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A los 66 años se hace Monja Benedictina
Los Católicos recuerdan el pasado pero sin vivir en el pasado.


Por: P.J. Gines | Fuente: Religión en Libertad



Una cosa es hacerse monja a los 20 o 25 años, casi sin posesiones materiales que dejar, y otra hacerlo a los 66 años, abandonando las seguridades materiales que has adquirido toda la vida, y viejas costumbres, libertades para actuar. Y también creencias del pasado.

Es el caso de Sara Burress, que con 66 años, en 2006, entró en las Hermanas Benedictinas del Monasterio del Sagrado Corazón en Cullman, Alabama (www.shmon.org).

"Fue difícil. Era como un proceso de duelo que atraviesas cuando pierdes algo. Era duro dejar marchar, no solo mi herencia presbiteriana, sino mi estilo de vida; vivir sin tarjeta de crédito ni cuenta bancaria. Asusta que, de repente, no tienes esas cosas para apoyarte", explica al digital Over The Mountain Journal.

Ministra presbiteriana, con título de teología

Sara no solo era de tradición presbiteriana, la rama protestante que tiene presbíteros (pastores) pero no obispos. Era ministra de culto presbiteriana y tenía un título de teología protestante del Seminario Presbiteriano de Atlanta. Más aún, uno de sus antepasados había llegado de Escocia a Carolina del Sur precisamente como misionero para fundar una iglesia presbiteriana.



Ella se crió en una familia presbiteriana devota de un pueblecito del Mississippi: "En cuanto abrían las puertas de la iglesia, allí estábamos", recuerda.

No hubo nunca un momento en su vida en que no sintiese que Dios estaba en ella, presente. Sí hubo algunos momentos en que ella no se ponía ante Dios. Pero siempre supo, dice, que "Dios nunca se rinde con nosotros".

Las comunidades protestantes se rompen sin cesar

Durante años fue ministra presbiteriana, pero al pasar el tiempo le desanimaba ver cómo las comunidades protestantes tendían a romperse y dividirse sin cesar.

"Cada vez me dolían más en el corazón esas divisiones constantes. Había una incapacidad para llegar a acuerdos con el otro, y la iglesia no dejaba de astillarse", recuerda.



Por el contrario, veía que en la Iglesia Católica "intentas lograr que las cosas funcionen, te quedas y luchas. Donde estaba yo, sentía que vivía en una sociedad que no sabía como hacer eso".

Reverenciar el pasado sin vivir en el pasado

Dice que ella buscaba "volver a las raíces de la Iglesia". Empezó a admirar algo que los católicos hacían bien: reverenciar el pasado pero sin vivir en el pasado.

"Si vas al principio de todo, con Jesús dando a San Pedro las Llaves, ves que la Iglesia siempre se está reformando a sí misma. Me gusta que haya firmeza en la enseñanza pero que se entienda que con el tiempo se gana sabiduría", explica.

Eso incluye apreciar la historia, los 2.000 años de tradición católica. "Es un tesoro de espiritualidad, con enseñanzas de los Padres Antiguos y santos que escribieron y vivieron vidas ejemplares. Y también me gusta que los 5 sentidos se implican en el culto", añade.

Es algo que muchos protestantes comentan: en el culto protestante, la gran primacía la tiene el oído, que escucha sermones y canciones. En el culto católico se huele el incienso, uno se arrodilla y se levanta, se tocan imágenes, se encienden velas, se contemplan iconos y estatuas, muchos valoran sentir la comunión en la mano o en la lengua, otros valoran dar la mano en el momento de la paz. Tacto, oído, olfato, gusto y vista se suman para recibir a Dios.

Sara conoció a las benedictinas de Cullman y empezó a acudir a retiros espirituales en su monasterio. Decidió hacerse no solo católica, sino monaje de su orden. Le costó dejar sus costumbres y seguridades materiales. Pero, al menos, sus dos hermanas de carne la apoyaron en su decisión.

La ganancia: el estilo de vida benedictino

Hoy cree que todo lo que ha ganado vale mucho más que lo que dejó atrás.

"Siento que yo era muy adecuada para el estilo de vida de una benedictina", afirma. Su ocupación principal, como benedictina, es: orar, trabajar y estudiar.

En la ciudad de Birmimgham sirve como directora pastoral en la parroquia de San Francisco Javier. Visita a los parroquianos enfermos e impedidos, los que no pueden salir de sus casas.

También acompaña en el duelo a los que han perdido un pariente querido. "Es un ministerio importante estar con la gente en las alegrías y las tristezas", afirma.

Asegura que siempre está ocupada y que nunca se cansa de su trabajo. Dios, dice, siempre está cerca.





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