaremos al final de nuestros días agotados y amargados, con muy poco que mirar en retrospectiva y sin un corazón agradecido.

Debemos resistir el culto a la velocidad, porque degrada nuestra humanidad. No somos autómatas ni unidades procesadoras. Somos humanos. Somos almas vivientes, polvo de la tierra traído a la vida de manera mística con el aliento divino. Nuestro valor no es medible por las estadísticas de consumo o producción. Somos criaturas hechas para mirar al mundo como niños, con los ojos abiertos de asombro. Somos criaturas hechas para alabar.

Tómate un tiempo y disminuya la velocidad. Invierte en lo que haces, ya sea tu trabajo o un juego, comiendo o rezando. Observa, presta atención y concéntrate. Porque el aprecio es la fuente de la alegría y de la acción de gracias, y el aprecio es fruto de una experiencia paciente y atenta.

Si vale la pena hacer algo, vale la pena hacerlo lentamente.







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