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Si Dios es bueno...
¿Por qué existe el infierno?


Por: Juanca Ibáñez | Fuente: New Fire



Imagina el momento más feliz que has tenido en tu vida. Pudo ser un momento en un paseo, un momento en familia, tal vez cuando caminaste en Search o cuando nació tu hermano menor. Toma ese momento y multiplícalo por un millón. Y por último, extiéndelo para que no dure solo unos segundos, como seguramente duró, sino que dure toda la eternidad. Si eres súper inteligente y cuentas con una gran creatividad, habrás logrado imaginar una levísima parte del Cielo.

Pensar en el Cielo resulta alentador, vivificante, emocionante. Es como si fuera una consecuencia lógica del amor de Dios. Como su amor es tan infinito, necesitó crear un sitio en el que pudiera estar con nosotros, con todos nosotros y a la vez solo contigo, por toda la eternidad.

Sin embargo, pensar en el infierno resulta asustador, escalofriante, espeluznante. Es casi una contradicción, pues si lo piensas bien, después de todo, si Dios nos ama infinitamente ¿cómo es posible que haya creado un lugar tan horrible?
 

A imagen y semejanza”

Fue tal el amor de Dios por nosotros en el momento de crearnos que nos hizo a Su “imagen y semejanza”. Esto, entre otras cosas, – que no serán abordadas en este artículo- quiere decir que el hombre es capaz de conocer y de amar, en su propia libertad, a Dios. En otras palabras, tenemos la libertad para amar o rechazar a Dios sin coacciones, es decir, por decisión propia.



Hasta que no llegue el momento de encontrarnos definitivamente con Dios, podremos elegir entre el bien y el mal. El primero nos ayuda a crecer en perfección y acercarnos a Dios y el segundo nos hace flaquear y pecar, alejándonos de Él.
 

Amar a Dios implica estar con Él

Si piensas durante un momento en alguien que ames profundamente te darás cuenta que añoras estar con esa persona, y que jamás harías algo que le haga daño o que pueda llevar a una pelea entre ustedes.

Con Dios debe funcionar igual. No podemos decir que amamos a Dios si pecamos gravemente contra Él o contra nuestro prójimo. Sería como decir “amo a mi esposa pero le he sido infiel tres veces”. Nuestras acciones son la manifestación de nuestras decisiones. Si decidimos atentar contra Dios y actuamos de esa forma, no podemos decir realmente que lo amamos ¿o sí? Sería como decir: “mi amor, te amo tanto que me he acostado con otras tres mujeres”.

Sin embargo, al igual que en el matrimonio, el amor verdadero es libre.




La muerte congela el alma

Leo Trese, en su libro La Fe Explicada, dice que: “la muerte fija el alma para siempre en el estado en que la encuentra: amando a Dios o rechazándole”. En otras palabras, nuestra vida, ésta que estamos viviendo, es el único tiempo que tenemos para decidir si amaremos o no a Dios por toda la eternidad. Dios no va a faltar a Su palabra. Nuestra libertad  es uno de los regalos más grandes que Dios nos ha dado, y no nos va a cohibir, ni a ti ni a mí, a amarlo forzadamente, a estar con Él cuando hemos decidido no hacerlo.

El infierno no fue pensado ni para ti ni para mí ni para nadie. Dios no predestina a nadie al infierno. Para ir allá es necesario pecar mortalmente y persistir en él hasta el final. Jesús nos dice en Mateo 25:41 que el Infierno no fue pensado para nosotros: “Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.” Y en cambio en Juan 14:2 nos dice que el Cielo sí lo fue: “En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho. Yo voy a prepararos un lugar”.
La misericordia de Dios permite el Infierno

¿Alguna vez te ha pasado que estás tan enojado con una persona que su simple presencia te perturba? ¿Que no soportas su ternura ni sus gestos y palabras dulces porque tu rabia no te lo permite?

Pues bien, Dios sabe que para el Diablo y sus demonios, Su presencia resulta insoportable. Por tal razón ha preparado un lugar donde Él no está. La mayor tortura del Infierno es la ausencia de Dios, el saber que ya nunca podrán estar a Su lado porque así lo decidieron. Y, sin embargo, esta tortura sería mucho peor si Él estuviera presente.


¿Qué es entonces el Infierno?

Lo primero que notarás es que el mundo siempre te está diciendo que el infierno no es real. Pero, ya sabes lo que dice el dicho popular: “el mejor truco que el diablo ha hecho es hacer creer al mundo que no existe”.

El Infierno es el rechazo definitivo de Dios. Es el lugar donde el pecado se vuelve contra el que lo cometió.  El Catecismo de la Iglesia Católica lo define así:

“Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra infierno”.

La condenación de los demonios para toda la eternidad es el sonido de aquél “no” ,libre y contundente, que dieron otras criaturas antes que nosotros. Éste resuena como advertencia y nos impulsa a evitar esa tragedia y vivir nuestra vida según el modelo de Jesús, que siempre dijo “sí” a Dios.
 

Ahora que sé esto, ¿qué puedo hacer?

Lo primero es vivir constantemente cerca a Dios. Nada enternece más a nuestro Padre en el Cielo que un alma que lo busca. No dejes que tus pecados te asusten ni te aparten de Dios, lo más importante es que nuestro corazón anhele estar cerca de su Creador, de esta forma, aún cuando peques, no te irás al infierno pues tu alma querrá estar con Dios.

Ten en cuenta que nunca sabes cuando puede ser tu último día de vida. Si tienes esto presente tratarás de mantener tu alma limpia para que, cuando la inesperada muerte llegue, la encuentre tan limpia como sea posible para encontrarse con Dios.

Ahora que sabes esto, recuerda que el único pecado que Dios no perdona es aquel por el que no le pedimos perdón.

 

 





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