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Los cielos proclaman la gloria de Dios
¿Nos llamará Cristo también a nosotros hipócritas? ¿Qué tendremos que cambiar?


Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato |



San Ignacio de Antioquía
Romanos 1, 16-25: “Los hombres conocieron a Dios, pero no lo glorificaron como a Dios”
Salmo 18: “Los cielos proclaman la gloria de Dios”
San Lucas 11, 37-41: “Den limosna, y todo lo de ustedes quedará limpio”

 

Es curiosa la actitud de Jesús ante los fariseos: acepta las invitaciones a comer, pero no se deja atrapar por sus redes de hipocresía. Puede estar muy cerca de ellos y compartir con ellos todo lo que le ofrecen, y hacerlo sinceramente, pero al mismo tiempo sentirse plenamente libre para manifestar sus convicciones. ¿Sentarse a la mesa sin lavarse las manos? Quizás a nosotros se nos ocurrirá que sería falta de higiene, pero los fariseos van mucho más allá. No se trata de que las manos estén sucias, sino que las consideran impuras.

 

Pero ¿cómo está el corazón? Esto no les preocupa. A nosotros nos sucede con mucha frecuencia esto mismo. Somos capaces de detectar las más pequeñas minucias y tragarnos limpiamente los más gruesos problemas como si no hubiera acontecido nada. Hipocresía, palabra que suena dura y que todos rechazamos, pero actitud que asumimos constantemente en nuestras relaciones. No se trata de ser cínico e ir por el mundo lanzando insultos y ofensas en aras de una supuesta sinceridad. No, la hipocresía no está reñida con el cinismo, sino con la verdad y la honestidad. Podremos equivocarnos, es cierto; pero una cosa es una equivocación que a cualquiera nos pasa, y otra llevar una vida doble: exigir una cosa y vivir otra; decir que estamos luchando por unos ideales, y en realidad estar persiguiendo nuestros propios propósitos.



 

Desgraciadamente en muchos ámbitos sociales, políticos y aun religiosos, nos importa más lo que dicen y opinan los demás, el quedar bien, aparentar, pero finalmente estar engañando. La imagen de la limpieza del vaso es más que elocuente: se purifica el exterior pero el interior está lleno de robos y maldad. La solución que Cristo propone va mucho más allá de lo que en apariencia sugiere. No propone la limosna que acalla y tranquiliza la conciencia, sino una verdadera participación de nuestros bienes y de nuestras personas en favor de los necesitados. Sólo cuando se tiene el corazón libre, se es capaz de dar nuestro tiempo, nuestra persona, nuestras posesiones, a favor de los hermanos. Entonces la religiosidad tiene un sentido.

 

Se puede ofrecer el sacrificio porque estamos siendo coherentes con la ofrenda que presentamos y con la vida que vivimos. ¿Nos llamará Cristo también a nosotros hipócritas? ¿Qué tendremos que cambiar?

 







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