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El Espíritu Santo, fuente de comunión
La Confrmación
Catequesis del Papa Juan Pablo II del miércoles 29 de julio de 1998.


Por: SS Juan Pablo II | Fuente: vatican.va






1. Los Hechos de los Apóstoles nos muestran a la primera comunidad cristiana unida por un fuerte vínculo de comunión fraterna: «Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hch 2, 44-45). No cabe duda de que el Espíritu Santo está en el origen de esta manifestación de amor. Su efusión en Pentecostés pone las bases de la nueva Jerusalén, la ciudad construida sobre el amor, completamente opuesta a la vieja Babel.

Según el texto del capítulo 11 del Génesis, los constructores de Babel habían decidido edificar una ciudad con una gran torre, cuya cima llegara hasta el cielo. El autor sagrado ve en ese proyecto un orgullo insensato, que lleva a la división, a la discordia y a la incomunicabilidad.

Por el contrario, en Pentecostés los discípulos de Jesús no quieren escalar orgullosamente el cielo, sino que se abren humildemente al Don que desciende de lo alto. Si en Babel todos hablan la misma lengua, pero terminan por no entenderse, en Pentecostés se hablan lenguas diversas, y, sin embargo, todos se entienden muy bien. Este es un milagro del Espíritu Santo.

2. La operación propia y específica del Espíritu Santo ya en el seno de la santísima Trinidad es la comunión. «Puede decirse que en el Espíritu Santo la vida íntima de Dios uno y trino se hace enteramente don, intercambio del amor recíproco entre las Personas divinas, y que por el Espíritu Santo Dios “existe” como don. El Espíritu Santo es, pues, la expresión personal de esta donación, de este ser-amor» (Dominum et vivificantem, 10). La tercera Persona —leemos en san Agustín— es «la suma caridad que une a ambas Personas» (De Trin. 7, 3, 6). En efecto, el Padre engendra al Hijo, amándolo; el Hijo es engendrado por el Padre, dejándose amar y recibiendo de él la capacidad de amar; el Espíritu Santo es el amor que el Padre da con total gratuidad, y que el Hijo acoge con plena gratitud y lo da nuevamente al Padre.

El Espíritu es también el amor y el don personal que encierra todo don creado: la vida, la gracia y la gloria. El misterio de esta comunión resplandece en la Iglesia, el cuerpo místico de Cristo, animado por el Espíritu Santo. El mismo Espíritu nos hace «uno en Cristo Jesús» (Ga 3, 28), y así nos inserta en la misma unidad que une al Hijo con el Padre. Quedamos admirados ante esta intensa e íntima comunión entre Dios y nosotros.

3. El libro de los Hechos de los Apóstoles presenta algunas situaciones significativas que nos permiten comprender de qué modo el Espíritu ayuda a la Iglesia a vivir concretamente la comunión, permitiéndole superar los problemas que va encontrando.
Cuando algunas personas que no pertenecían al pueblo de Israel entraron por primera vez en la comunidad cristiana, se vivió un momento dramático. La unidad de la Iglesia se puso a prueba. Pero el Espíritu descendió sobre la casa del primer pagano convertido, el centurión Cornelio. Renovó el milagro de Pentecostés y realizó un signo en favor de la unidad entre los judíos y los gentiles (cf. Hch 10-11). Podemos decir que este es el camino directo para edificar la comunión: el Espíritu interviene con toda la fuerza de su gracia y crea una situación nueva, completamente imprevisible.

Pero a menudo el Espíritu Santo actúa sirviéndose de mediaciones humanas. Según la narración de los Hechos de los Apóstoles, así sucedió cuando surgió una discusión dentro de la comunidad de Jerusalén con respecto a la asistencia diaria a las viudas (cf. Hch 6, 1 ss). La unidad se restableció gracias a la intervención de los Apóstoles, que pidieron a la comunidad que eligiera a siete hombres «llenos de Espíritu» (Hch 6, 3; cf. 6, 5), e instituyeron este grupo de siete para servir a las mesas.

También la comunidad de Antioquía, constituida por cristianos provenientes del judaísmo y del paganismo, atravesó un momento crítico. Algunos cristianos judaizantes pretendían que los paganos se hicieran circuncidar y observaran la ley de Moisés. Entonces —escribe san Lucas— «se reunieron los Apóstoles y presbíteros para tratar este asunto» (Hch 15, 6) y, después de «una larga discusión», llegaron a un acuerdo, formulado con la solemne expresión: «Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros...» (Hch 15, 28). Aquí se ve claramente cómo el Espíritu actúa a través de la mediación de los «ministerios» de la Iglesia.

Entre los dos grandes caminos del Espíritu, el directo, de carácter más imprevisible y carismático, y el mediato, de carácter más permanente e institucional, no puede haber oposición real. Ambos provienen del mismo Espíritu. En los casos en que la debilidad humana encuentre motivos de tensión y conflicto, es preciso atenerse al discernimiento de la autoridad, a la que el Espíritu Santo asiste con esta finalidad (cf. 1 Co 14, 37).

4. También es «gracia del Espíritu Santo» (Unitatis redintegratio, 4) la aspiración a la unidad plena de los cristianos. A este propósito, no hay que olvidar nunca que el Espíritu Santo es el primer don común a los cristianos divididos. Como «principio de la unidad de la Iglesia» (ib., 2), nos impulsa a reconstruirla mediante la conversión del corazón, la oración común, el conocimiento recíproco, la formación ecuménica, el diálogo teológico y la cooperación en los diversos ámbitos del servicio social inspirado por la caridad.

Cristo dio su vida para que todos sus discípulos sean uno (cf. Jn 17, 11). La celebración del jubileo del tercer milenio deberá representar una nueva etapa de superación de las divisiones del segundo milenio. Y puesto que la unidad es don del Paráclito, nos consuela recordar que, precisamente sobre la doctrina acerca del Espíritu Santo, se han dado pasos significativos hacia la unidad entre las diferentes Iglesias, sobre todo entre la Iglesia católica y las ortodoxas. En particular, sobre el problema específico del Filioque, que concierne a la relación entre el Espíritu Santo y el Verbo en su procedencia del Padre, se puede afirmar que la diversidad entre los latinos y los orientales no afecta a la identidad de la fe «en la realidad del mismo misterio confesado», sino a su expresión, constituyendo una «legítima complementariedad» que no pone en tela de juicio la comunión en la única fe, sino que más bien puede enriquecerla (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 248; carta apostólica Orientale lumen, 2 de mayo de 1995, n. 5; nota del Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos, Las tradiciones griega y latina con respecto a la procesión del Espíritu Santo: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 12 de enero de 1996, p. 9).

5. Por último, es necesario que en el próximo jubileo crezca la caridad fraterna también dentro de la Iglesia católica. El amor efectivo que debe reinar en toda comunidad, «especialmente hacia nuestros hermanos en la fe» (Ga 6, 10), exige que cada componente eclesial, cada comunidad parroquial y diocesana, y cada grupo, asociación y movimiento, se esfuerce por hacer un serio examen de conciencia que disponga los corazones a acoger la acción unificadora del Espíritu Santo.

Son siempre actuales estas palabras de san Bernardo: «Todos tenemos necesidad unos de otros: el bien espiritual que yo no tengo y no poseo, lo recibo de los demás (...). Y toda nuestra diversidad, que manifiesta la riqueza de los dones de Dios, subsistirá en la única casa del Padre, que tiene muchas moradas. Ahora hay división de gracias; entonces habrá distinción de glorias. La unidad, tanto aquí como allí, consiste en una misma caridad» (Apol. a Guillermo de san Thierry, IV, 8: PL 182, 9033-9034).



 

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