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El misterio pascual
La Confrmación
Catequesis del Papa Juan Pablo II del miércoles 10 de junio de 1998.


Por: SS Juan Pablo II | Fuente: vatican.va





1. Toda la vida de Cristo se realizó en el Espíritu Santo. San Basilio afirma que el Espíritu «fue su compañero inseparable en todo» (De Spiritu Sancto, 16) y nos brinda esta admirable síntesis de la historia de Cristo: «Venida de Cristo: el Espíritu Santo lo precede. Encarnación: el Espíritu Santo está presente. Realización de milagros, gracias y curaciones: por medio del Espíritu Santo. Expulsión de demonios y encadenamiento del demonio: mediante el Espíritu Santo. Perdón de los pecados y unión con Dios: por el Espíritu Santo. Resurrección de los muertos: por virtud del Espíritu Santo» (ib., 19).

Después de meditar en el bautismo de Jesús y en su misión, realizada con la fuerza del Espíritu, queremos ahora reflexionar sobre la revelación del Espíritu en la «hora» suprema de Jesús, la hora de su muerte y resurrección.

2. La presencia del Espíritu Santo en el momento de la muerte de Jesús se supone ya por el simple hecho de que en la cruz muere en su naturaleza humana el Hijo de Dios. Si «unus de Trinitate passus est» (DS, 401), es decir, «si quien sufrió es una Persona de la Trinidad», en su pasión se halla presente toda la Trinidad y, por consiguiente, también el Padre y el Espíritu Santo.

Ahora bien, debemos preguntarnos: ¿cuál fue precisamente el papel del Espíritu en la hora suprema de Jesús? Sólo se puede responder a esta pregunta si se comprende el misterio de la redención como misterio de amor.

El pecado, que es rebelión de la creatura frente al Creador, había interrumpido el diálogo de amor entre Dios y sus hijos.

Con la encarnación del Hijo unigénito, Dios manifiesta a la humanidad pecadora su amor fiel y apasionado, hasta el punto de hacerse vulnerable en Jesús. El pecado, por su parte, expresa en el Gólgota su naturaleza de «atentado contra Dios», de forma que cada vez que los hombres vuelven a pecar gravemente, como dice la carta a los Hebreos, «crucifican por su parte de nuevo al Hijo de Dios y le exponen a pública infamia» (Hb 6, 6).

Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios nos revela que su designio de amor precede a todos nuestros méritos y supera abundantemente cualquier infidelidad nuestra. «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn 4, 10).

3. La pasión y muerte de Jesús es un misterio inefable de amor, en el que se hallan implicadas las tres Personas divinas. El Padre tiene la iniciativa absoluta y gratuita: es él quien ama primero y, al entregar a su Hijo a nuestras manos homicidas, expone su bien más querido. Él, como dice san Pablo, «no perdonó a su propio Hijo», es decir, no lo conservó para sí como un tesoro, antes bien «lo entregó por todos nosotros» (Rm 8, 32).

El Hijo comparte plenamente el amor del Padre y su proyecto de salvación: «se entregó a sí mismo por nuestros pecados, (...) según la voluntad de nuestro Dios y Padre» (Ga 1, 4).

¿Y el Espíritu Santo? Al igual que dentro de la vida trinitaria, también en esta circulación de amor que se realiza entre el Padre y el Hijo en el misterio del Gólgota, el Espíritu Santo es la Persona-Amor, en la que convergen el amor del Padre y el del Hijo.

La carta a los Hebreos, desarrollando la imagen del sacrificio, precisa que Jesús se ofreció «con un Espíritu eterno» (Hb 9, 14). En la encíclica Dominum et vivificantem expliqué que en ese pasaje «Espíritu eterno» se refiere precisamente al Espíritu Santo: como el fuego consumaba las víctimas de los antiguos sacrificios rituales, así también «el Espíritu Santo actuó de manera especial en esta autodonación absoluta del Hijo del hombre, para transformar el sufrimiento en amor redentor» (n. 40). «El Espíritu Santo, como amor y don, desciende, en cierto modo, al centro mismo del sacrificio, que se ofrece en la cruz. Refiriéndonos a la tradición bíblica, podemos decir: él consuma este sacrificio con el fuego del amor, que une al Hijo con el Padre en la comunión trinitaria. Y, dado que el sacrificio de la cruz es un acto propio de Cristo, también en este sacrificio él “recibe” el Espíritu Santo» (ib., 41).

Con razón, en la liturgia romana, el sacerdote, antes de la comunión, ora con estas significativas palabras: «Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que, por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, diste con tu muerte la vida al mundo...».

4. La historia de Jesús no acaba con la muerte, sino que se abre a la vida gloriosa de la Pascua. «Por su resurrección de entre los muertos, Jesucristo, nuestro Señor fue constituido Hijo de Dios con poder según el Espíritu de santidad» (cf. Rm 1, 4).

La Resurrección es la culminación de la Encarnación, y también ella, como la generación del Hijo en el mundo, se realiza «por obra del Espíritu Santo». «Nosotros —afirma san Pablo en Antioquía de Pisidia— os anunciamos la buena nueva de que la promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús, como está escrito en los salmos: “Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy”» (Hch 13, 32-33).

El don del Espíritu que el Hijo recibe en plenitud la mañana de Pascua es derramado por él en gran abundancia sobre la Iglesia. A sus discípulos, reunidos en el cenáculo, Jesús les dice: «Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20, 22) y lo da «a través de las heridas de su crucifixión: “Les mostró las manos y el costado”» (Dominum et vivificantem, 24). La misión salvífica de Jesús se resume y se cumple en la donación del Espíritu Santo a los hombres, para llevarlos nuevamente al Padre.

5. Si la gran obra del Espíritu Santo es la Pascua del Señor Jesús, misterio de sufrimiento y de gloria, también los discípulos de Cristo, por el don del Espíritu, pueden sufrir con amor y convertir la cruz en el camino a la luz: «per crucem ad lucem». El Espíritu del Hijo nos da la gracia de tener los mismos sentimientos de Cristo y amar como él amó, hasta dar la vida por los hermanos: «Él dio su vida por nosotros, y también nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos» (1 Jn 3, 16).

Al darnos su Espíritu, Cristo entra en nuestra vida, para que cada uno de nosotros pueda decir, como san Pablo: «Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20). Toda la vida se transforma así en una continua Pascua, un paso incesante de la muerte a la vida, hasta la última Pascua, cuando pasaremos también nosotros con Jesús y como Jesús «de este mundo al Padre» (Jn 13, 1). En efecto, como afirma san Ireneo de Lyon, «los que han recibido y tienen el Espíritu de Dios son llevados al Verbo, es decir, al Hijo, y el Hijo los acoge y los presenta al Padre, y el Padre les da la incorruptibilidad» (Demonstr. Ap., 7).



 

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