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Amar la Vida
Vamos a aprender a valorar la vida cuando aprendamos a valorar lo que la familia significa.


Por: María Verónica Vernaza | Fuente: Capsulas de Verdad



Para los que seguimos de cerca en las redes sociales el tema sobre la defensa de la vida, hemos visto tratar los argumentos de forma constante y apasionada. No todos los médicos concuerdan sobre cuándo exactamente comienza la vida, y es ahí donde los católicos somos fácilmente confundidos. El asunto no parece sencillo: ¿hay vida en el mismo momento de la fecundación?, ¿hay vida cuando se produce la implantación?, ¿hay vida solo si el feto tiene alguna forma específica?... La Santa Madre Iglesia defiende la vida desde el mismo momento de la concepción.

La pastilla del día después o píldora de emergencia, está siendo entregada en los centros de salud pública a las jóvenes. Mucho se ha dicho sobre si dicha pastilla, cuyo componente principal es el levonorgestrel, tiene efecto anovulatorio o anticonceptivo, y aunque el tema podría tener una alta connotación religiosa, a nivel mundial no es un asunto exclusivo de ciertos círculos de creyentes. Se afirma que la pastilla no tiene ningún efecto secundario físico, pero si uno hace una simple búsqueda por internet, se dará cuenta que los efectos incluyen síntomas como náusea, vómitos, dolor de estómago, desmayos, sensibilidad en las mamas, cansancio, debilidad, dolor de cabeza, cambios menstruales y diarrea.

Si uno desea hacer una búsqueda más profunda, podrá encontrar miles de testimonios de mujeres que afirman sentirse devastadas por una decisión mal tomada. El síndrome post-aborto es tan real que existen muchas fundaciones de ayuda, tanto para las mujeres como para sus parejas que supieron o fueron parte de esta decisión y tampoco pueden superarlo.

Creo que estamos perdiendo un poco la perspectiva de la problemática. Cuando una mujer llega a tomar la decisión de abortar, ya es muy tarde. No solucionamos el tema explicándoles a las jóvenes cómo funciona su cuerpo cuando ingieren una pastilla que es en realidad una bomba hormonal. Comenzamos a salvar su alma cuando les explicamos por qué razón hay que cuidar su cuerpo, templo del Espíritu Santo, como nos lo recuerda san Pablo.

Los publicistas saben perfectamente que es mejor comunicar los atributos buenos del producto/servicio. Si el producto/servicio que yo quiero comercializar es “una vida plena”, seguramente no sería la mejor estrategia decir que el aborto es malo porque mata una vida, ya que estamos recordando un asunto álgido. Por eso pienso que la mejor estrategia de comunicación podría estar encaminada a lo bueno que me ofrece la vida si decido mantenerme casta hasta el matrimonio. El tema se resume en dejar de comunicar que “es malo abortar” y comenzar a comunicar que “es bueno mantenerse casto”.



Por eso, aplaudo más las iniciativas de educar a los jóvenes en el verdadero amor, que las concentraciones masivas providas. No me entiendan mal, estas concentraciones son importantes, porque llaman mucho la atención y son temas de discusión pública, sin contar que en muchas ocasiones son propagadas incluso con la ayuda de medios de comunicación seglar; pero una educación sexual efectiva es la semilla para formar familias comprometidas. Y es ahí donde estamos llamados los católicos (no el estado), a evangelizar a nuestros jóvenes en parroquias, colegios y escuelas.

Por muchos años hemos condeno el sexo y denigrado el acto sexual, pero no entendemos sobre las bondades de fortalecer el espíritu en las virtudes, como la prudencia, que nos ayuda a elegir el bien supremo, y la templanza, que nos ayuda a moderar la atracción de los placeres. ¿Hemos sido educados en estos principios? Muy poco.

¿De qué me sirve explicarle a una mujer que ha cometido un pecado abortando a su hijo, si no llego a comunicarle que el primer pecado fue haber ofrecido su cuerpo? Y aunque parezca un tema fuerte, el hombre tiene la obligación de devolverle a la mujer su dignidad si ella cae en la falta.

El matrimonio es sagrado, por algo Dios lo elevó a sacramento, y el principio del matrimonio de “crecer y multiplicaos” debe permanecer dentro de la familia constituida. Vamos a aprender a valorar la vida cuando aprendamos a valorar lo que la familia significa. No estamos tarde para transmitir estos conocimientos a los más jóvenes. Es nuestro deber y así lo exige la Iglesia. El verdadero éxito está en la educación con valores y principios cristianos, que si no son fomentados en la casa, pueden ser impartidos fuera de ella.







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