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El turismo afronta el reto del cambio climático
Jornada Mundial del Turismo. 27 de septiembre de 2010


Por: Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes | Fuente: www.vatican.va



La Ciudad del Vaticano se ha convertido en el primer Estado soberano con "emisión cero" de anhídrido carbónico (C02) al plantar, en 2007, un bosque en territorio húngaro, de su propiedad. Este plan, orientado a regenerar la vegetación, constituye un importante compromiso ecológico con nuestro planeta, por parte de la Iglesia Católica en su expresión apical. Un ulterior testimonio que revela el interés de la Santa Sede hacia este problema, es el proyecto de construcción de una planta fotovoltaica con paneles solares que aportará a la Ciudad del Vaticano una cantidad de energía cotidiana equivalente a una significativa cuota con respecto al total de su consumo. Son dos ejemplos concretos que nos invitan a reflexionar sobre el difícil futuro ecológico, con respecto a los cambios climáticos del planeta, al flagelo de la deforestación y el fenómeno del calentamiento del globo.

1. Con respecto a esto, tratando nuestro tema específico, el turismo es uno de los vectores del actual cambio climático, puesto que contribuye al proceso de calentamiento de la tierra (cfr. discurso del Secretario General de la OMT, marzo 2007). De hecho, al considerar que en la actualidad son más de 900 millones (y se prevé que en el 2020 serán 1,6 billones) las personas que emprenden un viaje de turismo al extranjero, desplazándose en avión, por mar y tierra, utilizan carburantes contaminantes, y alojándose en hoteles, con equipos de aire acondicionado, causan emisiones de gases nocivos.

Ciertamente, no es sólo una cuestión que atañe al turismo, puesto que existen numerosas actividades que contaminan, que causan el calentamiento global y un subsiguiente empobrecimiento de la atmósfera, con consecuencias negativas para el clima y el medio ambiente. Podemos afirmar, por tanto, que nos hallamos en una fase precaria y delicada de la historia de la humanidad, es decir, en una encrucijada. Nos encontramos ante los dos caminos proverbiales, el del bien y el del mal, como nos enseña la Biblia (cfr. Dt 30,15; Un 3,14).

Aunque los tratados que rigen en el mundo, en este campo, probablemente fueron inspirados por el texto del Génesis referente a la creación, éste, en realidad, se ha olvidado. Lo demuestran las decisiones tardías, incluso las de los pueblos más desarrollados en el campo de la ecología global, así como la reticencia de aquellos que hesitan en ratificar protocolos internacionales, destinados a la conservación del medio ambiente y a la reducción de las emisiones de anhídrido carbónico.

Si por el contrario escuchásemos la Palabra de Dios en su verdad, belleza y poesía (Gn 1,1-31), el Universo se nos aparecería como un don que deberíamos conservar, un regalo, un "Edén", en donde todo se conjuga en la armonía y la alegría de vivir. La tierra es un jardín, un lugar en el que las criaturas alaban el amor de su Creador, y donde el equilibrio es la norma, en el éxtasis precisamente de un jardín frondoso y lleno de frutos, de árboles y de vida.

Pero allá donde reinaba la belleza, contemplada por el Autor sagrado inspirado, la puerta, en régimen de libertad sin verdad y amor, permanece abierta al horror y al pecado: el desorden ocupa el lugar del equilibrio, la paz es agredida por la violencia, la tortura y la guerra, después de la vegetación exuberante llega la sequía y la catástrofe, allá donde había luz, que se alternaba con las tinieblas para marcar también los tiempos del trabajo y del descanso, se producen excesos, confusión ritmada y caos, allá donde reinaba el diálogo del amor entre hombre y mujer con la paz de los sentidos, han encontrado lugar el pecado, la acusación de Adán a Eva, su esposa, la enemistad, el fratricidio, el diluvio.

El jardín se ha transformado entonces en un desierto, las flores han marchitado, el agua ha engullido y destruido todo lo que ha encontrado en su creciente camino diluvial, mientras tanto se han construido otros obstáculos, las bombas han formado cráteres, la contemplación se ha convertido en usurpación, el diálogo se ha vuelto monólogo de omnipotencia, los hermanos han esclavizado a los hermanos y los pueblos ya no han encontrado el árbol de la vida en el Jardín, porque han probado el fruto del árbol del bien y del mal.

2. ¿Pero cuál es el camino del bien ecológico que debemos emprender para oponernos al cambio climático nefasto, tema de nuestra Jornada de este año? El gran desafío parece ser la superación de un determinado narcisismo insano, luchando contra el egoísmo y observando, con lucidez y honestidad, la tierra que corre peligro de ser destruida. Con ello, ciertamente, no significa que el hombre tiene que dejarse oprimir por la desilusión, es más, significa por el contrario asumir las propias responsabilidades, a nivel individual y colectivo, para recrear la armonía, posible después del pecado original y dejar que el planeta siga su propio ciclo vital, ayudándolo en esto. En concreto significa no contribuir aún más al incremento del calentamiento global, con acciones humanas acordadas o inconscientes, premonitoras de una ruina prematura. El mal se encuentra en las estructuras o en las cosas que aceleran la contaminación, sin escuchar la voz interior del hombre que lo exhorta a tener en cuenta los límites, sin valorar las decisiones que debe tomar en un horizonte de fraternidad y benevolencia misericordiosa hacia las generaciones venideras y el bien común universal, con una perspectiva de futuro, por tanto. Non es justo que los seres humanos provoquen el fin de la tierra y el transcurrir de las generaciones por negligencia o a causa de decisiones egoístas y de un exasperado consumismo, como si los demás y aquellos que vendrán después de nosotros careciesen de valor. En definitiva, existe un egoísmo de cara al futuro que se manifiesta en la ausencia de ponderación y de perspectiva, en la indolencia y en el abandono.

3. Entonces, ¿cuál es el llamamiento que nace aquí, para nosotros, para la pastoral del turismo, inspirados por el tema que nos ha propuesto la Organización Mundial del Turismo y que deseamos aceptar? Es el de cultivar la ética de la responsabilidad, por parte de todos - y para nosotros en particular, por parte de los turistas. Este tipo de ética implica también el respeto por el futuro y por las condiciones ecológicas y climáticas que lo harán realidad.
Asimismo, concretamente, deseamos la contribución de todos, y también, por supuesto la de los turistas, en el ciclo de la tierra en la que vivimos, para que se preste atención a comportamientos y acciones concertadas, que acarreen menos daños posibles al planeta, por encima de cualquier queja, aunque legítima, a cerca del desequilibrio, de los daños y de un posible naufragio.

El turista -a cuyo servicio ofrecemos una pastoral específica- con su actitud puede de hecho contribuir a mantener en vida el planeta y a frenar el incremento gradual de un cambio climático, que nos alarma. Por tanto, es posible elegir, -hay todavía dos caminos ante nosotros- ser un turista contra la tierra o a favor de ella, quizás yendo a pie, prefiriendo hoteles y centros de acogida que estén más en contacto con la naturaleza, llevando menos equipaje, para que los medios de transporte emitan menor cantidad de anhídrido carbónico, eliminando los residuos de forma adecuada, consumiendo alimentos más "ecológicos", plantando árboles para neutralizar los efectos contaminantes de nuestros viajes, prefiriendo los productos de artesanía local a otros caros y venenosos, utilizando materiales reciclables o biodegradables, respetando la legislación local y valorizando la cultura del lugar que estamos visitando.

Hemos sido pertinentes y concretos, osando presentar propuestas ideales y quizás no compartidas por todos, y soluciones adecuadas que acarreen el menor daño posible a la naturaleza, o escuchando la voz de Aquel que llama a la puerta, para animarnos a realizar nuevas formas de hacer turismo, un turismo sostenible.

4. En esta lógica "ecológica" es muy importante regresar al sentido del límite, contra el desarrollo insensato y a toda costa, escapando de la obsesión de poseer y de consumir. El sentido del límite se cultiva también cuando se reconoce la existencia del otro y la transcendencia del Creador con respecto a sus criaturas. Esto se obtiene cuando no se ocupa el lugar de aquel que está a mi lado y se otorgan a los demás los derechos que se reclaman para uno mismo. Esto significa que nos abrimos a la conciencia de la fraternidad en una tierra que es de todos y para todos, hoy y mañana.

Cada ser humano -y más aún el cristiano- debe rendir cuentas del planeta sostenible, de la calidad de vida de nuestra tierra, que durante las próximas generaciones será suya. Todos los turistas, así como toda la comunidad internacional, deberían por tanto respetar y promover una cultura ´verde´ respetuosa con el medio ambiente, caracterizada, especialmente para nosotros los cristianos, por valores éticos, además de morales. El libro del Génesis habla de un inicio en el que Dios puso al hombre como guardián de la tierra, para que fructificara. Nuestros hermanos musulmanes ven en él al "mayordomo" de Dios.

Cuando, después, el hombre se olvida de ser un fiel servidor de Dios y de la tierra, ésta se revela y se convierte en un desierto que amenaza la supervivencia. Por consiguiente, es necesario construir lazos fuertes entre las diferentes generaciones, para que exista un futuro; es necesario desarrollar una austeridad gozosa, escogiendo aquello que no es transitorio ni corruptible; es necesario cultivar la caridad, incluso hacia la tierra, desarmando la lógica de la muerte y fortaleciendo el amor para este querido espacio que nos pertenece a todos, en la memoria del don, en la responsabilidad de cada instante y en el servicio continuo de la fraternidad, incluso para quienes vendrán después de nosotros. De esta forma se desarrollará una cultura del turismo responsable, también con respecto a los cambios climáticos.

Es nuestro deseo, es nuestro auspicio y por él dirigimos nuestra oración en este año de gracia de 2008.



Renato Raffaele Cardenal Martino
Presidente

Arzobispo Agostino Marchetto
Secretario

Vaticano, 18 de junio de 2008

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