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Bendito el que viene en nombre del Señor
Dios ha pronunciado su palabra con tanto amor que se torna tierno Niño acurrucado entre pañales.


Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato |



San Ambrosio

Isaías 26, 1-6: “El pueblo justo se mantiene fiel al Señor”

Salmo 117: “Bendito el que viene en nombre del Señor”

San Mateo 7, 21. 24-27: “El que cumpla la voluntad de mi Padre entrará en el Reino de los cielos”

 



Cuando escucho estas palabras de Jesús vienen a mi mente las imágenes de personas que parecían llenas de éxito cuando la vida les sonreía, sin embargo, en un momento de su vida, aparecieron los problemas, las enfermedades y los fracasos comerciales, y todo se derrumbó. Aquello que parecía tan sólido, quedó hecho añicos, las seguridades que pretendían tener, eran aparentes y su éxito sólo estribaba en cosas materiales. Jesús, en este día nos presenta opciones muy diversas y propuestas de éxito muy diferentes.

El éxito o el fracaso se encontrarán en la medida en que escuchemos sus palabras, las dejemos penetrar en nuestro corazón y las llevemos a la práctica. Y, atención, no se trata de que hablemos bonito, no se trata de que hagamos bellas predicaciones, ni siquiera que entonemos bellas oraciones. Cristo estriba la verdadera felicidad y el verdadero éxito en la práctica de su palabra. Ya Isaías en la primera lectura hacía una comparación entre la ciudad fuerte, bien cimentada, que confía en el Señor, que busca la justicia; y la otra ciudad que se elevaba orgullosa y altiva, que la reduce al polvo para que la pisen los pies de los humildes.

Es tiempo de adviento y es tiempo de revisión y de conversión. Es tiempo de reconocer en dónde están nuestros cimientos. ¿No es cierto que muchas de nuestras tristezas y desengaños van de la mano con ambiciones terrenas y egoístas? ¿No es cierto que nos preocupamos más del qué dirán que de lo que hay en nuestro interior? En el tiempo del Adviento busquemos espacios para escuchar la palabra de Dios, en el silencio, en el recogimiento. Demos tiempo al diálogo con Dios y escuchemos lo que quiere de nosotros. Y después enderecemos nuestros caminos, hagamos rectas nuestras sendas y esperemos la llegada de Jesús. Este tiempo se presta tanto para el silencio y la reflexión como para las superficialidades y el derroche. Es triste que Navidad pase como un tiempo de parrandas y borracheras, y que no demos tiempo ni espacio para acoger a la Palabra que se hace carne. Dios ha pronunciado su palabra con tanto amor que se torna tierno Niño acurrucado entre pañales. Pero para que esta palabra anide en nuestro corazón necesitamos abrirnos a Ella, acogerla y hacerla vida concreta, tangible y real. Preparemos así nuestra Navidad.

 

 







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